Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1988/10/03 00:00

INFIERNO EN EL CIELO

Cerca de 100 muertos y más de 200 heridos en la peor semana para la aviación en los últimos tiempos.

INFIERNO EN EL CIELO

La semana pasada, sin duda alguna, fue una de las más negras en la historia de la aviación. Seis accidentes en tres continentes, con un saldo de por lo menos 80 muertos y algo más de 200 heridos, pusieron nuevamente sobre el tapete la discusión sobre las medidas de seguridad que rodean, tanto a pasajeros--en el caso de los vuelos comerciales--como a los espectadores de las revistas aéreas.
La racha trágica se inició el pasado domingo 28 de agosto, cuando cerca de 200 mil personas se agolparon en la pista aérea de la base norteamericana de Ramstein, en Alemania Federal. Ese día, la escuadra italiana de vuelo acrobático, "Frecce Tricolori", presentaba una revista aérea para celebrar el día de la aviación de la OTAN. Los 10 aviones, del tipo Aeromacci MB-339, iniciaron su presentación con pasos rasantes y con piruetas relativamente sencillas. A medida que avanzaba el espectáculo las pruebas se hacían más dificiles, hasta que se llegó a la más arriesgada de todas: los diez aviones se dividieron en dos grupos, uno de cinco y otro de cuatro, que, luego de tomar sentidos contrarios, se debían cruzar a menos de cien metros de altura sobre la pista de la base aérea. La parte más difícil de la maniobra le correspondía al décimo avión, comandado por el jefe del escuadrón --Mario Naldini--, que tenía la misión de cruzarse, en línea perpendicular, al mismo tiempo que los dos grupos se encontraban sobre la pista. Todo parece indicar que, pese a las 3.900 horas de vuelo del jefe de formación, el cálculo le falló por fracciones de segundo, colisionó con dos de los aparatos que conformaban los dos grupos y fue a estrellarse en la zona verde, donde estaban los espectadores.
Mientras tanto, al otro lado de la pista, los otros dos aviones involucrados en el estrellón se precipitaron a tierra, fuera de control. El avión de Naldini alcanzó a dar algunos tumbos antes de explotar en medio de los aterrorizados asistentes, que buscaban afanosamente escapar de las llamas. Fuera de los 3 pilotos, 44 personas resultaron muertas y el número de heridos sobrepasó los 100. Según muchos de los asistentes, la tragedia pudo ser bastante peor ya que una hilera de autos, aparcados a lo largo de la pista, amortiguó en parte la caída del aparato e impidio que arrollara a un número mayor de personas.

De inmediato, las autoridades alemanas se apresuraron a cancelar otra serie de exhibiciones del mismo tipo que debían llevarse a cabo en los meses de septiembre y octubre, e iniciaron las investigaciones de rigor.
Un análisis preliminar de los hechos permite afirmar que, por lo menos, hubo imprevisión por parte de los organizadores que permitieron que el público se ubicara muy cerca del lugar en que se realizó el peligroso cruce. Además, al parecer existe algo de culpabilidad por parte del escuadrón italiano, ya que el avión que se cruza perpendicularmente a los dos grupos principales debe hacerlo en sentido contrario a la tribuna. De haberlo hecho así, el avión, como ocurrió con los otros dos, habría caído al otro extremo de la pista y se habría evitado la muerte de 44 personas.

Por el momento, las autoridades alemanas están propugnando por que tales espectáculos sean prohibidos en el continente europeo. Y tienen razones de peso para hacerlo. El mismo día de la tragedia de Ramstein, dos pilotos de la Fuerza Aérea de Finlandia perecieron al estrellarse sus máquinas, durante una revista aérea en Bélgica. También en territorio belga, el pasado 7 de agosto, un piloto murió en uno de estos espectáculos cuando su avión Mirage-V se estrelló en una de las bases aéreas de ese país.

CUATRO EN LINEA
El sino fatídico también tocó a Colombia. En la madrugada del pasado martes 30 de agosto, un avión C-47 (la versión militar del famoso DC-3) despegó de la base aérea de Apiay, en Villavicencio, para llevar armamento al departamento del Huila. La aeronave, que partió a la 1 y 30 de la madrugada, debía aterrizar en Neiva para dejar material de guerra que sería llevado luego hasta la localidad huilense de Santa María, donde 15 policías se enfrentaban a 70 guerrilleros de las FARC. La última comunicación con la aeronave tuvo lugar 40 minutos después de su despegue, cuando el comandante Juan Carlos Zapata Villamil avisó a la torre de control que estaba perdiendo el control del aparato.

