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| 5/22/2014 12:00:00 AM

Indios de Asfalto en el MAC

El artista Guache trae a Bogotá su exposición que estará abierta hasta el 30 de mayo, junto con magia, muerte, religiosidad y remedios tradicionales de nuestros ancestros.

En 1962, los altos sueños de Rafael García Herreros que tocaban nubes fueron pisando tierra. Ante sus ojos se extendía terreno, sobre él se levantaba un colegio, y casas habitadas por familias que antes no tenían techo fundaban la ‘ciudad perfecta’ (el barrio El Minuto de Dios) que tanto aspiraba el hombre precursor de la acción comunal en Colombia.

Pero no le pareció suficiente.

Faltaba algo, una cosa igual de vital, equivalente a tener vivienda y educarse. El ser humano no solo comía, dormía y aprendía, era parte vital de su existencia el contacto con el arte. Y a pesar de que en el barrio había ya réplicas del pensador de Rodin, un taller de escultura en madera y otro en cemento, seguía faltando algo. Así fue qué, en 1963, visitando una casa en el Chicó de una señora octogenaria y elegante, el padre García Herreros tuvo una revelación.

Su intención era venderle a la mujer una boleta para el Banquete del Millón (medio por el cual recibía donaciones para el barrio), pero por el corredor, camino a la sala donde se haría el acuerdo, el despliegue ante sus ojos de esculturas, bustos, piedras y pinturas lo inspiraron de una idea algo más ‘excéntrica’. Al menos así pareció calificar alguna gente la nueva iniciativa del fundador de El Minuto de Dios, pues al otro día, en la editorial de El Tiempo, quizás hablando por un público extendido, el mismo Eduardo Santos expresó su desconcierto y dijo que si acaso el padre se había vuelto loco, porque ahora no solo pedía plata sino también obras de arte para un museo clásico. Y que además cómo era eso posible, siendo Colombia un país sin verdadero arte importante. Esa misma noche en su programa de un minuto, le respondió García Herreros que si él pensaba eso, siendo un hombre tan culto y distinguido que había viajado tanto y sabía tanto de todo, tenía que ser porque tenía razón. Con la humildad que lo distinguía y la oración devota a la que le agregaba máximas griegas para ilustrar su punto y encender la piedad oculta de los televidentes, pidió a Colombia el mismo apoyo de la noche anterior con un ligero ajuste: una donación de obras porque sí haría un museo, pero esta vez, sería uno contemporáneo.

Hoy por hoy, 48 años después, lo que empezó siendo una idea sacada de los pelos se yergue en la plaza de banderas del Barrio El Minuto de Dios. Casi medio siglo de vida y el Museo de Arte contemporáneo en Bogotá (MAC) aún cumple su función original. Esto es, darle un sentido social a la cultura. A diferencia de muchos otros, en donde el arte está puesto en las paredes y la gente pasa y lo escruta como algo ajeno, alejado, intocable, el Mac es “un laboratorio vivo, lo cual lo pone por encima del concepto de espacio donde se encuentran objetos viejos y muertos y sacralizados… un discurso bastante decimonónico”, explica el curador del museo Juan David Quintero.

Hoy el turno es para ‘Indios de Asfaltos’, la exposición que el artista Guache trae a Bogotá y que estará abierta hasta el 30 de mayo. Magia, muerte, religiosidad y remedios tradicionales de nuestros ancestros son los temas que se manifiestan en esta muestra. “Devolverle a las cosas el sentido real. De eso se trata mi pintura, recoger un poco los símbolos, recoger ese legado tan rico que tenemos de los ancestros y traerlo a los escenarios urbanos”, dice el artista colombiano que a partir de junio llevará a su nación de paseo hacia las paredes de Berlín, Amsterdam y París. “Los colombianos tenemos algo muy común y es que perdemos la memoria fácilmente y la historia trata de recordárnosla –dice Quintero-. "Yo creo que guache con su obra está generando esto. Volver a ponernos en contexto de que tenemos unos antepasados y tenemos unas tendencias y tenemos una historia”.

Si por algo se levanta en plena plaza un museo no es para lucir obras sofisticadas e intocables, sino para romper la idea de que el arte está muy lejos, a vista de unos cuantos, en manos de los ricos. Hoy en día los tiempos han cambiado y el museo no se preocupa exclusivamente por lo ‘bello’ o por ‘educar’ o los ‘buenos valores’, como lo quiso un día el padre García Herreros; mucho menos es un espacio quieto que busca eternizar las obras, sino que más bien podría entenderse en la frase con que Guache le explica su trabajo al canal Uniminuto: : “La mayoría es efímera, y ahí es lo más interesante, que es como una memoria del presente”. Es en ese presente que se enlaza el MAC con la motivación primera de hacer del arte un vehículo de alianza social, donde se vive la obra y se interactúa dentro del espacio. Y es esa alianza la que sigue alumbrando las paredes de un museo que no aspira ser ‘grande´, sino simplemente, modestamente, como dice Gustavo Ortiz el actual director, un “museo de barrio que sabe escuchar”.
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