Viernes, 20 de enero de 2017

| 2001/04/02 00:00

Hannibal

En su nueva película el doctor Hannibal Lecter resulta ser, en realidad, un atormentado ángel caído. ***

Hannibal

Direccion:
Ridley Scott.
Actores: Anthony Hopkins, Julianne Moore, Gary Oldman, Ray Liotta, Giancarlo Giannini.



Podria decirse que son cuadros del Infierno de Dante o pesadillas puestas en escena. Pero la verdad es que nada ni nadie podrá preparar al público para las últimas secuencias de Hannibal. Podría decirse, eso sí, que esta vez, mientras se es testigo de la genialidad de Anthony Hopkins, o del horror, la crueldad y el genio del doctor Hannibal Lecter, lo mejor es no comer en la oscuridad del teatro. Quienes ya han visto la historia seguro darán fe de esta advertencia: hay que resistirse, a como dé lugar, a probar cualquier producto de la tienda.

Ya han pasado 10 años desde que, en las escenas finales de El silencio de los inocentes, el doctor Lecter, un siquiatra conocido como ‘el caníbal’ en el mundo de los monstruos, se escapó de su manicomio de máxima seguridad, en Baltimore, y viajó a Florencia, Italia, para convertirse en curador del Palazzo Vecchio y aprender a controlar, de paso, sus insoportables antojos de carne humana. Ahora Mason Verger, un millonario que fue uno de sus pacientes y otra de sus víctimas —Lecter entró en su cerebro y lo convenció de quitarse la piel de la cara y arrojársela a los perros—, ha encontrado una dantesca forma de vengarse. Una pista: tiene que ver con los pies y una manada de marranos salvajes.

Clarice Starling —o bueno: la brillante Julianne Moore—, una agente del FBI, es la carnada perfecta porque sus sólidos principios la convierten en un ángel solitario y marginal y porque cuando Lecter la vio por vez primera —ella sólo era una ingenua estudiante atrapada en un mundo de hombres que quería capturar a un escalofriante asesino en serie— quedó completamente enamorado. En El silencio de los inocentes se alcanzaba a intuir esa fascinación, pero no, nunca, un enamoramiento comparable, según se sugiere ahora, en Hannibal, al que sintió Dante Alighieri, uno de los principales poetas de la historia, cuando vio, cara a cara, a su Beatriz Portinari.

Eso es lo que fascina, esta vez, de Hannibal Lecter. Ya no es sólo su elegancia, su maldad y su sentido del asesinato como una de las bellas artes. Es, también, su dualidad. Su amor atormentado, su atracción hacia el bien, su labor de ángel exterminador, su dignidad en la soledad y la marginalidad. Lo dice su propio enfermero: “Una vez me dijo que prefería comerse a los groseros, a los descaradamente groseros”.

Hannibal es inferior a El silencio de los inocentes —en donde esa película era sugerente y apasionante, ésta es gráfica y agotadora—, tiene un final repugnante y tarda mucho en comenzar y en recordar a qué personajes les pertenece el relato, pero, gracias a una gran dirección, a una acertada adaptación y a la excepcional actuación de sus dos protagonistas, logra, por lo menos, darle sentido y hacerle justicia al enfermizo romance entre Lecter y Clarice. Como si se tratara de Dante y su Beatriz.

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