Martes, 17 de enero de 2017

| 1997/04/21 00:00

HISTORIA VIVA

Las nuevos monumentos nacionales ya no son sólo los recuerdos de la época de la Colonia.

HISTORIA VIVA

Los monumentos son túneles que comunican con otros tiempos. El que sean unos y no otros los objetos que permanecen como testimonio a través de los años depende de su capacidad de expresar el espíritu de una época pero también de los caprichos del azar. Después de las batallas de los tiempos sólo ciertas construcciones permanecen. En Colombia existe desde 1959 una política de conservación y un Consejo Nacional de Monumentos encargado de inventariarlos, catalogarlos y preservarlos. Y por monumento se entiende, según Mauricio Uribe, subdirector de patrimonio de Colcultura,"todo inmueble o conjunto de inmuebles que poseen valores sobresalientes históricos, artísticos, arquitectónicos, documentales, ambientales o testimoniales". Los inmuebles declarados monumentos (existen unos 1.200 en todo el país) son protegidos con disposiciones como aquellas que prohíben su reparación o reconstrucción antes del visto bueno del Consejo. Se alienta además a los particulares dueños de estos monumentos con una serie de exenciones de impuestos y otros estímulos.Hasta ahora habían sido objetos privilegiados de la lista de monumentos los restos precolombinos, las construcciones coloniales o las relacionadas con la época independentista. Se trataba, por lo general, de grandes construcciones ('monumentales') con referencias directas a la historia oficial y académica (el castillo de San Felipe o la Quinta de San Pedro Alejandrino, por ejemplo). Y estaban ubicados en unas pocas ciudades, como Cartagena, Popayán, Tunja o Bogotá. Pero la lista de lo que oficialmente se considera que vale la pena conservar está dando un giro. A las construcciones y objetos de rancio abolengo y credenciales coloniales se unieron recientemente nuevos invitados, más pequeños, menos rimbombantes, alejados de los centros históricos tradicionales pero igualmente llenos de reminiscencias y de significados para determinadas comunidades. Los sitios declarados como monumentos nacionales en 1996 y en lo que va de 1997 dan cuenta de esta apertura. Al lado de los conventos de la Candelaria y el del Santo Ecce Homo en Boyacá, de la Casa del Virrey en Cartago y de la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria en Medellín, construcciones de un innegable valor histórico, aparecen otras menos vistosas pero no menos importantes. Por primera vez, por ejemplo, se designó un camino real como monumento nacional. Se trata de la vía que de Barichara conduce a Guane, un camino colonial que fue construido sobre otro indígena. Según el Consejo Nacional de Monumentos, este "tiene una gran significación a nivel histórico y documental por su antigüedad, por su importancia económica y por ser una de las intervenciones de Geo von Langerke en la región". Pero no sólo son nuevos espacios los que se están teniendo en cuenta sino también otros lugares geográficos. En la lista aparece por primera vez Chocó con un conjunto de inmuebles republicanos de Quibdó (la cárcel de Anayancy y el Colegio Carrasquilla, entre otros) y la iglesia San José de Tadó. En este último monumento ya no se le hacen honores ni al oro ni a la plata, como tradicionalmente ha sucedido con la arquitectura religiosa colonial, sino a la bellísima textura de latón de la iglesia. El Consejo consideró que su valor documental residía "en ser el último vestigio de un poblado que durante la época minera de la Colonia y hasta finalizar el siglo XIX se destacó por su calidad estética y tecnológica". Por último, y como otra gran novedad, está el reconocimiento que el Consejo le hace a algunos hitos de la arquitectura moderna que ya tienen un lugar importante en la memoria colectiva de las recientes generaciones, como los edificios de bioquímica y morfología de la facultad de medicina de la Universidad de Antioquia. La base del cambio, según los expertos, es que al igual que la historia oficial ha venido transformándose en las últimas década, permeada por nuevos estudios que se nutren de fuentes diferentes a las de los documentos académicos y ha descubierto agentes distintos a los conquistadores españoles o a los próceres, ha cambiado también la concepción de los monumentos. Un nuevo concepto de historia requiere nuevos monumentos que hablen de esa memoria colectiva que ha quedado consignada en espacios donde transcurre la vida cotidiana, como los son los caminos, las plazas de mercado y los teatros. O en aquellos sobre los cuales se ha desarrollado la vida económica del país. En la lista de monumentos de 1996 hay, por ejemplo, un reconocimiento a la arqueología industrial con el conjunto de las antiguas ferrerías del país. Estas son vestigios de las cuatro fábricas de hierro que constituyeron el motor del progreso de Colombia durante el siglo XIX. Construidas en Pacho y La Pradera (Cundinamarca), Amagá (Antioquia) y Samacá (Boyacá), se destacan por estar entre las fábricas de hierro más antiguas de América Latina y por haber sido la vanguardia de la economía de esta época, posibilitando un cambio total en la forma de vida del momento.Todas estas construcciones dan testimonio de los esfuerzos colectivos sobre los que se construye el país de hoy. Aunque su inclusión como monumento nacional no se traduce en un aporte económico inmediato del Estado para su conservación, según Mejía, "es muy importante su reconocimiento público para la creación de una conciencia sobre ellos, una cultura que apenas está empezando en Colombia".Según los nuevos vientos, con todo y su enorme valor histórico los monumentos del país no pueden limitarse a los recuerdos del Libertador Simón Bolívar, a las casas donde durmió o a los puentes por donde pasó. Este reconocimiento a inmuebles no tradicionales es un paso adelante en una reconstrucción más vital del pasado nacional.

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