Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2005/12/03 00:00

Habana Blues

Un drama cubano, dirigido por un importante realizador español, que se vale de los trucos narrativos del cine norteamericano.***

El guitarrista Ruy (Alberto Yoel) y el saxofonista Tito (Roberto Sanmartín) aspiran a convertirse en estrellas de la música a pesar de la situación de su país y de sus propias ataduras emocionales.

Título original: Habana Blues.
Año de producción: 2005.
Dirección: Benito Zambrano.
Actores: Alberto Yoel, Roberto Sanmartín, Yailene Sierra, Zenia Marabal, Marta Calvó, Roger Pera, Tomás Cao, Julie Ladagnous. Las estrategias narrativas de las películas estadounidenses (la rígida estructura dramática, los efectismos subrayados por la música o el montaje de videoclip que resume el paso del tiempo) se han tomado, casi por completo, el cine del mundo en estos últimos años. Por cuenta de esa tendencia a valerse de las exitosas fórmulas a las que se recurre en Hollywood a la hora de filmar una historia, se podría decir, por ejemplo, que cineastas tan talentosos como el francés Luc Besson o el chileno Alejandro Amenábar son, en verdad, buenos directores norteamericanos. No parecería serlo el andaluz Benito Zambrano, director de la dolorosa Solas, tan dura, tan española, pero quien vea su segundo largometraje, éste que nos ocupa, Habana Blues, sospechará todo lo contrario. Se trata de una obra divertida, emocionante, que recurre para bien y para mal a las astucias que hacen tan atractivas las producciones gringas. Por el lado del drama, del guión, consigue involucrarnos en la aventura de una serie de personajes estupendos. Por el de la puesta en escena, cae en la tentación (en especial al final) de engañar, por medio de momentos grandilocuentes y secuencias artificiosas, a unos espectadores que se había ganado desde el principio a punta de buenas ideas. Que no quede la sensación, en cualquier caso, de que no vale la pena ver Habana Blues. Su búsqueda de un estilo universal, de fácil digestión en los teatros de todo el planeta (un estilo neutro despreciado, curiosamente, en la historia que cuenta), no llega a empañar su elogio de la amistad, su mirada inteligente a la situación de Cuba, las actuaciones atinadas de sus actores naturales o su respeto por cada personaje que aparece en la pantalla. No llega a empañar, mucho menos, el recorrido que hace por las nuevas músicas de la isla: aquellas canciones nostálgicas, que se pusieron de moda tras el estreno del documental Buena Vista Club Social, por fin han sido sustituidas por melodías más jóvenes, más cercanas al rock, que logran expresar el presente desconcertante que viven los cubanos. O al menos el presente que viven esos dos amigos habaneros, Tito y Ruy, que se debaten entre sus relaciones personales y sus fuertes deseos de convertirse en estrellas de la música internacional. Tito querría vivir toda la vida con su abuela, una cantante de las mejores épocas, pero está seguro de que debe aprovechar la llegada de un par de cazatalentos españoles que parecen dispuestos a llevárselo de La Habana. Ruy es consciente de que es un cantante de primera, un padre de segunda y un esposo de tercera (su esposa se ha cansado de su irresponsabilidad), pero se resiste a convertirse en un tipo capaz de dejar a su familia por un sueño de adolescencia. Tampoco quiere dejar su ciudad. Le haría falta la tristeza, de calles abandonadas, que alcanza a asomarse en este conmovedor relato.

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