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| 4/19/1999 12:00:00 AM

HIJO DE TIGRE SALE PINTANDO

Quizás porque los genes no pueden negarse, muchos de los hijos de reconocidos artistas <BR>colombianos han seguido los pasos de sus progenitores.

Si en algo se caracterizó el arte colombiano durante el período hispánico fue por la irrupción,
más o menos generalizada, de los famosos talleres familiares, escuelas dinásticas en las que participaron por
igual abuelos, padres y hermanos solventados por la tradición de su apellido. La más famosa de la época fue,
sin duda, la de los Figueroa, iniciada por Baltasar, pintor de origen sevillano, continuada por su hijo Gaspar y
seguida por sus nietos Baltasar (el más sobresaliente de todos) y Nicolás de Vargas Figueroa. Y es que si
existen familias enteras de viejo cuño que han dejado su huella genética generación tras generación en
campos tan diversos como la economía, el derecho o la medicina, en el ámbito artístico el asunto no podía
ser muy diferente. En el mundo algunos de los ejemplos más significativos se encuentran en la música, más
concretamente en familias como la dinastía Strauss y la de Bach. En la Colombia actual las artes plásticas
demuestran que todavía queda algo de esa tradición colonial. Dos de los hijos de Juan Antonio Roda (Marcos
y Pedro) le han seguido los pasos del pincel o la gubia. Algo similar ha ocurrido con Ana Mosseri, hija de la
reconocida artista Ana Mercedes Hoyos; con Alfonso Ariza, hijo del desaparecido paisajista Gonzalo Ariza;
con Natalia Granada, quien ya ha logrado forjar una carrera propia sin que sea el nombre de su padre,
Carlos Granada, el que pese más; con Margarita Gómez de Rengifo, hija de Ricardo Gómez Campuzano; con
Juanita Richter, continuadora de la obra de su padre, Leopoldo Richter; y en menor medida en artistas como
Mónica Negret, sobrina del maestro Edgar Negret, y Claudia Hernández, sobrina del pintor Manuel
Hernández. Sin embargo, quienes más se aproximan a una verdadera dinastía son los Cárdenas. No sólo los
hijos de Santiago y Juan Cárdenas han heredado la vena creadora de sus respectivos padres, sino que
prácticamente toda la familia, contando los primos Fischer, tiene algo que ver con el mundo del arte.
María Cristina Cárdenas, hermana mayor de Guillermo y Nicolás Cárdenas, es filósofa; Andrés Fischer es
pintor, Juan Fischer es cineasta y Claudia Fischer, restauradora. "Debe ser una falta de originalidad",
confieza sonriendo Guillermo Cárdenas, aunque la mejor descripción del fenómeno la tenga Gonzalo Ariza,
para quien el asunto es muy sencillo: "En el mundo del arte, hijo de tigre sale pintando". nGuillermo
CárdenasAunque su padre, Santiago Cárdenas, le dijo que era mejor no dedicarse al arte, sus genes hicieron
imposible la elección de otro oficio. Cuando estaba en el colegio su vocación lo llevó a tomar cursos de
dibujo en Cooperartes. Recién graduado de bachiller se matriculó en la facultad de arte de la Universidad de
los Andes. Pero no se quedó. "Todo el mundo me relacionaba con mi papá". Así que decidió irse a Estados
Unidos, adonde fuera tratado como un anónimo, a probar suerte en la Rhode Island School of Design
estudiando técnicas de pintura con énfasis en diseño industrial. En última instancia se transó por la
ilustración. Admirador de Liechtenstein y del ilustrador del New Yorker Russell O. Jones , Guillermo trabaja
la urbe y sus personajes con un humor que ya es característico. Tiene 29 años y acaba de exponer en
Colombia en la Galería Deimos, de Bogotá. Nicolás CárdenasLa idea inicial del hijo menor de Santiago
Cárdenas fue la de ser pintor. Pero el destino, tan impredecible como siempre, le obsequió la oportunidad
de convertirse en escultor. Y hoy, a sus 28 años, no se arrepiente. Graduado de la Rhode Island of Design,
Nicolás vive obsesionado con las posibilidades plásticas que ofrecen los animales. Trabaja bien en arcilla,
mimetizando la mano humana en figuras zoomorfas, o bien en madera, construyendo esculturas a manera
de rompecabezas que pueden ser toros, elefantes, caballos, o las tres al mismo tiempo. En eso anda
