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| 2/18/2016 3:04:00 PM

“La ignorancia lleva a la servidumbre”

El filósofo francés Gilles Lipovetsky ha estudiado las virtudes y los defectos del mundo contemporáneo. Semana.com habló con él de la estupidez, la felicidad y otros temas en los que es autoridad.

Gilles Lipovetsky encoge el cuerpo y cierra los brazos, luego los abre, sube la cabeza y mira al cielo en silencio. Más allá de las palabras que con trabajo busca para responder por qué se volvió filósofo, sus gestos de plenitud y grandeza lo dicen: siente y vive su pasión por el conocimiento. 

Actualmente es uno de los intelectuales franceses más reconocidos. Sus teorías sobre el narcisimo, el consumismo y el individualismo en la sociedad actual (en la hipermodernidad, como él lo llama) son de consulta obligatoria en las facultades de humanidades alrededor del mundo.

Esta semana Lipovetsky está en Bogotá para participar en el segundo Foro ‘La estupidez, una reflexión urgente’, organizado por la Personería de Bogotá y la Universidad Externado de Colombia, que se realizó este jueves 18 de febrero.

Semana.com: Usted fue invitado a este foro para reflexionar sobre una pregunta muy provocativa: ‘¿Se puede hablar de estupidez en la hipermodernidad?‘ ¿A qué se refiere?

Gilles Lipovetsky: Tomaré como ejemplo un solo discurso estúpido para no extenderme hablando de la estupidez, que puede abarcar todo o nada: Las creencias sobre internet como una especie de medio mágico para deshacernos de la escuela y solucionar los problemas. Esa idea me parece estúpida. Ahora necesitamos la escuela más que nunca. Considero discursos estúpidos los que convierten una parte en el todo. La estupidez en este caso es la ausencia del matiz: querer radicalizar las cosas en un mundo complejo. No me interesa la estupidez en sí, sino los discursos estúpidos, falsos e ignorantes ante los hechos.

Semana.com: Generalmente, usted ha hablado de individualismo y narcisismo desde un enfoque negativo. ¿Estos conceptos no tienen bondades?

G. L.: Es curioso porque generalmente me critican por lo contrario. Dicen que soy muy optimista. En pocas palabras, creo que es así: tienen tanto de bueno como de malo. Así como en el consumismo, en el individualismo narcisista elementos positivos y negativos. Que la gente ya no se sacrifique por causas abstractas, que vivan más en el presente y que la vida sea más larga me parece positivo, por ejemplo.

La sociedad es compleja. Y el trabajo de los intelectuales a veces no es simplificar sino comprender bien la complejidad.

Semana.com: Oyendo sus teorías resulta difícil encasillarlo como un filósofo optimista o pesimista frente al mundo contemporáneo. ¿Con cuál se siente más identificado?

G. L.: Con las dos. Nuestro mundo no es un horror absoluto, tiene mucho potencial pero también mucha tristeza. Es lo que podemos observar. Ni el optimismo ni el pesimismo tienen razón absoluta. Lo voy a poner así: hay que hacer una autopsia de la sociedad. Cuando usted entra a cirugía, más le vale que el cirujano haya hecho un buen análisis de lo que usted tiene. Eso no es cuestión de ser optimista o pesimista, sino de hacer un buen diagnóstico y analizar correctamente lo que hay que reparar. De lo contrario no se corrige nada. Si la vida intelectual es para concluir que vamos hacia la catástrofe, pues no tenemos solución. Y si es para llenarnos de ilusiones pues tampoco tendría sentido.

Un intelectual no es un publicista, hay que navegar entre los dos puntos y eso significa mostrar las fuerzas y las debilidades; los matices. En pocas palabras: la acción debe ser optimista, aunque la situación sea pesimista.

Semana.com: Hay quienes dicen que en la ignorancia se puede vivir con mayor felicidad y que, por el contrario, la sabiduría puede ser fuente de desdicha. ¿Cómo lo ve usted?

G. L.: Hay poca gente que todavía cree que la ignorancia trae felicidad. Nos da, quizá, cierta protección momentánea, pero no podría defender la ignorancia como principio porque esta eventualmente se paga cara, mucho más en las sociedades desarrolladas. La ignorancia lleva a la servidumbre.

Tampoco diría que el saber es la clave de la felicidad. En eso me separo de Spinoza. El conocimiento no trae felicidad ni infelicidad, porque esta tiene que ver principalmente con cosas que no controlamos. ¿Por qué de repente nos desenamoramos de alguien o, peor aún, se desenamoran de nosotros? Ni el conocimiento ni la ignorancia cambian nada en esas situaciones. Gran parte de nuestras vidas sucede ahí, en ese espacio inconsciente, donde nadie tiene respuestas ni claves.

Semana.com ¿Y qué rol juegan las emociones en todo esto?

G. L.: Hay un asunto real y es que no somos maestros de nuestras emociones. Por lo menos no las controlamos todas. Entre la ciencia y la ignorancia está lo inconsciente (esto lo digo sin ser freudiano). De manera general, la vida afectiva y los gustos son los que dan felicidad. Por eso estoy convencido de que el hombre nunca será el amo y señor de la felicidad.

Solo puedo proponer que trabajemos para que los hombres sean más lúcidos y tengamos nuevas formas de felicidad: en las artes, por ejemplo, o en cosas que no tienen que ver con el conocimiento sino con las emociones. En la vida privada y afectiva descubrimos lo que no está en el conocimiento.

Semana.com: ¿Qué relación ve entre la felicidad y las posesiones materiales?

G. L.: Se equivocan los estudios que dicen que la vida material no tiene nada que ver con la felicidad. Otros dicen que la gente que mejora sus condiciones materiales siente un progreso. Pero llega un punto en el que esa felicidad se mantiene por más riquezas que acumule. La estupidez sería decir que no tiene nada que ver con la vida material.

Semana.com: ¿Qué les dice los jóvenes colombianos ahora que el gobierno y las FARC están próximos a firmar un acuerdo de paz?

G. L.: No me gusta mucho dar consejos generales, porque creo que deben ser dados a personas individuales y en situaciones particulares. Entonces digamos que lo que tengo es un deseo: que Colombia asuma todos los retos de la globalización e invierta en el desarrollo de las fuerzas del futuro. La política no debe buscar la felicidad en el sentido fundamental de la palabra, porque esa no es una labor del Estado. Este, mas bien, debe invertir en la educación, en la inteligencia y en sensibilidad estética, que son recursos que siempre necesitaremos. Y aquí hay que resaltar que esto no cuesta mucho dinero, es más una cuestión de tomar consciencia.

No quiero ser un mercader de felicidad. Los vendedores de felicidad son vendedores de ilusiones, algo que sin duda se necesita para alcanzarla, pero yo no quiero cumplir ese papel. Mi deseo, entonces, es que la gente tenga la posibilidad de aprender y de hacer lo que le guste.

Twitter: @miguelreyesg23

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