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| 10/25/1982 12:00:00 AM

GLORIA A GLORIA EN EL MUSEO

El Museo de Arte Moderno de Bogotá, con los ojos puestos en Nueva York, ha vuelto la espalda al arte colombiano.

Durante ocho años consecutivos la directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá, lo fue también del Instituto Colombiano de Cultura. Y si bien algunos no se han puesto aún de acuerdo al respecto de sus negativos o positivos efectos sobre el enfoque de la cultura nacional, casi todos coinciden en que su dedicación al Instituto produjo consecuencias negativas por omisión, sobre los enfoques del museo.
Pues si bien es cierto que durante dicho "lapsus" el museo organizó subastas multitudinarias con qué financiar su planta física y encontró el modus operandi para recibir apoyo financiero del gobierno (presumiblemente de Colcultura) y seguir siendo entidad no del todo oficial, así mismo es cierto que desde 1975 hasta la fecha la institución ha visto disminuir considerablemente su injerencia en la circunstancia artística nacional.
Esa disminución ha tomado lugar a lo largo de varios cauces que aunque distintos entre sí, son complementarios. Por una parte, la dedicación de la directora a otras preocupaciones la obligó a entregar una parte considerable del poder decisorio a criterios menos ecuménicos, más especializados y definitivamente orientados por una visión artística traída desde Nueva York. Ello dio lugar al respaldo entusiasta del museo a toda producción artística que se asemeja a la de la vanguardia neoyorquina.
El énfasis recién mencionado trajo como consecuencia un gran desgano para continuar tratando sistemáticamente con las manifestaciones artísticas que se ceñían a lineamientos y técnicas relativamente bien establecidas entre nosotros. Puede decirse que durante los ocho años de Gloria Zea en Colcultura, el museo se desentendió cada vez más en dichas manifestaciones y que aparte de una que otra retrospectiva de uno que otro maestro consagrado, y la muestra de exposiciones itinerantes que pasaban por Bogotá, el museo ofreció su mayor entusiasmo a las colectivas de gente joven que casi siempre y en mayor o menor grado duplicaban lo visto en las revistas internacionales.
De un modo u otro el museo descuidó aquella que debió haber estado entre sus funciones básicas: fiscalizar la calidad de la actividad artística entre nosotros. Es decir, establecer parámetros claros atendiendo a las manifestaciones colombianas y abriendo la discusión de los atributos de las obras producidas en el entorno del acuerdo a las circunstancias y requerimientos locales.
Por el contrario, el Museo se cerró sobre sí mismo, como círculo que atendía las instrucciones de gusto llegadas de Nueva York. Pero las grandes diferencias entre las dos ciudades son bien notorias, y cualquiera en su sano juicio puede darse cuenta de que el carácter fundamentalmente dialéctico del concepto de cultura hace que muchas actividades y objetos que en Nueva York son cultura, aquí no sean sino lujos.
La fijación con los parámetros neoyorquinos y el olvido de nuestras realidades hizo que el museo cada vez se volviera más lujoso, faraónico, como pirámide erigida para satisfacer la venida de unos pocos al costo considerable de la atención casi total a la planta física y a la reproducción de patrones importados de conducta artística.
La omisión del museo en lo que se refiere al medio artístico nacional, ha traído dos tipos de consecuencias. Una es la incrementada actividad de otras instituciones, tales como el Centro Colombo Americano (entidad extranjera que significativamente ha tomado en sus manos una parte considerable de la labor de señalar valores colombianos) y el Museo de Arte Contemporáneo, entre otras, que han tratado con mayor o menor éxito de llenar el vacío.
Como se ve esta primera consecuencia es básicamente positiva.
En cambio, la segunda tiene que ser catalogada como verdadero desastre.
Y es que la falta de vigilancia del museo dio lugar a que una hueste de pintores y escultores, precisamente algunos de los más ordinarios y adocenados, confundieran notablemente a la opinión pública para apoderarse de la aprobación con qué santificar obras de inverosímiles niveles de pobreza intelectual y técnica, y para apoderarse a despecho de las lamentaciones de los críticos, de una considerable porción del mercado
Ahora que Gloria Zea ha regresado al Museo de Arte Moderno de Bogotá, debe enfrentarse a una institución con problemas internos y externos. A su alrededor tiene el panorama de la confusa opinión pública que no sabe a quién acudir en busca de consejo y claridad. Y en su interior encuentra un asfixiante sentido de autonomía estética que pretende asirse de una autoridad presumiblemente emanada de quién sabe cuál zona superior. Aún los que están conscientes de las altas dotes administrativas y ejecutivas de la señora Zea, saben cuán gigantesca es la labor de enderezar entuertos, meter en cintura y regresar su validez a ese museo del cual ella puede llegar a ser la verdadera Gloria.
Galaor Carbonell.
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