Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 6/6/1983 12:00:00 AM

HABITANTES DE LAS CAVERNAS

Las ciudades producen "cazadores de miseria", que viven como cavernícolas ante la indeferencia de la civilización.


La ciudad es testigo impasible y sus edificios más parecen grupos rocosos que se adelantan hacia nosotros desde los cerros; más parecen elementos naturales cuando ellos, los cazadores, entran a sus trincheras en espacios que han quedado, algunas veces dentro de estructuras que corresponden a sistemas viales y de servicio en general y otras en sectores donde pueden llegar hasta la venta de tierra para jardinería y luego ocupar, a manera de viviendas, los huecos dejados por el mismo material del cual subsisten. Son trogloditas, cavernícolas, con puntos fijos de habitación donde pasan la noche. Durante el día salen a las calles a encontrar el sustento en actividades comparables a las de cazadores prehistóricos, quienes también fueron habitantes de cavernas y observadores implacables de los movimientos, hábitos y migraciones de sus presuntas presas.

La ocupación que han hecho de sitios estratégicos en algunos puntos de la ciudad, como sucede en Bogotá bajo los puentes de la calle 26, por ejemplo, contrasta vivamente con la presencia allí, muy cerca, de grandes conjuntos multifamiliares donde la clase media que aspira a alta vive con cierto confort (como es el caso de las Torres del Parque) o con instituciones sofisticadas que se han dedicado a cultivar el buen gusto y las exquisiteces, y que por lo tanto han quedado por fuera de la posible discusión de este asunto (como es el caso del Museo de Arte Moderno) o con las instalaciones suntuosas que para turistas, comerciantes y representantes de multinacionales ofrece uno de los hoteles más importantes de la ciudad (como es el caso del Tequendama). El abismo que separa los lujos recién mencionados de nuestros trogloditas es, a todas luces, insalvable; a pocos metros de distancia viven metidos en las entrañas mismas de los puentes de la 26, en cuevas a las que se accede por huecos perforados sobre muros que una y otra vez las autoridades municipales han levantado en un afán que surge del hartazgo con el espectáculo que en ese sector degrada tantas pretensiones de civilización y de progreso. La falta de acción para corregir la situación en su base hace presumir que la preocupación de las autoridades se refiere a la parte visual del asunto. Los huecos en cuestión sirven para entrar o salir de los habitáculos, sitios oscurísimos, madrigueras protegidas donde viven en bandas como animales de rapiña. Las vigas que pasan por debajo de los puentes y los sostienen sirven además a manera de muebles donde colocar implementos de uso diario, como pueden ser aperos de afeitar, recipientes diversos, etc. Abajo, a nivel del paso inferior de vehículos, los muros quedan marcados por el humo de las cocinetas nocturnas que sobre ladrillos se celebran a manera de ritos grupales, con algo de saturnalias antiquísimas o banquetes primigenios.

Los cazadores trogloditas de la ciudad actual, que puede ser Bogotá, o cualquier otra gran ciudad colombiana, pueden pertenecer a uno de varios grupos. Pueden ser gamines, en cuyo caso no pasarán en años del límite de la alta pubertad; pueden ser locos, que quizás han perdido la razón por alguna de múltiples posibles causas de entre las disponibles en la crueldad de nuestro medio urbano; pueden ser también individuos adultos y cuerdos que han sido marginados de las actividades aceptables y que han debido optar por la cacería, que a pesar de su elementalidad, es una categoría de la producción económica. Si aquí se les llama cazadores, ello se debe a que viven de lo que pueden tomar por la fuerza de los otros habitantes, y a que sólo de manera casual se desempeñan en la recolección, o alguna otra actividad; el apelativo de cazadores se debe a que el hurto es su principal ocupación, o por lo menos la que de entre sus posibles ocupaciones aporta la mayor rentabilidad.

Habría que preguntarse por qué existen estos grupos de cazadores en la ciudad colombiana de hoy; ¿no será acaso que una parte considerable de la causa de su existencia resida en la forma en que la ciudad ha ignorado el tremendo flujo migratorio que ha ejercido presión sobre sus números desde hace ya varias décadas, sin que se haya hecho ni previsión ni provisión para recibir a estas gentes adecuadamente? Pues, ante el anuncio de las hordas, nuestras ciudades se hicieron las desentendidas, a sabiendas de que si se preparaba la entrada de los que venían, el éxodo hubiera sido casi absoluto y los campos hubieran quedado practicamente despoblados. Como resultado vemos que para sobrevivir algunos de los migrantes han tenido que adaptarse a formas extremas y antiquísimas de subsistencia, que son difíciles de entender y aceptar sólo si tomamos la posición snobista de mirar por encima del hombro, con desprecio, con autosuficiencia y, ciertamente, con ignorancia.

Cuando los vemos andando por los parques, deambulando por las plazas, bañándose en las albercas públicas, o aterrorizando a señoras y secretarias a plena luz del día y en las principales arterias; cuando sorprendemos el gesto de pánico de quien en aciago momento olvida su existencia y recibe la descarga del raponazo o de algo peor, no podemos menos que pensar que su presencia tiene la utilidad de recordar nuestra irresponsabilidad; utilidad que sería mayor si intentáramos leerlos adecuadamente y no temiéramos entender las indicaciones que nos hacen al respecto de varias de sus más evidentes manifestaciones de cultura. Ellas estarían referidas más que nada al oportunismo y economía de su vivienda, que añade rentabilidad a las grandes instalaciones infraestructurales de servicio. Si de verdad estuviésemos interesados, como comunidad que somos, en satisfacer las tremendas demandas y enfrentar los grandes desafíos de nuestros menos favorecidos sectores, seguramente atenderíamos las sugerencias que el ingenio de nuestros trogloditas nos hace, y podríamos llegar a ver puentes multifamiliares, autopistas que incluirían mercados y escuelas, trenes metropolitanos cuyos lotes y estructuras cumplirían con muchas otras funciones simultáneamente, todo ello para generar una ciudad nueva cuya forma surgiría sencillamente del intento de satisfacer nuestras más urgentes necesidades. --
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1850

PORTADA

El hombre de las tulas

SEMANA revela la historia del misterioso personaje que movía la plata en efectivo para pagar sobornos, en el peor escándalo de la Justicia en Colombia.