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| 12/22/1997 12:00:00 AM

INFIERNO BAJO LA TIERRA

Desde que pasó de actor taquillero a productor de películas Steven Seagal se ha caracterizado por su compromiso con la causa ambiental. En sus anteriores realizaciones el enfrentamiento era contra los emporios petroleros, los cuales no tenían ningún escrúpulo en explotar decenas de pozos sacrificando la ecología. Ahora, en su más reciente película, arremete contra un magnate de los negocios que tiene comprado a todo un pueblo para utilizar los Apalaches como refugio de desechos tóxicos, con la consecuente tragedia ambiental que significa tan irresponsable actitud. A través de sus taquilleras cintas Seagal no ha hecho otra cosa que desfogar los instintos de venganza de quienes se sienten impotentes ante los atropellos del sistema. Así, pues, no se podía esperar otra cosa en Infierno bajo tierra. Seagal hace el papel de un agente especial del gobierno que llega a un apartado pueblo de los Apalaches a investigar el asesinato de un compañero suyo y, de paso, recolectar testigos contra la compañía que está produciendo los desechos tóxicos en la región. La incapacidad legal para detener el fenómeno, pues las multas son irrisorias, justifican, según Seagal, el arrebato de violencia que inunda la pantalla. Aunque la violencia como diálogo no es un argumento nuevo en sus películas, no deja de ser curioso que sea Seagal el encargado en promover tan contradictorios instrumentos de justicia.
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