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| 12/18/2003 12:00:00 AM

Grito de independencia

El cine norteamericano de autor cada vez gana más fuerza y, para fortuna de los colombianos, buena parte de estas producciones están llegando al país. ¿Cuál es el secreto del éxito de estas películas?

David Lynch recomienda a los espectadores poner mucha atención al comienzo de su película Mulholland Drive pues desde antes de la aparición de los créditos se revelan dos pistas fundamentales de este filme de misterio. También aconseja mirar las figuras de una lámpara roja que aparece en alguna escena, concentrarse en los lugares en donde ocurren los accidentes y prestar atención a los ceniceros y a las tazas de café. Estas recomendaciones serán clave para tratar de entender esta película que está próxima a estrenarse en Colombia. David Lynch pertenece a una raza de directores de cine en la que también se incluyen, entre otros, Martin Scorsese y Woody Allen, de quienes se verán pronto en el país Bandas de Nueva York y El beso del escorpión. Estos cineastas nacieron en Estados Unidos, como los productores de mejor olfato comercial y los realizadores de buen oficio que le dan forma a las películas más taquilleras del mundo, pero no lo consideran un mérito ni se sienten orgullosos de ello. Escriben sus propios largometrajes, arriesgan su visión personal de la experiencia humana en cada escena que filman y trabajan en los márgenes de Hollywood. No le piden permiso a nadie para contar sus historias. Desprecian los costosos estudios de mercadeo y no gastan el poco dinero que consiguen en insoportables campañas publicitarias. Orson Welles los llamó "mavericks", en español "personas que piensan y actúan de manera diferente", porque él se consideraba uno de ellos: sus películas, como las de cualquier director europeo, siempre les apostaron todo a los experimentos con la cámara, los juegos con las leyes del drama y las críticas a los fundamentos de la invasora sociedad norteamericana. Si estuviera vivo hoy y viera filmes como Magnolia o Perro fantasma seguramente se sentiría muy orgulloso. Las películas independientes, porque no reciben dinero de las grandes productoras de Hollywood, suelen proyectarse durante muy pocas semanas, reciben premios en los festivales de Europa y se convierten, al poco tiempo, en videos presentados en cineclubes y en las salas de los aficionados mejor informados, pero debe reconocerse que, en los últimos años, han conseguido estrenarse, cada vez con mayor frecuencia, en los cines del mundo. En Colombia ya han comenzado a hacerse un público con títulos como Los excéntricos Tenenbaum, de Wes Anderson; El hombre que nunca estuvo, de los hermanos Coen, o Historias prohibidas, de Todd Solondz; thrillers tan oscuros como Premonición, de Sam Reimi, y El precio del silencio, de Scott McGehee y David Siegel, o dramas como En el dormitorio, de Todd Field. Son películas que no temen narrar lo que quieren, que se ríen de las estáticas fórmulas de los guionistas norteamericanos, que juran y vuelven a jurar que un buen primer acto debe terminar, exactamente, en la página 33 del libreto. Lynch, al igual que como lo hizo alguna vez Luis Buñuel, dispuso en Mulholland Drive de una pequeña caja, al parecer muy importante, pero de la que no se sabe su contenido. ¿Le importa que el espectador lo sepa? Tal vez no. Ellos escapan de la censura enfermiza de la Asociación de Películas de Estados Unidos. Un ejemplo reciente, Historias prohibidas, el cuarto trabajo del director de Felicidad, revela racismos y sadismos en el trasfondo de la apacible vida de la clase media estadounidense, estructura el relato en dos historias con tres actos de diferentes extensiones y denuncia los atropellos de los censores, que lo obligaron a cortar la escena en que un profesor viola a su alumna, poniendo un cuadro rojo sobre los cuerpos desnudos de la cintura para abajo. A Colombia llegó, por fortuna, la versión original de la película. Todo comenzó con los primeros directores del cine mudo -D.W. Griffith se enfrentó a su tiempo para filmar, para bien o para mal, lo que pensaba- y las luchas de Orson Welles, Stanley Kubrick y Samuel Fuller para conseguir financiación y eludir el formulismo y el puritanismo americano. Ellos contribuyeron enormemente a la causa pero fue a finales de los 60, con la llegada de una serie de jóvenes realizadores que habían ido a la universidad para estudiar a los maestros, que un cine independiente, arriesgado y libre de cargas comerciales o políticas comenzó a abrirse paso en los teatros del mundo. Woody Allen se rió de sí mismo y habló de sexo sin eufemismos; David Lynch le ha apostado todo a sus propias pesadillas editadas; Martin Scorsese entró en la vida de las calles y criticó a una sociedad que había crecido alrededor de la culpa y del pecado; Robert Altman hizo radiografías de grupos humanos; Peter Bogdanovich filmó la vida de la verdadera Norteamérica, abandonada a su suerte en pueblos polvorosos, y se enfrentó a los estudios en la búsqueda de su independencia; Francis Ford Coppola puso en escena, sin concesiones, la violencia de las ciudades. Nunca perdieron el norte. Jamás fueron absorbidos por el sistema. Quebraron muchas veces, sus vidas privadas se fueron al piso, cometieron errores que pueden alquilarse en las principales tiendas de video, pero consiguieron abrirle paso a dos generaciones de artistas del cine y despertar el interés de públicos, productores, actores, críticos y estudios de todo el mundo. En 1981 Robert Redford tomó la decisión de reunir a un grupo de colegas y de amigos para discutir, en Sundance, Utah, formas efectivas de apoyar la producción y distribución de los trabajos de guionistas y directores independientes. Cuatro años más tarde se llevó a cabo el Festival de Sundance. Y en 1986 la Independent Features Project (IFP) creó, en Santa Mónica, a unos pasos de Hollywood, los Premios al Espíritu Independiente: fue entonces cuando aparecieron los nuevos mavericks del cine norteamericano: Paul Schrader, Oliver Stone, los hermanos Coen, Spike Lee, Jim Jarmusch, Alan Rudolph, Steven Soderbergh, Quentin Tarantino. A través del esfuerzo de los distribuidores lo más reciente de Lynch, Scorsese y Allen estarán pronto en los teatros del país. Lynch, después de contar, literalmente, su Historia sencilla, le apostó a algo más complejo. No importa si el resultado es confuso. Es Lynch y hay que celebrar que la globalización no haya podido acabar con estos espíritus librepensadores.
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