mientras toma la decisión de hacer un máster en arquitectura urbana. "El arte no hace más fácil la vida, pero
la armoniza. Mi objetivo es poder hacer esculturas funcionales en las ciudades, construir, por ejemplo, un
puente que sea en sí mismo una escultura. Eso en Colombia no existe", afirma.Miguel CárdenasHijo del pintor
Juan Cárdenas, a sus 25 años Miguel Cárdenas tiene claro que su vida es la pintura. Lo supo incluso desde su
infancia, cuando miraba pintar a su padre, quien le alimentaba las ganas regalándole cuadernos y lápices
por montones. Era inevitable no heredar la misma pasión. Así, al igual que sus primos, terminó
estudiando arte en la Rhode Island School of Design. Sin embargo, a diferencia de ellos, no tuvo nunca que
dudar de su profesión. "Mi decisión fue instintiva, así que no consideré mucho estudiar otra carrera". De su
padre dice que heredó el pulso y el tacto, y no sólo en el sentido estricto del arte sino en el de la vida.
Aunque aún es muy joven sus primeros trabajos ya arrojan una señal del artista que puede llegar a ser en el
futuro. Vive en Nueva York, junto a su padre y su madre, la también pintora Mónica Meira, y aspira a realizar
su primera exposición en Colombia en los próximos meses.Ana MosseriNacida en Bogotá en 1969, la hija de
Ana Mercedes Hoyos heredó de su madre la rebeldía y la meticulosidad a la hora de emprender una obra de
arte. Sin embargo, recién graduada del colegio Anglo Colombiano y a punto de ingresar a la Universidad de
los Andes, no tenía tan claro su futuro artístico como lo tiene hoy. Estudió un semestre de antropología
antes de viajar a España a tomar cursos de historia del arte y literatura. Pero aunque su interés estaba más
centrado en lo primero que en lo segundo, retornó a Los Andes a la facultad de filosofía. Tres años de trabajo
le harían caer en cuenta que no tenía vocación, pero también que la filosofía sería fundamental para entender
el arte tal y como lo estaba buscando. "Funciona para saber lo que es arte y lo que no", afirma. Después de
servir de asistente de Ana Mercedes, actividad que le permitió también convertirse en su discípula, Ana
viajó a Nueva York a estudiar diseño gráfico. Fue entonces cuando descubrió su verdadera pasión: el
grabado. Tomó varios créditos sobre la materia y aprendió lo que significa el rigor de una técnica.De regreso a
Bogotá se dedicó a pintar, según ella, mientras termina el curso en Nueva York y reúne el dinero suficiente
para montar un taller de grabado. Su pintura, netamente realista, está inspirada en su cotidianidad, en los
personajes que la rodean y las calles que frecuenta caminar. Sus influencias están relacionadas con la
obra de artistas como Milton Averi, William Weikman y Alex Katz, y también en pintores de su generación
como Elizabeth Peyton y Karen Kilimnik, ambas retratistas. Su primera exposición, compuesta por 50
retratos, se llevó a cabo el año pasado en la galería El Museo de Bogotá. Alfonso ArizaA punto de cumplir 40
años, el hijo del fallecido pintor Gonzalo Ariza no recuerda un solo momento de su vida que no estuviera
asociado con el arte. Su primera exposición de grabado la realizó en la Alianza Colombo Francesa de Bogotá
a los cuatro años y desde entonces no ha dejado de pintar. Criado en un ambiente que él mismo describe
como un "caldo de cultivo cultural", siempre tuvo a mano la oportunidad y los materiales para alimentar su
pasión artística. Su madre, Susana Rubio, es escritora; su padre ha sido uno de los paisajistas más
sobresalientes de la historia de la pintura colombiana, herencia suficiente para que Alfonso hubiera viajado a
Japón, luego de estudiar biología en Los Andes, a especializarse en pintura japonesa en la prestigiosa
Universidad de Arte de Tama, en Tokio. La compleja técnica, originaria de Persia y luego extendida hacia
China y Japón, utiliza como base piedras semipreciosas _como lapislázuli, malaquita, coral rojo y amatista_
que son machacadas hasta convertirse en polvo pictórico, además de oro y platino. Al igual que su padre,
Alfonso dedica su trabajo a la naturaleza, pero su sentido va más allá de la simple reproducción en el lino.
