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| 6/29/1992 12:00:00 AM

HISTORIA DE DOS MUJERES

Bajo la dirección de Jorge Alí Triana, el T.P.B. y el Teatro Nacional llevan a escena "La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada", de Gabriel García Márquez.

UNA VIEJA ENTREGADA A LA LOCUra, y su nieta, una lánguida y fiel muchacha qúe se ve obligada a feriar su cuerpo en las rancherías del desierto, protagonizan una de las obras por las que ha recibido más elogios Gabriel García Márquez.

La historia de estas mujeres, entregadas por el destino a la aventura del trópico, ha recorrido el mundo por medio del papel. Hace algunos años fue llevada al celuloide, y ahora, en adaptación de Carlos José Reyes y Jorge Alí Triana, "La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada" se propone demostrarle al público que también sobre las tablas puede ser una pieza maestra.

El viento de la desgracia, el mismo que se metió en el dormitorio de Eréndira como una manada de perros, se siente con toda su fuerza en este montaje del T.P.B. y el Teatro Nacional.
Jorge Alí Triana, el director.
Logra llevar al escenario buena parte de la magia del texto original. El espectador siente los fantasmas de los Amadises a su alrededor, se deja contagiar de la romántica ingenuidad de Ulises, respira el ambiente pesado del desierto y toma partida cuando la abuela de Eréndira se enfrenta a los misioneros.

Delfina Guido caracteriza a la desalmada abuela que Amadís, el padre, rescató de un prostíbulo de las Antillas. Con su báculo de obispo, y su intransigencia de matrona curtida, convence hasta el punto de hacer soñar al público con el mismo pavor real que le anunció su muerte. Y Fabiana Medina representa a Eréndira con la misma candidez con la que debió cruzar el desierto la hija bastarda de ese contrabandista que murió acribillado en un pleito de rivales.

Un adecuado juego de efectos, una luz inspirada en los atardeceres del Caribe, y unos narradores que hablan en vallenato, se encargan de enfatizar lo increíble y lo triste de la historia. El diseño escénico de Liliana Villegas logra combinar las calles miserables y ardientes de la ranchería, con los candelabros de plata de la mesa de banquetes donde la abuela se sentaba a imaginar que la fortuna de los Amadises permanecía intacta. Sólo unas monjas despistadas le restan momentánea fuerza a un montaje que, con seguridad, se llevará los mejores comentarios.

Lo que alguna vez debió parecer imposible, convertir en teatro una obra literaria tan exigente, y reunir en el mismo recinto toda la suerte de escenarios reales e imaginarios que ocupan las páginas de García Márquez, se logra en esta ocasión con excelentes resultados. Pero tal vez lo mejor es que la acción teatral nunca cede frente a las palabras. Es teatro, antes que texto. El espectador siente pasar, minuto a minuto, las seis horas que necesitaba Eréndira para darles cuerda y concertar a todos los relojes de su abuela, aunque jamás uno de ellos aparezca en escena.
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