El pasado miércoles, el C-47 fue localizado por las brigadas de rescate en cercanías de Aname, entre los departamentos de Meta y Cundinamarca estrellado contra un cerro. Sus 8 ocupantes, todos miembros de la FAC, perecieron en forma instantánea sin que hasta el momento se conozcan las causas del accidente. Por tratarse de un avión muy viejo, que llevaba más de 50 años en servicio, no estaba equipado con la llamada "caja negra", lo que habría permitido aclarar buena parte de lo sucedido. Por otra parte, como lo expresaran algunos miembros de la Fuerza Aérea, "la última comunicación del piloto no permite aclarar qué era lo que sucedía en el momento del accidente". Por "perder el control" puede entenderse una falla mecánica, pero en estos casos lo común es que los tripulantes aclaren a la torre de control el tipo de inconveniente que se presenta. Otras versiones, tal vez las de mayor credibilidad, hablan de fallas en los instrumentos de navegación del aparato, lo que les habría impedido sortear con fortuna la cordillera. Algunos artículos de prensa, aparecidos durante la semana, hablan de que las malas condiciones climáticas imperantes en la zona, especialmente el intenso frío, afectaron los mecanismos de mando del avión, pero esta especie no ha sido confirmada oficialmente y es poco probable, dado que cualquier avión está diseñado para volar con temperaturas en extremo bajas, y en el caso del C-47, este tipo de aparato lleva medio siglo volando bajo las condiciones más difíciles.

No se habían terminado de realizar las labores de rescate de las víctimas del avión colombiano, cuando dos nuevos desastres aéreos sacudieron al mundo, uno en Hong Kong y otro en Dallas, Estados Unidos. Cuando tocaba tierra en el aeropuerto internacional Kai Tai de Hong Kong, un jet Bac-Trident, de las líneas aéreas chinas, quedó sin control y fue a caer en las aguas del Océano Pacífico. La nave se partió en dos y su parte delantera quedó sumergida en el mar. Cinco de sus tripulantes quedaron atrapados en la cabina de mando y perecieron ahogados, lo mismo que uno de los pasajeros.
Ese mismo día, miércoles 31 de agosto, un Boeing-727 de la aerolínea Delta se estrelló al despegar del aeropuerto Forth Worth, cerca de Dallas.
Eran las 9 de la mañana, cuando el avión comenzó a correr por la pista del aeropuerto para iniciar un viaje que debía concluir en Salt Lake City, en el Estado de Utah. Cuando trataba de alcanzar la velocidad requerida para elevarse, la turbina izquierda del 727 comenzó a lanzar un humo negro que rápidamente se convirtió en llamas. Ante la imposibilidad de abortar la maniobra por haber alcanzado una alta velocidad, los tripulantes trataron de elevar el jet. Sus esfuerzos resultaron vanos y el aparato se estrelló a 300 metros de una de las autopistas que rodean el terminal. Casi inmediatamente, el Boeing explotó y las llamas se encargaron de cobrar la vida de la mayoría de las víctimas fatales, 15 en total, fuera de los 40 heridos. Hasta el momento, las autoridades norteamericanas no han dado a conocer ningún comunicado oficial sobre las causas del siniestro, pero desde ahora se está cuestionando nuevamente la calidad de las medidas diseñadas para proteger a los pasajeros en accidentes que pueden denominarse como de "baja intensidad".

También el miércoles, para cerrar la racha mortal, las autoridades mexicanas dieron por desaparecido un avión tipo Bandeirante--de fabricación brasilera--que cumplía la ruta entre Urapán y Lázaro Cárdenas, en el Estado de Michoacán. El accidente se produjo en el municipio de Artega y al cierre de esta edición no se conocía la suerte de sus 19 ocupantes, aunque lo más posible es que todos hayan muerto.

Los casos del avión de la Delta que se estrelló en Dallas y el de las aerolíneas chinas que cayó al mar en Hong Kong, revivieron los temores que, cada vez que hay un accidente aéreo, hablan sobre las medidas de seguridad. Aunque el número de muertos sumando los dos casos, apenas llega a 21, lo cierto es que los expertos en estos temas afirman que la cifra de víctimas fatales pudo reducirse significativamente. En el caso del avión chino, el número de muertos no fue mayor gracias a que, afortunadamente, la nave no se incendió. Pero en el de Boeing de Dallas, no queda duda de que el fuego causó la mayoría de las víctimas.

Aunque este tipo de accidentes son bastante extraños y el avión es el medio de transporte más seguro del mundo (los pasajeros que abordan un avión en Bogotá para ir a Nueva York tienen el 99.99995 por ciento de posibilidades de culminar la travesía a salvo), tanto las casas fabricantes como las aerolíneas se ahorran bastanté dinero en los materiales que utilizan en el interior de las aeronaves. Por ejemplo las sillas, hechas a base de espuma de uretano, arden con facilidad y expelen gases tóxicos--derivados del cianuro--que asfixian a los eventuales sobrevivientes y los hacen ser presas de las llamas. Esto a pesar de que existen en el mercado algunos tipos de espuma antiinflamante, que tiene como inconveniente basico su mayor peso, lo que le implica a las compañías un gasto extra de combustible. En ese mismo orden de ideas se encuentra el paulatino aumento del número de sillas, que impide el fácil acceso a las salidas de emergencia.
Todo esto sin contar los probados riesgos que rodean a los espectáculos aéreos. Por lo visto y a pesar de las abrumadoras estadísticas, volar sigue siendo una actividad riesgosa que pone en peligro la vida de pasajeros y de transeúntes. Además, todo parece indicar que falta mucho camino por andar antes de que se tenga un avión realmente seguro. --

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