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| 7/30/2011 12:00:00 AM

Grande entre los grandes

Juan Carlos Garay, crítico musical de SEMANA, explica por qué el aporte de Joe Arroyo marca un antes y un después en la música popular colombiana.

Esta semana una noticia musical llenó las primeras planas de todos los periódicos colombianos. En un ámbito en el que el concepto de 'lo noticioso' se limita al acontecer político (y teniendo en cuenta que fue un día políticamente agitado), el despliegue revistió el legado del músico Joe Arroyo de un carisma especial, comparable a ese día de mediados del año 2000 en que murió Tito Puente y el diario The New York Times lo destacó por encima de los demás sucesos del mundo.

Sus colegas de la música tuvieron las reacciones más sentidas. Juanes salió de su aislamiento existencial para trinar en las redes que era "un día triste para la música". Carlos Vives, que suele ser más locuaz, declaró a la Radio Nacional que se sentía "con el corazón arruga'o, pero también contento de haber sido testigo de la era del Joe, y muy agradecido por todo su legado". Y más allá de las fronteras de la música colombiana, el salsero Willie Colón pronosticó que "su voz seguirá presente".

Quizás el anuncio más impactante, por justo pero también por tardío, fue el de Gabriel Abaroa, presidente de la Academia Latina de la Grabación, para confirmar que en noviembre de este año Joe Arroyo recibirá un Grammy póstumo por la marca que le dejó a la salsa latinoamericana.

Y ahí, cuando la Academia expande el legado del Joe de lo nacional a lo continental, se corrobora que el hombre fue capaz de crear un sonido propio y encajar en ese gran lenguaje compartido de afrocubanos, puertorriqueños y neoyorquinos que, para abreviar, llamamos salsa. Esto lo hizo grande. También los aplausos que se cansó de recibir en los escenarios de Europa y en la Gran Manzana. Y el Joe, con cierta inocencia que nunca perdió, explicaba el fenómeno diciendo que "los colombianos están regados por todas partes del mundo". Tal vez pensaba en serio que su público, sin importar el país que pisara, estaba compuesto únicamente de compatriotas añorantes.

Y es que su talento era admirable por encima de las nacionalidades. El productor inglés Richard Blair, director del proyecto electrónico Sidestepper, me dijo en 2003 que el pueblo colombiano tendría que hacerle una estatua al Joe, e incluso se la imaginó en el centro de Cartagena. Yo vi al Joe Arroyo por primera vez a mis 17 años en el estadio El Campín, compartiendo show con Richie Ray, y recuerdo haber pensado que lo de Richie sonaba a clínica instrumental frente a la gozadera pura del Joe.

La anécdota del niño que cantaba con la cabeza metida en un balde es, hasta cierto punto, esclarecedora: si alguien lo ha intentado alguna vez, sabrá que las ondas sonoras rebotan y se crea una resonancia contundente, como estar dentro de un amplificador. Sin duda, la proyección y la afinación vienen de ahí. Pero más importante es saber qué cantaba. A temprana edad había escogido muy bien sus influencias. Hay mucho de Celia Cruz y, me atrevo a pensar, algo de rock and roll a juzgar por ciertas inflexiones en esa composición admirable de los 18 años: Tania.

Así que el muchacho imaginaba canciones. Una melodía, una letra, incluso una disección orquestal por instrumentos, le brotaban. Y supo ser recursivo a falta de saber escribir en el pentagrama. En 2009 le contó al investigador musical César Pagano que usaba una grabadora, una 'panela', la llamaba, "porque la letra queda pero la melodía se te va". Y a la hora de crear los arreglos de su orquesta La Verdad, pensaba con una lógica de ingeniero de sonido: "Yo le dictaba los arreglos a Juventino, entrábamos al estudio y hacíamos las pistas".

A lo largo de la década de los ochenta, dos agrupaciones trazaban el rumbo de lo popular en Colombia. En Cali estaba el grupo Niche y en Barranquilla se consolidaba La Verdad, que era el sonido imaginado por el Joe. Eso que se llamó joesón, que el cantante después definiría como "un tópico antillano", es una mezcla de salsa neoyorquina con golpe de fandango del Caribe y, a través del fandango, una conexión con África. No es gratuito que haya escogido la melodía de Diamoule Mawo para hacer su propia versión (Yamulemau, 1987) y de paso presentarnos la figura del músico Laba Sosseh: en la historia de la cultura colombiana, es la ocasión en que más cerca hemos estado de Gambia.

Y en cuanto a las letras, hay que reconocer las bondades de su inspiración. En 1988 escribió Fuego en mi mente, que tiene uno de los versos más bonitos de nuestra música popular: "La tenue luz de la luna contorna tu cuerpo angelical". Cuando el periodista Antonio Morales le preguntó por qué su música se podía escuchar bailando o sentado, el Joe Arroyo reflexionó: "Cuando uno compone tiene que sentir el matiz del bailador, pero también sentir la sabrosura de escuchar. Yo aprendí eso de Willie Colón, a escuchar la salsa".

En esa conciencia de que lo estábamos escuchando, se lanzó a narrarnos una crónica completa de los tiempos de la esclavitud. Las primeras líneas de Rebelión ("En los años mil seiscientos, cuando el tirano mandó…") son cantadas sin más instrumentos que un tambor, lo cual es una forma de subrayar el texto. El Joe Arroyo había escrito el himno de una injusticia histórica. Lo bailábamos, pero sabíamos que era mucho menos superficial que el resto de la salsa. El percusionista venezolano Néstor Gutiérrez hizo una versión más cercana al mapalé en 1998 y escribió que aquella composición era "una forma de establecer un vínculo que nos hermana históricamente en el sufrimiento de la negritud".

En una entrevista concedida esta semana a Radio Nacional, Julio Ernesto Estrada 'Fruko' habló de la primera vez que se vieron. Fruko y sus Tesos fue una especie de orquesta-escuela para que varios músicos se forjaran, se graduaran y se fueran. Desde su puesto de director, Estrada reconoció el talento vocal de ese muchacho recién llegado: "Cuando él llegó, jovencito, de 17 años, acaricié la idea de que se haría grande la música colombiana con la voz del Joe Arroyo".

Aquella idea se cumplió con creces: los Congos de Oro del Festival de Orquestas que llegaron uno tras otro, y luego la fantástica solución barranquillera de crear un trofeo especial para él, el Supercongo de Oro, porque ya había acumulado muchos de los otros. Son capítulos de un ascenso épico al que después siguieron tiempos más tranquilos, ya cosechado el prestigio. La tortuga, a la que él se refería cariñosamente como una canción "sacada de la flauta de millo y vestida de lino", bien puede ser su despedida si no queremos adentrarnos en un epílogo triste (la grabación a dúo con Naty Botero no parece ir a ningún lado). Pero es con el otro Joe con el que nos quedamos, con el músico arrollador, bailador, echao pa'lante, centurión de la noche.
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