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| 7/12/1982 12:00:00 AM

HOMBRES NADA MAS

Desempeñan los papeles femeninos en el teatro japonés: el kabuki.

En el Japón Imperial del siglo XVI, O-Kuni, una joven del pueblo, danzó en el lecho seco del río Kamo en Kyoto. Su danza fue la primera semilla del kabuki y la razón para que, durante mucho tiempo, se llamara a los actores del género "limosneros del río": kawara kojiki. Allí comenzó una larga historia de 400 años. A las danzas, O-Kuni agregó elementos de escenografía trama y acompañamiento musical, creando un tipo de teatro erótico libre, atractivo, popular... muy diferente al teatro Noh, asexual y estético, limitado a la aristocracia.
El éxito de la joven subió como la espuma y en 1603 fue invitada, con el grupo que había formado, a realizar una presentación ante el Emperador en el palacio imperial.
Al morir O-Kuni otros grupos recogieron lo que ella dejó. Sin embargo, degeneró en una sutil y sofisticada prostitución, "Kabuki de las mujeres del placer", que fue prohibido en 1629. Luego apareció el "Kabuki de los hombres jóvenes", una forma velada de comerciar con el homosexualismo, abolido en 1652
Pero las raices estaban echadas y cuando el sexo dejó de ser su propósito, retoñó en el "Kabuki masculino" y empezó a desarrollarse como verdadera expresión artística con énfasis en la actuación, el vestuario, el maquillaje y la música (Ka: canción: bu: danza; ki: destreza). Desde entonces el Kabuki ha cambiado muy poco y es actualmente la carta de presentación de la cultura japonesa: un teatro donde confluyen algunas corrientes tradicionales. Del Bunraku, teatro de marionetas, tomó los movimientos exagerados de los actores, del gusto popular, los colores vivos y brillantes; de los orígenes mismos del teatro heredó no sólo la máscara, que transformó en cuidadoso maquillaje para exagerar las expresiones, sino la idea de que los hombres desempeñen roles femeninos, práctica que se mantiene actualmente y que resulta exótica a los occidentales. El actor que hace papeles femeninos tiene un "status" privilegiado. Es el onnagata, que encarna la mezcla de realidad e irrealidad que es parte de su último recurso y, tal vez, la alianza mágica del arte.
"¡Kirei, Kirei!" (¡hermoso, hermoso!) prorrumpen en gritos los fanáticos de Tamasaburo, el onnagata superestrella del Kabuki. Un tipo menudo, espartano en sus costumbres y afeminado en sus maneras y gestos, ensaya religiosamente ante el espejo y la cámara, después de observar durante horas en "video cassettes", movimientos y actitudes no sólo de los personajes del Kabuki, sino de actrices occidentales como Katherine Hepburn, Vivian Leigh, Marilyn Monroe y Greta Garbo. Sigue al pie de la letra el "Ayamegusa", manual Kabuki del siglo XVIII: "si el onnagata no vive su vida diaria como la de una mujer, es difícil que se le considere consagrado".
La sospecha de homosexualismo que despierta en los occidentales, no altera en absoluto a los japoneses que cuentan con una larga historia de aceptación, ligada a la tradición de los samurai, guerreros que disfrutaban de los afectos de otros hombres. Para Tamasaburo el teatro está por encima de todo: no fuma, porque afecta el falsete que requieren sus papeles femeninos; no toma, porque el alcohol daña la piel; hace dieta y duerme 8 horas diarias para proteger su belleza.
Para un onnagata, cuya interpretación de roles femeninos parece depender de las convenciones del Kabuki, hacer papeles femeninos del teatro occidental, raya en la osadía. Sin embargo, este japonés que aparece en afiches del metro en Tokio, como la gran figura popular, ha representado heroínas de Shakespeare. Prefiere personajes que estén más cerca de lo cortesano que de lo principesco: jovencitas prístinas son un tipo importante en el Kabuki. Pero el otro tipo es el de la mujer con experiencia, que ha visto el mundo y tiene qué decir. Yo soy ese segundo tipo. Por eso es que para mí, cuando interpreto a Shakespeare, Lady Mc. Beth me va más que Desdémona".
Pero esta superestrella japonesa que ha hecho de los caracteres femeninos su negocio, no nació en el medio teatral. Llegó a él por casualidad. Su madre administraba un restaurante y, por consejo del médico que atendía a Tamasaburo, afectado por un caso leve de polio, lo puso a hacer danza tradicional como terapia. Sin proponérselo le trazó el camino del Kabuki. Hoy, cuando Tamasaburo entra a escena, sólo se oyen los gritos. "¡Kirei kirei!" y se recuerdan las palabras del más conocido novelista contemporáneo japonés Yukio Mishina: "La fascinación de este hermoso joven es de otra época. Pero trae con ella un poder mágico, porque el derecho y el privilegio de esta edad joven triunfará al invertir por completo los gustos de nuestro tiempo".
Ahora tiene la palabra occidente. Tamasaburo hará sus primeras presentaciones en Nueva York durante la temporada de junio. (Versión adaptada New York Times Magazine).
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