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| 6/15/2014 3:00:00 AM

¿Es esto la tristeza?

La banda de rock Coldplay acaba de publicar una colección de canciones llenas de ecos y silencios, que algunos consideran una obra maestra de la nostalgia.

La discografía de la banda británica Coldplay no sigue ninguna secuencia lógica. Su anterior álbum, Mylo Xyloto, era una incursión colorida en lo electrónico, una especie de oda adolescente cuya saturación disculpábamos por su contenido despreocupado. Lo fácil era pensar que Coldplay había descubierto una senda alegre y que iba a seguir por ese rumbo. Pero acaba de aparecer Ghost Stories y es todo lo contrario.

Despachemos de entrada las noticias del corazón. Chris Martin, el cantante de la banda, anuncia su ruptura con la actriz Gwyneth Paltrow (con quien llevaba una relación de diez años), se encierra a componer y en poco tiempo salen las nueve canciones que conforman este nuevo disco. Es cierto que cualquier creación debe trascender la vida privada de su creador, pero a la vez es inevitable hacer la asociación cuando uno advierte que Ghost Stories no sale de ese letargo que llevó a un periodista español a definirlo como “una canción de cuna inmensa”. El álbum pasa entonces a sumarse a una lista de “discos-producto-de-ruptura-sentimental”, una categoría tan amplia que incluye desde Spirit in the Dark de Aretha Franklin hasta Naturaleza Sangre de Fito Páez.

Pero otra cosa es querer ver en el álbum eso y nada más. La revista Rolling Stone apunta que el fantasma a que se refiere el título es en realidad hembra y, para más señas, rubia. Y las diversas reseñas aparecidas en la prensa internacional han definido el disco con sustantivos como “nostalgia”, “resignación” y hasta “depresión”. Con perdón, no creo que se trate de eso. En tiempos en que el mercado parece estar invadido de ritmos vertiginosos, un disco de tiempos lentos, de pasajes instrumentales extensos, se convierte en algo inquietante. Por preocupación genuina o por curiosidad morbosa, todos parecieran preguntarle a Chris Martin desde sus columnas: “¿Te sientes bien?”

En los últimos años, el sonido de Coldplay viene dándole protagonismo a los teclados por encima de las guitarras. Y a teclados electrónicos que tienen la facultad de prolongar las notas. Lo que hay en este disco es una expansión de ese recurso. Sobre esas bases, que tienen un rasgo de infinitud, las canciones abordan temas de soledad. Midnight, con sus efectos computarizados, pareciera ser el ejercicio de enviar una señal en medio de la noche con la esperanza de que algún satélite la capte. Más trivial, Another’s Arms trata sobre el tedio de ver televisión solo. Y en O, la pieza que cierra el disco, no sucede más que una observación de pájaros surcando el cielo.

¿Es esto la tristeza? No neguemos que algo de eso dormita en el origen de esas canciones. Pero las canciones han trascendido hasta sonar a otra cosa, a una actitud contemplativa. Tal vez Chris Martin no sea consciente de ello, pero pertenece a una estirpe de compositores ingleses (que pueden rastrearse hasta John Dowland, en la época del Renacimiento) que meditaban sobre la melancolía, no en un sentido lastimero, sino en busca de una experiencia sanadora.

El periodista cultural Philip Kennicott, reflexionando sobre esa tradición que hoy se ve como algo extraño, escribía en un ensayo publicado en 2013: “Lo que hoy llamamos depresión y tratamos con drogas, era en el siglo XVII algo cercanamente asociado con la creación artística e intelectual. Y con la música, que a su vez se consideraba el mejor remedio para estas aflicciones”. Ese es el Coldplay que yo escucho.
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