Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1985/01/07 00:00

HISTORIAS DE PALIZAS

"Karate Kid", un nuevo capítulo del débil que triunfa al final.

HISTORIAS DE PALIZAS

Estamos otra vez ante una situación bastante común: la película que nos cuenta una historia muchas veces contada. "Karate Kid" es lo mismo que "Rocky" pero con un joven que necesita aprender karate y sin el final abierto para darle paso a una segunda y tercera película. Otra vez vienen a la mente las acostumbradas preguntas que surgen en estos casos: ¿qué tienen esas historias que todavía siguen gustando? ¿Qué es lo que ve en ellas el público que no se las pierde? Y, otra vez, estamos ante el reto de superar la explicación más obvia, la que se repite semana a semana ante tantas películas y programas de televisión y que se limita a recordarnos que el público es ignorante, superficial e inculto y por eso prefiere estas historias simples que le economizan todo esfuerzo de relación y comprensión.

LOS PUBLICOS
Que la cuestión no es fácil se puede advertir desde el momento mismo de la visión de la película. Sin entrar en mayores disquisiciones se puede en el teatro diferenciar tres tipos de público: el que se interesa realmente en la película (se compadece con las palizas que le propinan los malos -los Cobras en sus potentes motos- al flaco, débil y recién llegado al pueblo, al bueno Daniel); los que, como se suele decir, arman el relajo en el teatro y los que miran a la pantalla con la frialdad del que se ha distanciado del espectáculo que se le proyecta. Las dos últimas clases de público se parecen en un aspecto muy importante: han reconocido la historia y los elementos que la conforman, sólo que cada uno reacciona ante el reconocimiento de una forma distinta, unos divirtiéndose y otros aburriéndose.
¿Qué se reconocía? Ya mencioné a "Rocky" (I, II y III), pero está también Flashdance y todas las películas que terminan con un gran desafío en el cual triunfa el que al principio tenía todas las de perder porque parecía no tener capacidades, o era débil, o le faltaba confianza en sí mismo. Cualquier cosa que justifique el relato de una serie de situaciones a través de las cuales el personaje se va superando y venciendo obstáculos hasta la victoria final.
Pero, ustedes lo presupondrán, esa victoria no es fácil. El malo antes de caer derrotado tiene que propinar al bueno una golpiza de tales proporciones que hasta el espectador más escéptico puede llegar a dudar de la victoria de éste. Se puede sospechar en un empate que daría lugar a "El regreso de Karate Kid" o "Karate II". Efectivamente, en el Gran Torneo, el que lo define todo, Johnny, el líder de los Cobras, saca a relucir todas sus técnicas, legales e ilegales, de karatista para herir una y otra vez las piernas de Daniel. Pero éste, casi arrastrándose, con su férrea voluntad, tomando fuerzas de la mirada de su novia -la linda Alí que había sido novia también de Johnny el malo- y de la señal aprobatoria de su profesor -el tierno viejito japonés Mijagi- recurre a su arma secreta, el golpe de la garza. Y vence. Desde antes, cuando Mijagi le explicaba a Daniel la potencia y el secreto de ese golpe, sabíamos que cuando el joven aprendiz tomara posición de garza había llegado el momento definitivo y podríamos alistarnos para la salida. Si alguna duda quedaba, el proyeccionista se encargó de eliminarla: inmediatamente después de la garza prendió las luces. Ya no quedaba sino el rápido beso de Alí, el intercambio de sonrisas con el Maestro, Mijagi, y la supersónica conversión del malo que se acerca con el trofeo a reconocer la victoria de Daniel.

¿PURO JUEGO?
¿Qué es "Karate Kid"? ¿Un inocente juego en el que uno se puede divertir observando cómo se las ingenia el autor -John G. Avildsen, el mismo de "Rocky"- para introducirle variantes al conocido cuento del débil triunfador? Puede ser, y creo que a eso se reduce en el caso del espectador que goza con su propia capacidad para adelantársele a la película.
Pero, independientemente de la actitud que pueda tomar el espectador, la película en sí misma no es sino una colección de aquellos elementos que han demostrado ser reconocibles por parte de amplios sectores del público. Lo cual tampoco es problema. Flashdance era lo mismo, sin embargo todo ese reconocimiento iba canalizado hacia una explosión de lo corporal, lo sensorial, como forma de tomar la vida sin someterse a normas abstractas. Aquí, en "Karate Kid", no hay nada que se le parezca, no hay sino la instrumentalización de esos elementos de reconocimiento con el exclusivo objeto de mantener la atención del espectador. Nada más.
Por fortuna siempre a este lado del telón, en las sillas casi siempre maltratadas de nuestros teatros, está sentado un espectador que se divierte riéndose de la película. De pronto uno desearía que ese espectador tomara una "actitud crítica" ante esta clase de películas, una actitud consciente y racional que se expresara en rechazo. No creemos que esas risas y los gritos de aliento a Daniel pueden ser un rechazo todavía más profundo que cualquier análisis frío o que cualquier actitud racional.

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