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| 10/14/1996 12:00:00 AM

HISTORIA LOCAL

En la subsistencia del Teatro El Local, que esta semana celebra sus 25 años, se resume buena parte de la accidentada historia del arte dramático colombiano.

En realidad no son 25 sino 26. Pero como el año pasado no hubo recursos para celebrar las bodas de plata, tocó aplazar el aniversario un año". Miguel Torres dice la frase con humor, pero también con la resignación de quien ha sufrido en carne propia todos los avatares sorteados por el teatro colombiano a lo largo de su accidentada historia. Y es que el director de El Local fue testigo presencial del nacimiento de esa ola teatral que se gestó en las universidades a comienzos de los años 60 y que iría a reventar en un movimiento escénico capaz de servirle de espejo a la sociedad, en un país muy poco acostumbrado a enfrentar sus realidades. De alguna manera todos se habían inspirado en el experimento de Enrique Buenaventura con el TEC de Cali. Santiago García, Carlos Duplat, Kepa Amuchastegui, Carlos José Reyes, Ricardo Camacho y el propio Miguel Torres pertenecen a esa generación que, en la efervescencia de los años 60, reclamaba a gritos un espacio para el teatro. Y el mejor era, por supuesto, la universidad. En los patios, en las aulas y en las salas de la casa de cualquiera de estos pioneros germinaron los primeros proyectos teatrales, muchos de ellos inocentes en su concepción pero agresivos para la época. "En 1965 la Universidad Nacional presentó en el Teatro Colón la obra de Bertolt Brecht, Galileo Galilei, rememora Torres. Era tal la susceptibilidad de esos tiempos que toda la rebeldía de Galileo contra la Iglesia fue interpretada algo así como una instigación a la lucha. Total, la obra se suspendió al octavo día". Era la culminación del matrimonio entre la universidad y el teatro. Nació entonces la Casa de la Cultura, alrededor de la cual los teatreros se aglutinaron para darle rienda suelta a la imaginación. "Los proyectos eran tantos que el núcleo terminó atomizándose, recuerda Miguel. De cada universidad comenzaron a nacer grupos: la Universidad del Valle se había convertido en el TEC; la Nacional se transformó en La Candelaria; Los Andes, en el Teatro Libre; la de América, en el TPB y así... Kepa Amuchastegui fundó La Mama y yo me fui con mi grupo a fundar El Local". Su nombre resultó, precisamente, de la ansiedad de encontrar una sede propia. Hoy, 26 años más tarde, todavía el milagro no se ha hecho realidad. "Eran épocas diferentes, dice Torres. No teníamos sede, pero teníamos actores e imaginación. Los actores se pagaban a sí mismos con su trabajo y no se habían obnubilado con la televisión. Hacíamos teatro de la nada, pero con un amor por la profesión que nos hacía olvidar nuestras necesidades básicas". El teatro se montó en lo que antes había sido un billar, en la calle 53 con carrera décima, de Bogotá. Pero sus fundadores nunca pensaron en la opción de comprar el local, porque, en palabras de Miguel Torres, "desde ese entonces el Distrito está amenazando con tumbar los edificios en beneficio de la ampliación de la calle 53". Con algo de dinero, conseguido a fuerza de sacrificios en escena, compraron un lote en la calle 19 con carrera cuarta, sobre el cual se levantaría el proyecto que Rogelio Salmona había ideado como sede del teatro. "Pero, continúa Torres, la administración de Andrés Pastrana impidió que se construyera algo en nuestro lote, pues el Distrito había dispuesto en ese lugar una estación de metro". Después de múltiples peripecias, finalmente la Corporación La Candelaria, durante la dirección de Genoveva Carrasco de Samper, les brindó la posibilidad de adecuar una casa en la calle 11 con carrera segunda, en el corazón del barrio histórico. "Ahora, concluye Miguel, con media casa tumbada y la autorización del Consejo Nacional de Monumentos para construir la sala de teatro, estamos esperando la respuesta del Distrito". Paradójicamente, El Local ha sobrevivido un cuarto de siglo sin local, lo cual no le ha impedido realizar algunos de los mejores montajes colombianos. Si La Candelaria y Santiago García hicieron historia con Guadalupe años sin cuenta, y el TPB y Jorge Alí Triana, con I Took Panama, El Local y Miguel Torres lo hicieron con La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada. Más de 25 obras constituyen el aporte de El Local al teatro nacional. Y todavía sigue dando qué hablar. Para Miguel Torres, el teatro, como las demás manifestaciones artísticas, tiene que nacer de las propias entrañas de la tierra. Por eso no cree en las imitaciones de la vanguardia foránea. "Son una base, pero la verdadera evolución, la verdadera transformación debe salir de nosotros mismos". Y lo dice con la convicción de quien ha recogido el fruto de sus obras. La última de ellas, La siempreviva, narrada alrededor de los hechos del Palacio de Justicia, ha sido un verdadero éxito para el público y la crítica, a pesar de que el propio Miguel Torres reconoce que ante tanto bombardeo de violencia por televisión, la gente prefiere la frivolidad antes que mirarse al espejo con obras reflexivas. De cualquier forma la obra ha sido elegida por Colombia para representar al país en el Festival Internacional de Teatro de Cádiz, que se llevará a cabo el próximo mes. Una serie de conferencias alrededor del teatro y una temporada más de La siempreviva sirven de marco a la conmemoración de su cumpleaños. Pero sin duda la gran celebración llegará cuando El Local abra al público las puertas de su propia sala.
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