Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1986/11/17 00:00

HACIENDO ABSTRACCION

La idea del agua en cuadros enormes: una joven artista abstracta, Ana María Rueda, expone en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

HACIENDO ABSTRACCION

Para resumir su trayectoria en el arte habría que comenzar en un oscuro interior, donde disciplinada como una alumna de escuela de bellas artes, ella hacía naturaleza muerta y bien muerta... el café, el negro y aquellos colores del claroscuro le servían para pintar costales encerrados en armarios: era París y ella estaba encerrada en sí misma. Pero un viaje a Colombia dio vuelta a las cosas y lo muerto se transformó en vida y el interior salió al exterior. Comenzó el paisaje visto a través de la ventana hasta echarse hoy a volar a través de ella, sumergirse en una parte del paisaje, o sobrevolarlo.
Esto ha hecho Ana María Rueda desde hace 10 años para salir de su obra figurativa que en la Escuela de Bellas Artes sugería a Goya y entrar en ese territorio vasto que parece patrimonio de pintores hombres muy fogueados: la abstracción. Cuando llega al paisaje desiste de tener siquiera una ventana en su estudio, para que su memoria y el momento, recreen una idea del paisaje y no lo reproduzcan; en una sugestión acerca de la tierra o del agua, pero, no su elaboración impresionista.
No puede existir un tema más recurrente -tal vez con el desnudo- en el arte que el paisaje, pero a la vez más infinito y nuevo. El agua, es la idea que desarrollan los enormes cuadros que Ana María Rueda expone en el Museo de Arte Moderno de Bogotá desde el 21 de octubre, durante un mes. El agua se convierte en ondas, surcos, movimiento; mares, ríos o lodazales de acuerdo con un color y una "caligrafía" que enfatizan la pincelada. Acuarela, óleo y óleo-pastel en papel o lino, con extensiones tan grandes como exija la sensación.
Los cuadros de esta joven artista costeña, que estudiaba al lado del mar en Cartagena, comienzan a llegar a otras orillas: en París, al Espace Cardin con otros siete artistas abstractos colombianos; invitada a Cagnes sur Mer, en Francia, para su muestra anual, y a la Bienal de La Habana, Cuba, con otros colombianos. En estas muestras como en la de Bogotá tiene obras que vuelven de lo abstracto al trazo libre, al color y a la ausencia de composición atada a un punto de vista, como la tienen los niños o algunos maestros españoles de los que ella "ha tomado la lección" como Antoni Tapies. Silenciado el intelecto y exigidas la intuición y la pasión, A. M. Rueda encierra en su taller y sus cuadros cinco horas diarias al margen de su otro mundo muy concreto de mamá, mercado, lágrimas y en general aquello anecdótico que no aparece en su obra. "Tal vez por estar metidas en eso tan real las mujeres sí que podemos ser abstractas. Me exijo al llegar al taller dejar de ser inteligente para que salga la intuición, para dejarme llevar y que la mano trabaje sola. Lo único distinto que las mujeres tenemos es disciplina" y lo tiene que ser para no abstraerse ninguna tarde de sus hijos, a la vez que toma en serio el arte.
Como una extraña premonición vio Ana María Rueda la tela inmensa que como una gran extensión de lodo pinto un día de noviembre pasado y supo esa noche del alud que había sepultado a Armero: sólo ese cuadro tan extrañamente unido a la realidad, tiene nombre y por su fuerza, aunque no resulte tan "limpio" como los otros, fue escogido para París. "No puedo pintar nada de lo que miro, por eso no puedo tener una visión concreta del paisaje, sino el proceso de una fotografía que se revela en mí". Aún hoy, reconoce, algo tiene su pintura de influencia española en el color, que no es nunca primario; pero atrás quedaron el claroscuro y la figuración de la escuela en París: "Al comienzo uno busca identificarse con lo que pinta, luego con la tela misma; en eso consiste la abstracción finalmente".







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