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| 12/14/1992 12:00:00 AM

Herederos de Obregón

El XXXIV Salón Nacional confirma que los artistas jóvenes cada vez se alejan más de la pintura.

OBREGON ESTARIA SATISFECHO. AL fin y al cabo fue él, desafiando la tradición del paisaje realista y del retrato de prócer, quien introdujo el modernismo en Colombia. Ahora, el XXXIV Salón Nacional de Artistas, dedicado a su memoria, vuelve a repetir la hazana de remover las raíces, sin temor alguno al qué dirán.
Luego de recorrer el pabellón "F" de Corferias, tomado en estos días no por los industriales que tradicionalmente exhiben ahí sus adelantos tecnológicos, sino por 242 artistas colombianos -en su mayoría de las nuevas generaciones- que presentan su forma de ver el mundo y la realidad a través de sus trabajos más recientes, dos aspectos saltan a la vista. Primero, que la pintura constituye minoría frente a otros géneros. Segundo, que muchas de las obras son apenas un punto de partida para que el espectador procese en su cabeza los diversos elementos que la componen, y le de forma a su manera.
Y que mejor prueba de esto que el trabajo de los artistas que resultaron elegidos por el jurado internacional. Nadin Ospina se llevó uno de los premios con una obra que involucra no sólo la pintura y el objeto tridimensional, sino también el sonido y el aroma. Enrique Vargas se llevó otro de los galardones con una obra más cercana a la dramaturgia que a la plástica: "Hilo de Ariadna", en la cual el espectador es el verdadero protagonista de la escena, que debe recorrer un laberinto de oscuridad y simplemente dejarse llevar por su imaginación a partir de los olores, las texturas y las visiones que se le ofrecen a su paso. El otro premio fue para Catalina Mejía -éste sí en pintura- pero en todo caso por una propuesta que se sale del manejo tradicional del espacio.
Si se realizara un inventario de los diversos materiales utilizados por los artistas que actualmente exponen sus obras en este salón, el resultado sería sorprendente: pinzas para colgar ropa, colillas de cigarrillo, latas de gaseosa, pedazos de espejo, semillas silvestres, veladoras, tubos de neón, tierra, televisores viejos, papel crepé, cascos de botella, zapatos de tacón... y, por supuesto, óleo, acrílico y tela, pero en proporciones apenas discretas.
Prácticamente todos los artistas que hoy gozan de nombre y de fama han pasado por el Salón Nacional. Fernando Botero, Alejandro Obregón, Eduardo Ramírez Villamizar, Edgar Negret, Juan Antonio Roda, Carlos Rojas y Ana Mercedes Hoyos, entre muchos otros, pasaron por ahí, en sus primeras épocas, e hicieron noticia. Esto hace pensar, por lo tanto, que los que ahora están dando tanto de que hablar, por atreverse a romper los esquemas sin pudor, por ser los representantes de una de las mayores aperturas artísticas que ha vivido el país, seguramente también estarán algún día en los primeros lugares. El Salón Nacional ha sido, por tradición, un gran laboratorio del arte colombiano. No sólo porque allí se pueden observar los caminos que estan recorriendo los artistas, sino también porque normalmente los jóvenes que hacen su aparición en el evento todavía se sienten en plena libertad de experimentar toda suerte de propuestas. De manera que si alguien quiere saber hacia dónde va el arte en Colombia, la respuesta está en el Pabellón "F" de Corferias.
Dedicado al maestro Alejandro Obregón, el Salón presenta una selección de fotografias de prensa y de album de familia que constituyen un valioso anecdotario gráfico del pintor. Allí está él, en el centro del Pabellón, mirando de reojo a los herederos de ese carácter suyo que logró abrirle las puertas al arte colombiano.
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