"Para mí el paisaje o la figura humana son pretextos para transmitir un contenido filosófico y una serie de
sentimientos que no puedo expresar con palabras y que sirven para motivar en el espectador estados de
paz y espiritualidad". Su más reciente exposición en Bogotá tuvo lugar en la galería Deimos y ahora prepara
una serie de trabajos para el Taller 17 de París. Su obra es tan reconocida en Oriente que incluso fue
admitido en el Salón Nacional de Artistas Japoneses en 1996, algo que quizás ningún otro occidental puede
contar.Marcos RodaDe pequeño su padre, el pintor Juan Antonio Roda, lo llevaba a las clases que dictaba en
la facultad de artes de la Universidad de los Andes, y se entretenía más allí que en el colegio. De hecho faltó
poco para que no se graduara de bachiller, dada la dispersión con que solía tomar la escuela. Se la
pasaba dibujando y, para alimentar su deseo, a los 15 años tomó clases de dibujo con el maestro Santiago
Cárdenas. Aburrido del colegio y una vez fuera de él, viajó a España y durante un año tomó cursos de dibujo y
pintura en Barcelona. De regreso a Bogotá, después de un intervalo en Costa Rica, fundó el taller de grabado
La Huella, que duró siete años. Luego se fue a aventurar a Gaviotas (Vichada), y allí aprendió a dibujar en
acuarela, según él "a falta de cámara fotográfica". Su interés es el paisaje, pero ante todo el urbano. Costa
Rica y Gaviotas le abrieron la preocupación por la atmósfera; pero después, en San Agustín, encontró la urbe y
su gente. "Le he sacado el cuerpo al retrato, por el peso enorme de la obra de mi padre, dice. También me
pasa lo mismo con la abstracción. Me siento ridículo tratando de alcanzarla. En general he intentado tomar
distancia del trabajo de papá".Aunque lleva dos décadas viviendo del arte, a sus 44 años considera que lo ha
hecho "saltando matones". A pesar de las experiencias vitales por fuera de la academia, hoy se arrepiente
de no haber ingresado a una universidad. "Quedé aislado del medio, y eso no es bueno", concluye. Pedro
RodaBogotano, de 34 años, Pedro Roda ha sabido convivir con el arte desde diferentes perspectivas. La
principal como actor de teatro y de televisión. Pero también como músico, durante su paso por el Taller de
Actores del Teatro Libre, de Bogotá, cuando componía la música de las obras con César Mora y Bruno Díaz.
Fue roquero y hasta fundador de su propia banda. Sin embargo la pintura le llamó poderosamente la atención
desde su infancia. Como su hermano Marcos, realizó algunos estudios en Barcelona y de regreso a la capital
aprovechó el taller de grabado de su padre para comenzar a moldear su propia obra. Allí labora
frecuentemente, en el tiempo libre que le dejan sus obligaciones de actor. "He intentado no parecerme a mi
papá, por el miedo a que le digan a uno que su obra es una copia. Incluso un galerista me dijo alguna vez que
me alejara de la pintura por eso", afirma. Y aunque por ahora el grabado es más una afición, tiene como
objetivo madurar el oficio para buscarse un lugar en el competido mundo del arte.
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