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| 1/11/2014 12:00:00 AM

Globos de oro, un discreto encanto de la realidad

En los Globos de Oro, que se celebraron este domingo y son el mejor barómetro de los premios Oscar, cinco de las películas ganadoras están basadas en hechos reales. Un vistazo a un debate sobre el límite entre realidad y ficción.

Quien va a cine con frecuencia, habrá visto muchas veces el letrero. En unas ocasiones aparece antes de que comience la película; en otras, justo cuando termina. Pero la advertencia siempre es la misma: lo que va a ver (o lo que acaba de ver) está basado en una historia real. La idea es asegurar a los espectadores que la película que vieron o verán no es simplemente una invención.

Todo hace parte de una marcada tendencia de hacer películas y series de televisión a partir de hechos verídicos, algo que en 2014 resulta notorio en los nominados a mejor película en los Premios Globo de Oro, considerados la antesala a los Oscar, que se celebran este 12 de enero y donde seis de las diez películas seleccionadas están basadas, en mayor o menor medida, en hechos reales.

Que este año tenga un alto número de esta clase de cintas no quiere decir que el fenómeno sea nuevo. En la infancia del cine, en 1895, Thomas Alva Edison filmó, usando un maniquí en el momento clave, la decapitación de María, reina de Escocia, ejecutada en 1587, entre otros eventos históricos que su equipo recreaba para satisfacer el hambre de novedad de un público hechizado con las imágenes en movimiento.

La diferencia con el presente es que esa insaciable búsqueda de lo real se ha extendido mucho más allá del cine. En la televisión puede verse en el auge que han cobrado los realities en la última década o en las series de mafiosos y criminales de nombres icónicos que se han tomado las pantallas. En el campo editorial abundan los libros de memorias, publicados bajo la promesa de compartir infidencias íntimas de las grandes noticias.

“Estamos abrumados por información calamitosa. Lo real abruma la ficción, es incomparablemente más absorbente que un drama inventado”, escribió David Shields en Reality Hunger, un manifiesto publicado en 2011, donde hace un recorrido aforístico y una defensa apasionada de esta inquietud contemporánea.

En cine, hay varias explicaciones, pero los directores y productores coinciden en que las películas basadas en hechos reales tienen un atractivo adicional. “Puedes leer la ficción más grandiosa, pero que te digan al final ‘de paso, eso en realidad sucedió’, da esa fuerza adicional”, dijo el director Danny Boyle hace unos años al promocionar la película 127 horas, basada en la historia de un escalador que se atoró en un peñasco y que, para liberarse, debió cortarse un brazo usando una navaja sin filo.

Las películas de 2013 que se disputan los premios más importantes de este año y que están basadas en eventos reales, o inspiradas por ellos, ofrecen una gran variedad. Van, entre muchas otras, desde cintas sobre estafadores en distintas décadas (Escándalo americano en los años setenta y El lobo de Wall Street en los noventa) hasta la reconstrucción de una rivalidad entre pilotos automovilísticos en los setenta (Rush), pasando por la escenificación de un secuestro en altamar en 2009 (Capitán Phillips) y por una durísima adaptación de la autobiografía de un afroamericano libre que, en 1841, fue secuestrado en Washington y vendido como esclavo en el sur de Estados Unidos (12 años de esclavitud).

¿REALIDAD O FICCIÓN?

Cada una tuvo que encontrar una forma de aproximarse a su tema y resolver el rompecabezas que tienen en común: cómo hacer que lo sucedido en la realidad, que tiende a ser tan compleja y caótica, se ajuste a los requerimientos dramáticos simplificados de una película: el comienzo, el nudo y el desenlace. Para no hablar de la debilidad de Hollywood por verlo todo con lentes color rosa.

“Para mí siempre fue cuestión de los personajes”, dijo David O. Russell, director de Escándalo americano en una rueda de prensa. “¿Dónde está la realidad, dónde la ficción? Estoy haciendo cine. Así que contaré los mejores mitos, las mejores historias, las mejores óperas, amalgamando los eventos verdaderos que me inspiraron con personajes reales e imaginarios”. El guionista Peter Morgan, que ha escrito dramas históricos como Frost/Nixon, dijo algo similar. “Ahí entra este asunto de la verdad y la exactitud… ser exacto es la eterna responsabilidad de los periodistas, pero no del escritor dramático”.

Así, en algunos casos, los hechos reales son apenas el punto de partida para que los guionistas, productores y directores hagan algo entretenido. El hecho de que haya sucedido en realidad no parece generarles mayores cargos de conciencia.

En otros casos, sin embargo, partir de la realidad es lo que le da sentido al proyecto, como sucede con 12 años de esclavitud, basada en el testimonio de Solomon Northup publicado en 1853. “Debemos abrir los ojos, porque esto es lo que sucedió en Estados Unidos”, dijo Steve McQueen, cuando la presentó en un festival. “No verlo, darle la espalda, perpetúa esa clase de comportamiento. La esclavitud nunca ha sido reconocida como lo que fue: una de las mayores industrias del mundo. No se puede entender Estados Unidos sin entender la esclavitud”. En el caso de McQueen, partir de una historia real es una forma de dar luces sobre el presente y, así, ofrecer algunas pistas sobre el futuro.

Pero las películas tienden a ser criticadas, sea por ser demasiado cercanas a la realidad (el crítico Armond White calificó 12 años como esclavo como “pornotortura”) o por alejarse demasiado de ella (han criticado a Escándalo americano por cambiar la edad de todos los personajes, que pasaron de ser adultos de 50 y 60 años a jóvenes glamorosos de 20 y 30). La polémica que rodea a estas obras les sirve a los productores para promocionarse e intrigar a los espectadores, más interesados en ver de qué se está hablando que en ponerse a detallar cuánto de lo que muestra la película sucedió.

“Somos o lo suficientemente sofisticados para dar por sentado que lo que vemos no corresponde con lo sucedido, o lo suficientemente cínicos para que no nos importe”, escribió A. O. Scott, el crítico de cine de The New York Times a finales de 2010. Sea como sea, por sofisticación o cinismo, estas películas parecen garantizar que, irremediablemente, esa sed insaciable de realidad continuará.
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