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| 8/16/1999 12:00:00 AM

HEMINGWAY INEDITO

Con motivo del centenario del nacimiento de Ernest Hemingway, esta semana se lanza en <BR>Colombia su libro inédito, Al romper el alba. SEMANA reproduce en exclusiva un pasaje de la novela.


PATRICK HEMINGWAY, SEGUNDO HIJO del escritor Ernest Hemingway, decidió dar orden y publicar una
serie de manuscritos que su padre habla producido luego de su estancia en Kenia durante 1953 y 1954. Al
romper el alba, parece concebido a manera de diario, aunque su hijo asegura que el escritor jamás llevó uno, y
de allí el valor de este texto desconocido. Esta novela autobiográfica se constituye en un relato revelador de las
creencias y temores del autor de El viejo y el mar, y de las aventuras que debió afrontar en Africa, al lado de
Mary, su cuarta esposa. La novela también deja entrever los problemas políticos que en ese entonces
afrontaban las tribus kikuyus y mau-maus en Kenia. Editorial Planeta lanza en Colombia Al romper el alba, a
propósito del centenario del nacimiento de Hemingway el próximo 21 de julio. El siguiente es un fragmento de
la novela:
Por la tarde dejó de llover tal y como Willie había dicho y después de que se marcharan en el avión me sentía
muy solo. No había querido ir a la ciudad y sabía que me iba a sentir muy feliz solo con mi gente y los
problemas y la tierra que amaba, pero me sentía solo sin Mary.
Siempre me sentía solo después de llover, pero tenía la suerte de tener mis cartas, que no me importaron nada
cuando llegaron, y las puse otra vez en orden y ordené también los periódicos. Eran el East African Standard,
las ediciones aéreas del Times y el Telegraph, los dos en aquel papel que parecía piel de cebolla, un Times
Literary Supplement y una edición aérea de la revista Time. Abrir las cartas era medianamente aburrido y me
alegré de estar en Africa.
Una carta que mis editores me remitían diligentemente por correo aéreo a un coste considerable era de una
mujer de lowa:
Guthrie Center, Iowa 27 de julio, 1953 Mr. Ernest Hemingway La Habana, Cuba
"Hace varios años leí su libro Al otro lado del río y entre los árboles, cuando salió por entregas en el
Cosmopolitan. Después de la bella descripción de Venecia del comienzo, esperaba que el libro continuara así
y tuviera una considerable altura, pero me quedé ampliamente decepcionada. Sin duda era una oportunidad de
destapar la podredumbre que PRODUCE las guerras, tanto como señalar la hipocresía de la propia
organización militar. En vez de eso, su oficial estaba disgustado ante todo por qué él había tenido la
DESGRACIA PARTICULAR de perder dos compañías de tropas y, a resultas de ello, no había obtenido un
ascenso. Apenas si muestra un poco o NINGUN dolor por sus jóvenes soldados. Más que nada parecían los
esfuerzos inútiles de un viejo que intenta convencerse a sí mismo y a otros viejos de que las mujeres jóvenes,
bellas e incluso ricas pueden amar a un hombre anciano por sí mismo, no porque pueda proporcionarles
riqueza y una posición preeminente.
Más tarde se publicó El viejo y el mar, y pregunté a mi hermano, que es maduro y pasó cuatro años y medio en
el ejército durante la guerra mundial, si este libro era más maduro emocionalmente que Al otrolado..., pero
compuso una mueca y dijo que no.
Es asombroso que un grupo de personas pueda otorgarle a usted el premio Pulitzer. Por lo menos no todo el
mundo está de acuerdo.
El recorte pertenece a la columna 'Con el café' de Harlan Miller, publicada en The Des Moines Register and
Tribune, y hace tiempo que quería enviárselo a usted. Añada simplemente que Hemingway es emocionalmente
inmaduro y un horrible pelmazo y la reseña estará completa. Ha tenido usted cuatro 'esposas', y si no ha
alcanzado una buena moralidad, por lo menos tendría que haber sacado un poco de sentido común de sus
errores pasados. ¿Por qué no escribe usted ALGO que valga la pena antes de morirse?".

Sra. G.S. Held

A aquella mujer no le había gustado el libro de ninguna de las maneras y estaba en su perfecto derecho. Si yo
hubiera estado en Iowa le habría devuelto el dinero que se había gastado como recompensa a su elocuencia y
a la referencia a la guerra mundial. Supuse que quería decir segunda y no Larga y Latosa y leí el recorte que
había insertado:
Tal vez he sido un poco puntilloso con Hemingway: el escritor más sobrevalorado de nuestro tiempo, pero aún
así un estupendo escritor. Susprincipales defectos: (1) escaso sentido del humor; (2) un realismo de tipo
juvenil; (3) mínimo idealismo, o ninguno; (4) fatuidad de pelo en pecho.
Disfrutaba sentado en la tienda comedor vacía a solas con mi correspondencia e imaginándome al hermano
emocionalmente maduro poniendo su mueca quizá en la cocina ante un refrigerio de la nevera o sentado ante
el aparato de televisión viendo a Mary Martin haciendo de Peter Pan y pensé lo amable que era la señora de
Iowa al escribirme y lo agradable que hubiera sido tener aquí a su hermano emocionalmentes maduro
haciendo muecas y moviendo la cabeza en este momento.
No se puede tener todo, viejo amigo escritor, me dije con filosofía. Lo que ganas en directos lo pierdes en
indirectos. Tienes que olvidarte del hermano emocionalmente maduro, simplemente. Olvídalo, te lo digo yo.
Tienes que hacerlo solo, muchacho. Así que me olvidé de él y seguí leyendo a Nuestra Señora de Iowa. En
español pensé en ella como Nuestra Señora de los Aldabonazos y ante la aparición de tan espléndido nombre
me sentí invadido de piedad y calor whitmanianos. Pero procura seguir dirigiéndolos hacia ella, me advertí a mí
mismo. No per mitas que te lleven hacia el de las muecas.
También era estimulante leer el homenaje del joven y brillante columnista. Tenía esa catarsis simple pero
inmediata que Edmund Wilson ha llamado "la sacudida del reconocimiento", y reconocer la calidad de aquel
joven columnista que sin duda hubiera tenido un futuro brillante en el East African Standard si hubiera nacido
en el Imperio y, en consecuencia, hubiera estado en condiciones de asegurarse un permi- so de trabajo, me
hizo pensar de nuevo, del mismo modo que uno se aproxima al borde de un precipicio, en el muy amado
rostro del hermano de las muecas de mi corresponsal, pero ahora mis sentimientos hacia él habían cambiado
y ya no me seguí sintiendo atraído por él como antes, sino que, más bien, lo veía sentado en medio de las
plantas de maíz, las manos incontrolables en la noche mientras oía crecer los tallos de maíz. En la shamba
teníamos maizales que crecían tan alto como crece el maíz en el Medio Oeste. Pero nadie los oía crecer de
noche porque las noches eran frías y el maíz crecía por la tarde y de noche, incluso aunque hubiera crecido
de noche, no podías oírlo por culpa de la cháchara de las hienas y los chacales y las voces de los leones
cuando andaban cazando y el ruido que hacían los leopardos.
Pensé al diablo con esa zorra estúpida de Iowa escribiendo cartas a personas que no conoce sobre cosas de
las que no sabe nada y le deseé la gracia de una muerte feliz cuanto antes, pero recordé su última frase: "¿Por
qué no escribe usted ALGO que valga la pena antes de morirse?", y pensé tú qué te crees, zorra ignorante de
Iowa, yo ya he hecho eso y volveré a hacerlo muchas veces más'.
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