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| 4/25/2009 12:00:00 AM

Héroes o payasos

Con humor y autocrítica, la última novela de Laura Restrepo hace un balance político y familiar de su paso por la militancia de izquierda en la Argentina de las dictaduras militares.

Laura Restrepo
Demasiados héroes
Alfaguara, 2009
260 páginas

Lorenza, una mujer colombiana de la clase alta, milita en un grupo de orientación trotskista durante la época de las dictaduras militares argentinas de los años 70 y 80 del siglo pasado. Allí, en plena lucha revolucionaria en la ciudad de Buenos Aires, se enamora de Ramón, un compañero con el cual terminará conviviendo y teniendo un hijo, Mateo. Incapaz de resistir la presión diaria de ver crecer una criatura indefensa en medio de la peligrosa vida clandestina, decide regresar a su país donde la relación empieza a deteriorarse: "una vez rota la complicidad que los había unido durante la clandestinidad, se habían convertido en dos extraños". Lorenza, entonces, toma la iniciativa de terminar la relación, y la respuesta de Ramón será secuestrar a Mateo y perderse con él. Al parecer, los hechos anteriores coinciden en gran medida con la biografía pública de la autora, Laura Restrepo. Sin embargo, ella deliberadamente desechó contarlo en clave autobiográfica o testimonial y optó por la forma novela. Demasiados héroes es una novela y como tal pide ser leída y juzgada. Así las cosas, aceptemos la propuesta y abordemos los hechos contados novelísticamente. Atentos a descubrir qué gana un drama de la vida real narrado con sometimiento a las reglas de aquel género literario.

Y bueno, lo primero que habría que señalar es que gana mucho. Para empezar, gana en intensidad. Lo que en un relato verídico hubiera sido tal vez una sola historia, el pedaleo monótono de una mente que recuerda, aquí se convierte en tres historias. Lorenza llega a Buenos Aires con Mateo ya adolescente en busca de su padre. Parafraseando El Túnel de Sabato, Mateo escribe en un papel el libreto de su temido encuentro: "Ramón Iribarren, soy tu hijo Mateo Iribarren y vine a Buenos Aires para conocerte". En el presente de la narración, Lorenza sostiene una larga conversación con Mateo. Un diálogo nada fácil, cómo quiera no es fácil la comunicación con un hijo adolescente. Y menos si ese hijo fue abandonado por su padre. Ante ese hecho inexplicable, Lorenza no tiene la respuesta. Mateo lo sabe, pero igual pregunta, exige una respuesta. Porque un hijo abandonado nunca dejará de hacer esas preguntas aunque le aseguren que no hay nadie en el mundo capaz de responderlas.

La curiosidad de Mateo pone en movimiento la segunda historia: saber en detalle cómo fue el asunto de su secuestro, un evento incómodo que en la mitología familiar se conoce con el eufemismo de El episodio oscuro. Mateo quiere oírlo para comprobar que su padre efectivamente es un villano (hace lo mismo que lo dictadores que combatía) y que su madre tenía razón en haberlo mantenido alejado de él. Sin embargo, es ambivalente, lo ama a pesar de todo, lo perdona y a partir de ahí culpabiliza a su madre: ¿quién no tiene derecho a pensar que su padre es un buen tipo?

Y aunque a Mateo le interese menos, se impone otra tercera historia: saber cómo se conocieron Lorenza y Ramón, cómo fueron aquellos días de militancia bajo el miedo y el terror, por qué y para qué arriesgaron sus vidas y su juventud.

Tres historias se entrelazan, se intercalan y se complementan a lo largo de 260 páginas, cada una con su propio ritmo y su propia intriga. Negarse a contar lo vivido de una manera lineal no sólo es una estrategia contra el aburrimiento: significa tomar partido por la complejidad de los hechos. Caben las reflexiones sobre la paternidad y la maternidad; el temor a dejar el refugio de la infancia para enfrentar la realidad sin ayudas. Y cabe, también, la emoción de las citas clandestinas en los cafés, del peligro inminente, de las hábiles coartadas. En la autobiografía damos nuestra propia y única versión. En la novela debemos convivir con otras versiones de personajes autónomos que nos contradicen: Mateo cuestiona a Lorenza. Y le ayuda relativiza su drama. Para que tenga algo de melodrama, para recordarle que a veces somos héroes y, a veces, payasos.
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