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| 1/10/2015 10:00:00 PM

La tierra éramos nosotros

La última novela de Héctor Abad Faciolince cuenta la lucha de una familia para preservar una finca heredada de sus mayores.

Héctor Abad Faciolince
La Oculta
Alfaguara, 2014
336 páginas


Quizás   esta   novela no es un derroche de técnica narrativa pero es un buen libro. Un libro que conmueve, termina por enganchar y deja muchas inquietudes. Su historia  es sencilla: la lucha de una familia durante más de 100  años por preservar una finca, La Oculta, en las cercanías de Jericó, un municipio al suroeste de Antioquia.
 
La historia es contada por tres hermanos, Antonio, Eva y Pilar Ángel, tres voces en primera persona que se alternarán para mostrarnos cómo su familia llegó a adquirir La Oculta y cómo ha hecho para conservarla en medio de las crisis económicas y las violencias colombianas. Habrá disquisiciones históricas y personales. Cada uno de ellos expondrá las razones y sinrazones de su apego a la tierra de sus mayores. Y, por cierto, lo harán de una manera prolija. Para hablar de la finca, para explicar el amor inconmensurable que le tienen, a ellos les parecerá  indispensable hablarnos de sus recuerdos infantiles, su vida sexual, su relación con el dinero. Hablan de sí mismos sin pudor y hablan los unos de los otros, para que no quede ninguna duda de la especificidad de sus personalidades y de los resortes más íntimos que mueven ´la novela familiar´.  Los hermanos Ángel, al igual que Manuel Mejía Vallejo, otro ilustre jericoano, suscriben la misma simbiosis: “La tierra éramos nosotros”.

Antonio es violinista, vive en Nueva York con Jon, su pareja, un famoso artista plástico afroamericano. El cosmopolita Antonio, necesita pasar al menos una temporada en La Oculta para reafirmar su identidad y porque está haciendo una investigación sobre Jericó, la cual tuvo una colonización muy particular: Santamarías y Echeverris, comerciantes judíos y vascos de Medellín, recibieron títulos de unas tierras selváticas al occidente del río Cauca, a cambio de dotación y alimentos para las paupérrimas tropas libertadoras. Sus descendientes, a finales del siglo XIX, a fin de hacer efectivos los títulos prometidos, promovieron una colonización bastante democrática en la cual todos los convocados serían propietarios y trabajadores, sin amos ni esclavos. Así se fundó Jericó y así llegaron los primeros Ángel —en realidad Santángel—, judíos conversos, a dicha región.

Eva es bonita, inteligente, dedicada e insatisfecha. Truncó su vocación artística por el negocio  familiar, una panadería. Eso la hizo inestable en su vida y en sus relaciones: tres matrimonios, muchos amantes y un hijo como madre soltera. Un atentado de los paramilitares, por negarse a vender La Oculta, afectará su idilio con la tierra heredada. Pilar es la pragmática, el carácter fuerte y la que encarna todos los valores de la tradición: la familia unida, la monogamia. Recibe el mandato de su padre, antes de morir, de no vender la finca bajo ninguna circunstancia, ni siquiera para el rescate de su hijo mayor, Lucas, secuestrado por la guerrilla: “Él me dijo que esa finca era todo lo que teníamos, que esa finca era la tierra que nos había tocado en la lucha por la vida y no se la podíamos entregar a nadie, ni por las buenas ni por las malas”.

La novela arranca con la muerte de Anita, la madre de los Ángel y la matrona que aglutina a la familia. Las vicisitudes de los hijos, la generación encargada de preservar la tierra y entregarla a los nietos, es la historia que nos anuncian pero la estructura de monólogo —un recurso viejo y conocido de Faulkner y el primer García Márquez— ralentiza la narración —con el pedaleo monótono de la primera persona—, según dijera Felisberto Hernández. De todos modos, terminan por imponerse los tres personajes y el discurso central —la tierra, la identidad— reiterativo e insistente, si se quiere, aunque por eso mismo, expresado con una profunda convicción y con una prosa por momentos de alta intensidad. Una novela bizarra, retro, y, sin embargo, vigente en una época en la que el tan celebrado paisaje colombiano es amenazado por la voracidad minera y la especulación inmobiliaria. 
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