Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/12/05 00:00

Hernán Díaz: un retrato

La semana pasada murió unos de los fotógrafos emblemáticos de Colombia.

Durante más de 40 años, Hernán Díaz retrató a quienes se convertirían los personajes más influyentes de la historia Colombiana.

La obra de Hernán Díaz marcó un punto de quiebre en la fotografía colombiana. Él cambió la percepción del trabajo de un fotógrafo. Por la época en que se empezaron a ver sus retratos, en 1960, la crítica de arte Martha Traba escribió: "El fervor por la fotografía en Europa y Norteamérica es muy poco visible en Colombia". Entonces, la fotografía no era más que reproducir imágenes -uno que cualquiera con una cámara podía llevar a cabo-. "El fotógrafo artista, sin embargo -continuó Traba-, debe descubrirnos el significado de las cosas simples, subrayar la poesía en la cual no tenemos ni tiempo, ni muchas veces, capacidad para reparar".

Eso, precisamente, fue lo que Díaz hizo durante más de 40 años de trabajo y se refleja en los 24 libros que publicó. No sólo fue el fotógrafo más prolífico en Colombia, un pionero, el que retrató a los personajes más importantes de la segunda mitad del siglo XX en el país, sino que inauguró, según sus colegas y amigos, la era de los fotógrafos cultos en Colombia, quien le devolvió a la fotografía colombiana el estatus de medio artístico que la caracterizó desde su llegada a principios del siglo XX.

Desde niño aprendió a tocar el piano y toda su vida fue un aficionado a la música clásica. Sabía de pintura, de literatura -en especial de la norteamericana- y siempre estuvo en contacto con lo que ocurría en otros lugares del mundo. En pocas palabras, él era un intelectual y un erudito. A mediados de los años 60, hizo parte del grupo de intelectuales que renovó las artes y las letras de Colombia. Fue amigo cercano de Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio y del crítico Hernando Valencia Goelkel; de los pintores Enrique Grau y Alejandro Obregón, del cura Camilo Torres. Y, como pocos intelectuales, se movía como pez en el agua en la alta sociedad. Por su lente pasaron ex presidentes como Virgilio Barco y César Gaviria, y personajes tan influyentes en la historia reciente del país como Julio Mario Santo Domingo.

"Él era muchas cosas -dice Guillermo Angulo, su gran amigo-. Su trabajo no entra en una clasificación. No se puede decir que era un fotógrafo de moda, un retratista, o un fotorreportero. Él era muy dúctil en cuanto a su oficio: un verdadero artista". Estudió en la Escuela de Altos Estudios de Cinematografía de París y luego en el Famous Photographers School, donde era profesor Richard Avedon. De él aprendió la técnica de la beauty light y a identificar los mejores ángulos de sus sujetos. Tal fue su influencia, que la silenciosa expresividad de los primeros retratos de Díaz recuerda a los del norteamericano, y tanto el talento de Díaz para personalizar su estilo, que la crítica pronto destacó el carácter plástico de su obra. Iving Penn lo inspiró. De él aprendería las ventajas de la luz natural y de él heredó un gusto por los paisajes. Hoy pocos fotógrafos colombianos se pueden comparar con él.

Díaz, en efecto, fue muchas cosas. El solitario, que no se dedicó al cine -su gran pasión- admitiendo que no podía trabajar con un gran equipo; el artista temperamental, que quemó varios negativos; el pionero que publicó por primera vez en Colombia un libro de desnudos, La vida pública de 1962, para el que posó Fanny Mikey, y, ante todo, un profesional de la fotografía que no se conformaba con menos que la perfección técnica y que lograba captar los gestos esenciales de los personajes que retrataba, aunque eso implicara usar sarcasmos -era famoso, también, por su punzante humor negro-, o tomarse un par de whiskys con ellos. Con él no sólo muere una época de la fotografía en Colombia, sino una idea de la elite bogotana que él inmortalizó con sus retratos.

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