Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2003/01/12 00:00

Genio y provocador

Hace 100 años nació Salvador Dalí, un hombre que osciló entre la publicidad, el escándalo y una obra cuestionada pero que lo ha consagrado como uno de los grandes artistas del siglo XX.

Genio y provocador

Cada mañana, al despertarme, experimento un placer supremo del que hasta hoy no me he dado del todo cuenta: el de ser Salvador Dalí, y me pregunto, maravillado, qué cosa maravillosa el día a Salvador Dalí. Y se me hace siempre más difícil comprender cómo los demás pueden vivir sin ser Gala o Salvador Dalí. ¡Oh, Salvador Dalí¡ ¡Ahora que lo sabes¡ ¡Jugando a ser genio se llega serlo", escribió en algún momento de su vida el artista español nacido en Figueras el 11 de mayo de 1904. Tanto por este tipo de reflexiones como por su controvertida personalidad, el mundo del arte aún sigue preguntándose qué tanto de 'artista-genio' había en Dalí o si él y su obra solamente se pueden catalogar como un exceso de irreverencia cercana a la locura y un muy inteligente manejo de la publicidad a través de la provocación. Podría incluso decirse que Salvador Dalí fue la mejor obra de arte del propio Dalí, anticipándose de paso medio siglo a los performances cuando llegaba a dictar una conferencia en París con un Rolls-Royce repleto de coliflores. "La única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco -decía-, el payaso no soy yo, sino esa sociedad monstruosamente cínica, ignorante e infantil que juega el juego de la seriedad para ocultar subrepticiamente su locura; puesto que yo -no me canso de repetirlo- no estoy loco". Pero no le importaba hacer todo tipo de excentricidades para llamar la atención de la gente que lo rodeaba: desde poner un trozo de pan sobre su cabeza mientras dictaba una conferencia, hasta andar por la calle con una campanita que sacudía todo el tiempo para que todos lo miraran. Quería la fama, en eso sí hay un consenso absoluto entre seguidores y detractores de su obra. "Exhibía un individualismo que intimidaba y provocaba admiración, que habría de seguir a la época de los sarcasmos. Sentado en la terraza del café Regina, mientras me tomaba un vermú con aceituna, empezaba ya a imaginarme la gigantesca masa de mis futuros espectadores". Por eso su peculiar manera de actuar y de vestirse: bufandas de todos los colores, jerseys, su bigote que moldeaba indistintamente a su gusto, bastones y, muchas veces, los disfraces que empleaba para caminar por las calles. "El vestir es esencial para triunfar. En mi vida son raras las ocasiones en que me he envilecido vistiendo de paisano. Siempre voy de uniforme de Dalí", manifestó en Diario de un genio. Al respecto reflexionaba: "La trágica constante de la vida humana es la moda, y por eso siempre me gustó colaborar con Chanel y Chiaparelli, para probar justamente que la idea de vestirse, la idea de disfrazarse no es otra cosa que el traumatismo del nacimiento, que es el más poderoso de los traumatismos que puede experimentar el ser humano, puesto que es el primero". Para muchos historiadores, el mito en torno a Dalí se debe a su irreverencia muy por encima de su obra. Siempre mostró su orgullo por haber sido expulsado de las academias de arte por las que pasó. Así ocurrió por ejemplo en 1926: "Como todos los profesores de la Escuela San Fernando de Madrid son incompetentes, me retiro". Normalmente iba en contra de las instrucciones que recibía de sus maestros. Si le pedían emplear colores vivos, recurría a las sombras. Si le pedían pintar exactamente el modelo que pintaban sus demás compañeros, Dalí siempre salía con otra cosa. Un día, el profesor recurrió a una estatuilla de la Virgen María como modelo y Dalí terminó pintando una balanza, y así lo confiesa en su libro La vida secreta: "Al terminar la semana, cuando llegó el profesor a corregir nuestro trabajo y ofrecer sus comentarios al respecto, se quedó como petrificado ante el cuadro que yo le presentaba. Los alumnos nos rodeaban temerosos y en silencio, pero yo me armé de valor para asegurarle: ¡es posible que usted vea una virgen, como la ve todo el mundo, pero yo, yo veo una balanza". El se justificaba refiriéndose a un impulso que lo guiaba, a un instinto que le decía qué pintar. Cuando visitó el Museo de El Louvre le pidió al conservador en jefe que le permitiera hacer una copia de La encajera de Veermer. Sin embargo, en lugar de pintar a la bordadora