Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2000/11/13 00:00

Historia para todos

Una amena y rigurosa síntesis de la historia universal.

Historia para todos

Mientras veía a los partidarios de Hitler —acababa de tomar el poder en Alemania— con sus camisas pardas atacar a los estudiantes judíos en la Universidad de Viena, Ernst Gombrich, quien llegaría a ser uno de los más importantes críticos de arte del siglo XX, escribía una hermosa y precisa síntesis sobre la historia de la humanidad hasta ese momento.

Corría el año de 1935 y su propósito era entonces el de relatarle la historia universal a su joven hija: “Siempre he pensado que lo mejor de la historia universal es que sea realmente verdadera y que todos esos sucesos sorprendentes hayan sido tan auténticamente ciertos como lo somos hoy tú y yo”. Por esa razón el libro es claro y pedagógico, y se lee (en realidad se devora) como una novela de aventuras. Está lleno de ternura toda vez que tiene el formato de la carta de un padre a su hija pero en ningún momento olvida que no puede hacer concesiones. Es la historia de los seres humanos y por lo tanto una historia plagada de sangre y violencia: “Habría preferido todavía más no hablar de ese gran crimen cometido en nuestro siglo, pues este libro va dirigido, al fin y al cabo, a jóvenes lectores y suele gustar ahorrarles lo más odioso. Pero también los niños crecen, y deben aprender igualmente de la historia la facilidad con que la difamación y la intolerancia pueden transformar en inhumanos a los seres humanos”.

Sólo hay un episodio histórico ante el cual el autor prefiere callar. Se trata de la conquista de México, cuando Hernán Cortés decide destruir e incendiar a la floreciente ciudad de Moctezuma y comienza a aniquilar sin piedad a aquel pueblo culto y antiguo. Y no calla por pudor con los jóvenes, sino como un europeo avergonzado de un terrible capítulo de la historia de la humanidad que le gustaría poder borrar.

Gombrich pretende contarle a su hija cómo fue el mundo antes que ella, pero también es alguien que quiere aclararlo para sí mismo, dándole una posible continuidad y sentido. Es ahí, por obra y gracia de esa afortunada doble intención, donde quizá este libro se convierte en un gran libro. Porque siendo ameno e íntimo es profundamente serio y riguroso. Y al final, entendemos que no es un libro sólo para jóvenes, como no lo son todas las obras juveniles que valen la pena.

El misterio de los egipcios; el pensamiento de los griegos que todavía nos alimenta; el esplendor de Roma; la belleza y la solemnidad del mundo caballeresco; la vitalidad del renacimiento; la epopeya desmesurada del último conquistador, Napoleón Bonaparte; el desprendimiento de Buda; la sabiduría de Confucio; la piedad de Cristo y la intolerancia de cristianos y musulmanes; la tenacidad excluyente de los judíos. Todo está allí. Para que lo aprendamos o lo revisemos, pero de cualquier manera, para no olvidarlo nunca. Es inútil ignorar la historia y quien quiere hacer algo nuevo debe conocer profundamente lo antiguo, enseñaban los chinos.

A partir de El mundo de Sofía, han tenido mucho éxito los libros de reconocidos estudiosos que buscan llevar de forma didáctica al gran público los grandes temas de la cultura. Una pretensión, desde luego, inobjetable y que llega a cumplir su cometido. Lo que sí resulta antipático es la envoltura que adoptan para acceder al beneplácito del lector neófito: la de la ‘novela-pretexto’ o, para decirlo sin eufemismos, la de novela francamente pobre. Con su estupendo libro, Ernst Gombrih viene a demostrarnos —un poco tarde para la lengua castellana— que para alcanzar dicho objetivo de pedagogía y amenidad, no hace falta disfrazarse. Y que él no es un epígono más de esta tendencia, sino el verdadero precursor.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.