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| 10/29/2001 12:00:00 AM

Gracias por el chocolate

A los 60 años, y después de filmar más de 50 películas, Claude Chabrol presenta una historia aparentemente misteriosa.

Director: Claude Chabrol
Protagonistas: Isabelle Huppert, Jacques Dutronc, Anna Mouglalis, Rodolphe Pauly, Brigitte Catillon, Michel Robin

Solo importan las miradas, las frases sueltas, las sospechas. En Gracias por el chocolate, la más reciente película de Claude Chabrol, la atmósfera es inquietante, las actuaciones son contenidas y sugerentes y las amenazas vienen y van como en cualquier historia de suspenso pero ninguna promesa se cumple y muy pocas de sus propuestas parecen materializarse. Nada ocurre. Para no aburrirnos imaginamos que algo va a pasar. Y, para no sentirnos traicionados, nos inventamos que algo sucedió.

Marie-Claire Muller, la heredera y presidenta de una poderosa fábrica de chocolates, se casa por segunda vez con su gran amor, el pianista André Polonski, y se va a vivir con él y con su hijo, Guillaume, a una tenebrosa e impecable mansión en las afueras de alguna ciudad de Suiza. La llaman Mika. Es callada, observadora, meticulosa. Tiene rigurosamente planeada cada escena de su día. Por eso cuando a su casa llega Jeanne Pollet, una joven estudiante de piano que nació el mismo día que Guillaume y busca a André con la esperanza de que sea su padre, su vida cambia por completo.

Jeanne es bonita, inteligente y talentosa, y aunque con sus preguntas hace dudar de todo al pianista, a su hijo y a los espectadores —¿fueron cambiados en el hospital Jeanne y Guillaume?, ¿es cierto que Mika le echa un somnífero al chocolate que prepara?, ¿murió la primera esposa de André en un simple accidente o todo hacía parte de un plan trazado por una mente superior?—, las respuestas y los indicios que encuentra conducen a ninguna parte. Y no sólo eso: las tazas de chocolate, el chal sobre el espaldar, la carretera zigzagueante, el anciano que critica el manejo de la fábrica, la audición en la que Jeanne participará, el novio que trabaja en un laboratorio de química, los celos del hijo y otros elementos y escenas en apariencia determinantes resultan inútiles, al final, para la historia.

A Claude Chabrol esta vez sólo le preocupa la atmósfera. Y es extraño porque estamos hablando del director que dio origen a la ‘nueva ola francesa’, de un estudioso del cine de suspenso que trabajó como crítico de Cahiers du Cinema y escribió, junto con Eric Rohmer, un cuidadoso análisis de la obra de Alfred Hitchcock. Chabrol entiende, a la perfección, los mecanismos del misterio. Sabe, con Hitchcock, que el suspenso se consigue cuando el público conoce de antemano el peligro al que se exponen los personajes, pero estos no alcanzan a imaginarlo. Una bomba está debajo de la mesa y explotará en un minuto y los protagonistas, distraídos, conversan sobre el estado del clima. Eso es el suspenso.

En Gracias por el chocolate ni los personajes ni el espectador ni el realizador saben lo que está pasando. Sospechan, por la música y las miradas extrañadas, que algo va a explotar. Y aspiran a que estalle de una vez por todas para que al fin termine el aburrimiento. Pero no, jamás estalla.
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