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| 10/15/2001 12:00:00 AM

Infidelidad

Liv Ullmann e Ingmar Bergman dialogan sobre el pecado, la culpa y los tormentos del proceso creativo.

Directora: Liv Ullmann
Actores: Lena Endre, Erland Josephson, Krister Henriksson, Thomas Hanzon, Michelle Gylemo, Juni Dahr

Bergman, el personaje de Infidelidad, entra en su estudio de madera, en la isla de Faro, e inventa a Marianne sobre la base de los recuerdos y de los fantasmas que lo atormentan en su escritorio, en la ventana y en la playa. Marianne se levanta y anda. Discute con su creador. Ahora tiene una hija, Isabelle, y está casada con un prestigioso director de orquesta, Markus, y le propone a David, el mejor amigo de su esposo, que se vaya con ella a París y se convierta, de una vez por todas, en su amante. Sabe que tarde o temprano se va a arrepentir. Pero algo superior a sus fuerzas la obliga, primero, a errar, a traicionar, a dar la espalda. Y, segundo, a descubrir las miserias, las mentiras, las máscaras de todas las personas de su vida.

Ingmar Bergman, el guionista de Infidelidad, tiene 83 años y ha filmado algunas de las mejores películas de la historia del cine. Habría que poner su nombre junto a los de Buñuel, Fellini, Kurosawa, Truffaut o Tarkovski para comprender la importancia de su obra. Después de dirigir más de 40 largometrajes dedica sus últimos años de vida a asesorar al gobierno de su país en cuestiones cinematográficas —el trato es envidiable: le mandan a su casa, en la isla de Faro, todas las producciones del año— y a escribir guiones confesionales para que sus amigos y sus familiares los dirijan.

Quizá por haber nacido y trabajado en Suecia, de pronto por haber sido educado por un sacerdote, o por haber vivido todo eso que cuenta en La linterna mágica, su autobiografía, sus personajes siempre han tratado de atar los cabos, exorcizar pesadillas y enmendar errores. ¿Qué pasó?, ¿en qué momento se derrumbó todo?, ¿cómo seguir soportando una vida sin sentido? Esas son las preguntas que se hacen sus mujeres y sus hombres. Esas son las respuestas que jamás encuentran.

Infidelidad es una gran película, pero una gran película sueca. Eso quiere decir, claro, que dura mucho más de dos horas y que, en algún punto de la historia, a uno se le pasa por la cabeza que el problema de fondo es que, subsidiados por un Estado sólido y eficiente, los personajes no tienen nada más que hacer aparte de especular sobre Dios, el vacío y el laberinto de la culpa. Aun cuando todo el tiempo se intuye que se trata de una conmovedora reflexión sobre el acto de la creación, y a pesar de que el espectador no puede hacer nada aparte de agradecer y valorar las confesiones del guionista, al final se tiene la sensación de que, sobre todo en el largo final, habrían podido evitarse un par de escenas.

Liv Ullmann ha tomado, esta vez, el puesto del director. Era necesario. Ha interpretado, con emoción y pulso, la historia de una actriz acorralada por la culpa y le ha dado a Ingmar Bergman, su gran amigo, la oportunidad de perdonarse, en la ficción, las infidelidades de la realidad.
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