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| 2/11/1991 12:00:00 AM

HABIA UNA VEZ...

Los cuentos de hadas vuelven a ocupar un lugar preponderante en la literatura infatil.


La colección de libros infantiles de Carlos Valencia Editores cumple simultáneamente con dos encomiables tareas. Por una parte pone en las manos del pequeño lector una literatura amena, chispeante, imaginativa, formativa y bella. Por otro lado, hace que esta literatura sea escrita -e ilustrada- por autores colombianos. Es sin duda un estímulo para los virtuales autores de literatura infantil saber que en Colombia hay editores que se interesan por esas historias menudas.

El éxito de la colección es indiscutible. El sello editorial de Carlos Valencia, en este aspecto, es líder en el país. Bien sea porque los escritores saben lo que están haciendo, conocen el lenguaje simple, pero no simplista, que va a tocar a las puertas de la imaginación del niño, y a la vez saben dar a sus narraciones cierto aire de emoción, peligro y misterio, tan atractivo para los pequeños. Los cuentos que nos fueron narrados cuando éramos niños, o que nos leyeron, o aquellos en que nos ejercitamos en nuestras primeras y aventuradas tentativas de lectura, tienen un fuerte poder de imprimir en la mente imágenes que quedan grabadas para siempre. ¿Quién no recuerda algún cuento de los narrados en la infancia con ese delicioso arrullo de una dulce voz que nos llevaba a cerrar los ojos para internarnos en el sueño con las fugitivas imágenes descritas? El primer sentimiento de nostalgia que debemos tener, probablemente, está relacionado con el recuerdo de esas historias infantiles. Entre los cuentos de ayer y de hoy hay cambios significativos. Este giro tiene que ver, ante todo, con la cantidad de fantasía implícita en la narración. Por lo general los cuentos que se escribían hace un tiempo, 20 años atrás, 30, 40, 50... hasta los de los hermanos Grimm, eran en su mayor parte recreaciones fantásticas de lugares imaginarios, con personajes de leyenda y arquetipos, ya terroríficos o sublimes, pero también necesariamente salvadores. El paisaje de los cuentos infantiles quizás ha cambiado, y sus personajes también, pero lo que permanece, en el buen cuento infantil, es su contenido emocional. Algunas reconvenciones al respecto se realizaron en los años 60 y 70. Los sicólogos y pedagógos de aquel entonces argumentaron que esas historias, en donde las amenazas y peligros constituían el centro de atracción para la mente infantil, le eran perjudiciales para su sano, confiado y fuerte desarrollo.

Los cuentos infantiles, en consecuencia, recomendaron ellos, debían ser sencillos e ingenuos. Sin dramatismo, ni truculencia, cuentos anodinos en suma. El célebre sicólogo infantil Bruno Behelheim vio pronto un error en esta perspectiva. Fue él quien reconoció en los cuentos de hadas su positiva influencia formadora sobre los niños. Encontró que todos esos episodios cruciales de los personajes ponen a prueba la mente infantil, la ejercitan por medio de las aventuras y situaciones que van dando contenidos específicos a sus propios sentimientos. Más que como pedagogía normativa del comportamiento -hacia la cual los otros sicólogos abogaban- los cuentos infantiles, afirmaba Behelheim, deben hacer parte del descubrimiento del mundo, con todos los riesgos, aventuras, peligros y gozos, como parte integrante de la aventura de la vida.

De esta manera los cuentos para niños se convierten, mucho más que en un simple pasatiempo, en una necesidad vital. Con ellos el niño colorea su mundo emocional en plena formación. Los cuentos pedagógicos no sirven y por ello pasaron de moda. De nuevo los autores de libros infantiles contemporáneos, como Michael Ende, han retomado el mundo de la fantasía y de la aventura. Pero como el universo de la fantasía tiene tantas maneras de presentarse a la mente infantil, no podemos excluir de ella los relatos que suceden en un lugar como nuestro mundo. El hermoso cuento
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