que refleja el cuadro, Dalí pintó dos cuernos de rinoceronte. " Ni yo mismo comprendía exactamente el sentido de mi obra". Dalí tuvo una producción extensa pero muy desigual, y esa recurrencia a la locura y al exhibicionismo era para muchos un mecanismo de defensa de alguien que no tenía una coherencia en su obra y "que se eximió de asumir cualquier compromiso ético-histórico", como escribió Carlos Yusti. El artista Antoni Tapiés comentó alguna vez: "Aplaudir a Dalí, recuérdese, es aplaudir sólo su ideología, porque en realidad no hay otra cosa que aplaudir". El propio André Breton, fundador del movimiento surrealista en París, no sólo dudó de la calidad de la obra de Dalí, también mostró su inconformidad cuando en la década de los 40, el artista español fue considerado en Nueva York el surrealista por excelencia, desconociendo el trabajo de otros miembros del grupo. Breton también se molestaba por la insistencia de Dalí en los temas escatológicos que también desarrolló en ensayos como El arte de tirarse pedos o Manual del artillero socarrón. El mito de Dalí también se intensificó por la profunda amistad que tuvo con personajes como el cineasta Luis Buñuel y el poeta Federico García Lorca, a quienes conoció en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Con el primero creó la famosa película El perro andaluz, que nació del cruce de dos sueños, y con el segundo entabló una relación muy estrecha, no sólo intelectual sino también amorosa. Con Buñuel la amistad se deterioró con el tiempo, entre otras razones a raíz de una disputa por la autoría de El perro andaluz. Con Lorca también estuvo unido intelectual y amorosamente. Tras su asesinato, Dalí dijo irónicamente a un periodista: "Me sentí sumamente satisfecho. Y, por cierto, como soy un buen jesuita, siempre que un amigo muere tengo la sensación de que lo he matado yo, que ha muerto por mí". Sin embargo, el personaje definitivo en la vida de Dalí fue la rusa Helena Ivanovna Diakonova, más conocida como Gala y quien fue su compañera por más de 50 años. Ella también amaba la fama y ya estaba relacionada con el mundo artístico. Fue esposa del poeta surrealista Paul Eluard y tuvo relaciones con los pintores Giorgo de Chirico y Max Ernst, también surrealistas. Dalí la conoció en 1929, año en que oficialmente ingresó al grupo. A partir de ahí, y según él gracias a la inspiración que le proporcionaba Gala, Dalí concibió algunas de sus obras más famosas: La persistencia de la memoria, El gran masturbador, Maniquí Barcelonesa, El enigma de Hitler, Premonición de la guerra civil, El enigma sin fin y El Cristo de Port Lligat. Gala muchas veces se convirtió en modelo de sus obras, como en su obra temprana lo fue su hermana Ana María. Para Dalí, lo que quedaba en sus lienzos no era más que un proceso de pinturas que ya había configurado en su mente antes de lanzarse a pintar. Todos los objetos en su obra adquieren un carácter simbólico, como los relojes endebles de La persistencia de la memoria, que según él aluden a su personalidad "blanda", o las jirafas en llamas que se repiten en su obra. Para muchos de sus seguidores, lo mejor es Dalí como escritor y no como pintor. Libros como Vida secreta y Diario de un genio son ejemplo de su talento, de su gran capacidad para decir verdades políticamente incorrectas (sus diatribas contra el arte abstracto, su defensa a ultranza de la monarquía, por ejemplo) y de su irreverencia, que fascinaba, más allá de que se estuviera de acuerdo o no con ella. "Los dos acontecimientos más importantes que pueden sucederle a un pintor contemporáneo son: 1. Ser español. 2. Llamarse Gala Salvador Dalí. Ambas cosas me han ocurrido a mí. Como mi propio nombre de Salvador indica, estoy destinado nada menos que a salvar la pintura moderna de la pereza y del caos". Genio o no, Dalí se convirtió en un hito del arte mundial, al lado de grandes del siglo XX como Picasso, Matisse o Duchamp. No en vano, durante este año el mundo entero celebrará los 100 años de su nacimiento. "¡Echense al vuelo las campanas! Enderece por un momento el atareado labriego la anquilosada curva de su anónima espalda, inclinada al suelo como el tronco de un olivo torcido por la tramontana, y repose su mejilla, surcada de profundas arrugas en la palma callosa de su mano, en la noble actitud de momentáneo y meditativo reposo. ¡Mirad¡ ¡Acaba de nacer Salvador Dalí".

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