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| 2/8/1999 12:00:00 AM

GOLPE DE ESTADIO

La nueva comedia de Sergio Cabrera intenta demostrar que en materia de fútbol policías y <BR>subversivos son del mismo bando.

Cuando el director Sergio Cabrera lanzó al público la idea de hacer una película sobre una
tregua pactada entre policías y guerrilleros para poder ver, en el único televisor de un caserío perdido en las
montañas de Colombia, el último partido de fútbol de las eliminatorias para el mundial USA 94 entre
Colombia y Argentina en Buenos Aires sus propósitos eran fundamentalmente dos. El primero, la simple
simpatía del argumento, perfecto para componer una buena comedia. El segundo, la posibilidad de
demostrar, así fuera de la manera más elemental, que en más de una ocasión dos enemigos irreconciliables
son capaces de pertenecer al mismo bando. El tercero surgió por casualidad ante la expectativa de un
proceso de paz en Colombia, cuyos primeros pasos coincidieron con el estreno de la cinta y sobre el cual
Cabrera parece decir con su película que a pesar de la complejidad del conflicto hay que empezar por algo. Y
ese algo es la identidad común de sus protagonistas.
Libre de pretensiones ideológicas e incluso dramáticas, Cabrera se la jugó con un filme creado exclusivamente
en función de la taquilla, y con un humor al mejor estilo del seriado de televisión Sábados Felices, propone
una parodia sobre la guerra colombiana en la que cada personaje, bien sea policía o guerrillero, empresario o
párroco, traficante de armas o propietario de lupanar, es una caricatura, o mejor, una ridiculización de sí
mismo, con todos los clisés y amaneramientos del caso. El resultado es una comedia con capacidad para
encender los teatros a carcajadas pero con escaso contenido para quienes quieran escarbar alguna
intención significativa en relación con el conflicto.
Independientemente de la tregua en virtud del partido de fútbol, la película tiene un ingrediente adicional: la
historia de amor entre Carlos (Nicolás Montero), un guerrillero que resulta ser un infiltrado de la inteligencia del
Ejército, y María (Emma Suárez), una valerosa subversiva cuyas firmes convicciones comienzan a tambalear
cuando descubre la traición de su enamorado. Sin embargo la trama romántica es tan débil que bien puede
pasar inadvertida.
En cambio lo que sí colma definitivamente la atención del público es el partido, revivido en todo su
esplendor en la pantalla desde la sentencia de Maradona, según la cual Colombia no podía cambiar la historia,
pasando por cada uno de los emotivos goles hasta los aplausos del propio Maradona al final del cotejo. Es
probable que la sola remembranza del encuentro justifique la ida al teatro pues, por lo demás, Golpe de
estadio no pasa de ser una más de las comedias típicas que han desfilado tanto por la televisión como por la
pantalla grande sin que dejen algo más que un sonoro taquillazo.
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