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| 1/18/1988 12:00:00 AM

"HOLA, SOLEDAD"

O la madurez de María Mercedes Carranza

Generosa, María Mercedes Carranza nos propone con su último libro de poemas "Hola, soledad" un juego imposible: "Usted va a ser mi amigo--advierte al lector--casi íntimo, por el tiempo que dure su lectura de estos poemas. Por eso me creo en la obligación de decirle que cada verso fue escrito para usted". Etc, etc. El sujeto y el predicado se trenzan en lucha feroz. Es un artificio libresco. No un hallazgo poético. La comunicación lírica no se anuncia de tal manera. Se dá o no se dá. Para ser introducidos en la situación poética, basta el poema. Su primera línea, o su primer afortunado verso.

Es importante saber quién nos recibe en la mansión del poeta. Aquí María Mercedes Carranza en su primera página nos extiende su "Tarjeta de visita", que es una manera de entrar en su mundo. Su mundo quieto que, atravesado de líneas de luz y de sombra, murmura el desencanto, el olvido y la muerte; confusión de todas las cosas, lo que le dicta su "incierto corazón". Su saludo "Hola soledad" también puede ser su despedida. Con el poema que cierra el libro "Cuando escribo sentada en el sofá" (Arte poético), se realiza la culminación de este viaje a través de "palabras que no tienen destino" y que atraviesan su mundo.

De principio a fin el tema de la ausencia, oculta la regla de su composición. Recuerdos, nostalgias, noches y deseos, ruinas y fracasos, y vida y muerte como sonoras palabras abrevian una larga experiencia. El follaje es espeso, acaso intenso, pero la flor íntima ¿en dónde encontrarla? No en la nostalgia de una juventud bien ida, que con su epígrafe nos lleva a la dulce ironía de Graham Greene: "Fui feliz, pero me aburrí tanto"; no en el recuerdo ni en el camino, quizás esté en su propia mano--la que escribe el poema--cuando dice: "Esta mano que todos ven", es alli donde Carranza ocupa su mejor lugar poético. La dulzura y el calor íntimo la protegen.

Poesía de la madurez, la de María Mercedes Carranza, que por momentos se hace depreciativa hacia el mundo y hacia el amante, y otras evocadora y triste, y tantas otras valiente en su tendencia arrojada hacia la disolución donde ve fluir todas las cosas como en un encuentro inevitable.

María Mercedes Carranza mejora su obra con su vida, entretejiendo desde su propia condición de poeta un espacio poético común. Y aunque legítimamente su obra pertenezca a un lugar privilegiado de la poesía colombiana, su quehacer, su propio acontecer vital, su inteligencia y sus lúcidas iniciativas hablan en nombre de una poesía, de un quehacer poético, como la pura legitimación de la búsqueda de la verdad. Si con sus actitudes moviliza posturas, conceptos y auditorios, es porque cree que la poesía, en el fondo de su verdad, siempre lleva en sí misma la posibilidad de una salida jubilosa. No buscaba más que una salida, decía Kafka.

Los poemas reunidos en este volumen de la Oveja Negra, de alguna manera son indescifrables, no se entregan a una primera lectura. Su presencia no puede reducirse a la suma de palabras que los componen. Alegorías de cosas que van sucediendo, casi clandestinas en apariencias comunes (Envío). El encuentro de los amantes, los rostros perdidos y los besos obligados. Y el cansancio. Y el desmoronamiento. Todos estados del alma, en una confesión íntima, en su concepción más poética, creando y recreando una y otra vez, sin concesión alguna, la estética del pesimismo y la esética del dolor. --
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