Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/01/23 22:00

Los dibujantes del Hay Festival en Cartagena

El protagonismo del cómic, el dibujo y la novela gráfica en el Hay Festival corresponde al auge mundial de ese, un arte tradicionalmente relegado a un segundo plano.

La obra icónica de Richard McGuire, publicada en 1989, constaba de seis páginas a blanco y negro que contaban lo ocurrido en un rincón de una habitación durante millones de años. Esta publicación se convirtió en 2014 en una novela gráfica de 300 páginas a color.

Diseñador gráfico, ilustrador, bajista de Liquid Liquid, una banda underground de los ochenta, creador de una línea de juguetes, codirector de dos cortos de animación y responsable de uno de los cómics más influyentes en la historia de este arte: Here. Richard McGuire (Nueva York, 1957) repite en las entrevistas que no se identifica con el típico autor de cómics que han replicado el cine y la literatura: el coleccionista obsesivo, enclaustrado, solitario, de alma adolescente. Él y sus colegas llevan años peleando contra ese prejuicio que tuvo rezagado al cómic a un arte menor.

En Colombia parece que está empezando a ganar la batalla. Lo demuestra que el Hay Festival, el mayor certamen de literatura y artes del país, trae este año a siete reconocidos ilustradores, McGuire incluido. Pero esa no es la novedad, ya que en pasados festivales también asistieron autores de renombre como Joe Sacco, Isidro Ferrer, Alberto Montt y Diego Bianki.

Lo realmente nuevo es que este año, por primera vez, tres conversatorios se referirán exclusivamente a esta manifestación artística: ‘Literatura gráfica’, ‘El arte de la ilustración’ y una conversación con Richard McGuire, quien ha publicado en The New Yorker, The New York Times y Le Monde

Esta vez, ilustradores y autores de cómics y novelas gráficas tendrán la misma posibilidad de hablar que han tenido los escritores. Y eso era impensable hace una década, como dice Daniel Jiménez, creador de la revista de cómic Larva, la única publicación de este tipo en Colombia, y director de Entreviñetas, el también único festival de cómic y dibujo. “Hace diez años ningún evento cultural asumía que la narración gráfica tuviera un valor artístico o creativo importante, como para sentar a un escritor a hablar con un dibujante –dice Jiménez–. Por un desconocimiento o un prejuicio el dibujo era para un lector más ingenuo”. Y ese mismo prejuicio dictaba que estas narraciones eran exclusivas para niños.

El ilustrador alemán Sebastian Meschenmoser, también invitado al Hay Festival, dice que ese prejuicio “está cambiando” en su país. Señala: “Si hay películas animadas como ‘Toy Story’ o ‘Shrek’, que también son diseñadas para adultos, es porque existe un gran mercado para los grandes que disfrutan con ‘películas para niños’. ¿Por qué no podrían disfrutar también los ‘libros para niños’?”.

Y no solo espacios culturales como el Hay Festival, la Feria del Libro de Bogotá o la Fiesta del Libro de Medellín les están dando la palabra a los dibujantes; también se está replanteando su imagen anacrónica. “McGuire, por ejemplo, es un artista, un diseñador, un músico, lo que le permitió acercarse al cómic de una manera multidisciplinaria que le imprimió mucha riqueza a su trabajo”, dice Jiménez. Y agrega que con Here (1989) logró demostrar que el cómic era un lenguaje por sí mismo y “no un subsidiario de la literatura o del cine”.

Si en Estados Unidos y Europa se tardaron para entenderlo, en Colombia sí que ha tomado tiempo. Además, este no es un país con una larga tradición en estas narrativas. Los primeros asomos llegaron con Adolfo Samper y su personaje Mojicón, en los años veinte, y Ernesto Franco y sus historietas protagonizadas por Copetín, en los sesenta. Luego aparecieron publicaciones como Click, un fanzine de crítica de cómics hecho en Cali a finales de los años setenta.

Más adelante nacieron las revistas Acme y TNT en Bogotá, y Agente Naranja y Sudaka en Medellín en los noventa. Fue también la época del auge de los fanzines independientes, fotocopiados y repartidos en los conciertos de punk, metal y rock. “Un pequeño movimiento juvenil empezó a introducir el cómic en el mundo de la música. Uno entraba a un concierto, pagaba 5.000 pesos y le regalaban un fanzine –cuenta Álvaro Vélez o Truchafrita, ilustrador de historietas de Medellín–. Además, empezamos a tener acceso al computador personal y podíamos armar nuestras propias publicaciones”.

El apogeo siguió en el siglo XXI con propuestas más sólidas que hoy se mantienen: nació el fanzine Robot de la mano de Truchafrita (2003) y la revista Larva (2006); y surgió, además, el festival Entreviñetas (2010), que en cinco años ha ganado gran prestigio y reconocimiento pero muy poco apoyo financiero. Jiménez se queja de eso, pero también de “la ignorancia” que no deja de existir sobre el potencial de los libros gráficos en los programas de promoción de lectura. El bogotano Leo Espino, quien impulsó las revistas Acme y TNT, y hoy trabaja en animación e ilustración en Estados Unidos, coincide en que “falta mucho por aprender, mucha educación al público y a los clientes de este tipo de arte, pero creo que vamos por buen camino. Talento no falta”.

Por eso, es importante que este año el Hay Festival, a pesar de tener como centro el tema económico con invitados como el premio nobel de Economía Joseph E. Stiglitz, Thomas Piketty y Ha-Joon Chang, le haya dado también un papel protagónico a la novela gráfica, el cómic y el dibujo con personajes como el ilustrador peruano Rafael Yockteng, el portugués Afonso Cruz y la novelista gráfica española Ana Sainz Quesada.

También estará en Cartagena el español Javier Olivares, dibujante de Las meninas, premio a la mejor obra de autor en el Salón del Cómic de Barcelona 2015, quien dijo a SEMANA que en su país ha tomado también largo tiempo que la gente reconozca su trabajo. “Creían que los dibujantes de cómic éramos una raza extraterrestre. Poco a poco hemos logrado salir de ese mundo subterráneo y nos estamos incorporando al mundo cultural normal”.

Y la única colombiana en la lista, la caleña Amalia Andrade, escritora, ilustradora y autora de Uno siempre cambia al amor de su vida, se suma a ese grupo de los incomprendidos. “Yo, que vengo de la literatura, siento que me han mirado bajo porque empecé a hacer dibujo. Que un escritor tome la decisión de dibujar no hace que su obra sea menos importante ni menos seria”, dice. Seguramente ese será tema de discusión en este Hay Festival.

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