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| 1/7/2017 12:00:00 AM

El GPS holandés para recuperar obras robadas por los nazis

Piezas de Goya, Van Gogh y Degas hacen parte de los grandes robos cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. Una iniciativa busca ayudar a rastrearlas.

La Segunda Guerra Mundial partió en dos la historia de la humanidad, pero no solo significó la pérdida de alrededor de 50 millones de vidas humanas. En medio de la inenarrable tragedia, muchos protagonistas militares, en especial las fuerzas alemanas, aprovecharon para apoderarse de joyas artísticas en manos del ‘enemigo’. Actualmente, miles y miles de estas obras continúan reportadas como robadas o desaparecidas y varios países tienen iniciativas para ubicar y restituir estos objetos a sus verdaderos dueños.

Una de ellas es Missing Works of Art, una propuesta del gobierno holandés que opera desde 2015 por medio de la página web www.herkomstgezocht.nl. Su meta es rastrear 15.000 pinturas, cerámicas y muebles, entre otros objetos de alto valor patrimonial, para ingresarlos en una base de datos de uso público. Busca que cualquier persona pueda reportar objetos robados a su familia durante la guerra o reclamar los ya ubicados. La mayoría de estas pertenencias desaparecieron durante el expolio nazi a los judíos europeos y hoy en día están en colecciones privadas o en museos alrededor del mundo.

Entre las obras sustraídas del territorio holandés y reportadas en la base de datos están Madre y sus hijos de Albert Neuhuys y Retrato de una señorita de Goya. En el resto de Europa obras tan importantes como El salón ámbar de Andreas Schlüter, Un ángel con Titus de Rembrandt van Rijn, El pintor en el camino de Tarascón de Vincent van Gogh y Cinco bailarinas de Edgar Degas –por poner tan solo algunos ejemplos– continúan desaparecidas.

Los esfuerzos por ubicar cada pieza son monumentales. Tanto los países, como las autoridades locales y organizaciones privadas dedicadas a esta labor –entre las que se destacan Claims Conference, el Congreso Judío Mundial y la Organización Sucesora de la Restitución Judía– ya han rastreado un número considerable. Sin embargo, aún quedan muchos esfuerzos y puertas por tocar, pues en algunos casos es más que complejo digitalizar y compilar la información para alimentar las bases de datos.

Hasta el momento no hay una cifra exacta de cuántas obras fueron robadas, y como dice Marcos Peckel, vocero de la comunidad judía en Colombia y conocedor del expolio nazi, “aunque algunos especialistas estiman cifras es imposible saber un dato exacto, pues hay casos en que todos los posibles denunciantes y parientes judíos murieron durante el Holocausto”.

Missing Works of Art, que pertenece a Origins Unknown Agency (Agencia de Orígenes Desconocidos), un grupo fundado en 1998 por el Ministerio de Educación holandés, resuelve este problema con formularios e imágenes en su página web para que cualquier persona, independientemente de que sea familiar o no, aporte información sobre cada obra de arte. Sin embargo, el verdadero problema está en que muchos de los propietarios actuales se resisten a entregar las obras. A veces alegan que las adquirieron de buena fe por altísimos precios, y que por eso es injusto que se las quiten. En otros casos dicen que ya han ejecutado restauraciones, e incluso argumentan que las piezas tienen mayor valor en una exhibición pública que en una privada.

SEMANA habló con el periodista puertorriqueño Héctor Feliciano, autor de El museo desaparecido –sobre el robo sistemático de obras de arte durante la Segunda Guerra Mundial–. Explica que en la actualidad hay alrededor de 60.000 obras de arte, entre pinturas, esculturas, grabados, dibujos, entre otros, cuyo paradero es desconocido. La mayoría de ellas tuvo como destino Europa, pero muchas también estuvieron en Estados Unidos.

“Después de la invasión nazi, Nueva York desplazó a París como la ciudad con más arte en todo el mundo”, dice Feliciano, y explica que esto fue el resultado del agitado movimiento de las colecciones entre países y la compra y venta de mercancía bajo cuerda. Algunos de los museos involucrados en estas controversias, antes y ahora, son el Museo de Arte Moderno de Nueva York, (MoMA), el Museo del Louvre en París y el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid.

Algunos de los parientes, no solo holandeses sino de todos los países, han adelantado pleitos legales contra esas y otras instituciones para recuperar el arte de sus familias. Por ejemplo, el heredero de Jacques Goudstikker, un marchand‘art holandés que murió después de huir de su país de origen, demandó al Museo Norton Simon de Pasadena en California por la posesión de Adán y Eva de Lucas Cranach, el Viejo. Sin embargo, el juez falló a favor del museo, pues determinó que Goudstikker perdió sus derechos pues no cumplió el plazo del gobierno holandés de 1951 para solicitar la devolución de arte. Esto permitió que la pintura se convirtiera en la propiedad legal de los Países Bajos, que lo vendió al museo de Norton Simon.

Pero así como algunos pleitos legales no llegan a feliz término, también en múltiples casos las familias se han reencontrado con sus posesiones, incluso una o dos generaciones después, gracias a bases de datos públicas. Los Bromberg, una pareja de judíos que huyó de Alemania en 1938, es uno de los ejemplos.

Ad portas de la invasión nazi, los Bromberg se desplazaron a Francia y un año después a Estados Unidos. En el proceso tuvieron que deshacerse de muchas de sus pertenencias y, entre ellas, de una obra del taller del alemán Joos van Cleve, titulada Retrato de un hombre. La pintura, que en 1945 apareció en el interior de las minas de Altausse en Austria y desde 1949 hasta 1959 estuvo en el depósito del Museo del Louvre, regresó el 28 de noviembre de 2016 a manos de los parientes de los dueños originales.

A la fecha, Missing Works of Art ya arroja los primeros resultados positivos. De las 15.000 obras de arte ya han aparecido 5.000 y se estima que en lo corrido de 2017 aumentará la cifra. Este esfuerzo no es aislado, pues Francia, Austria y Polonia –por haber sufrido una invasión severa– también tienen iniciativas propias para recuperar las piezas desaparecidas. Por lo pronto, la iniciativa holandesa estimula a las víctimas de la guerra para informar sobre las ‘joyas’ que les fueron arrebatadas, ayuda a que otras personas entreguen posibles datos sobre su ubicación y, sobre todo, permite a muchos cerrar un capítulo doloroso que aún los atormenta.

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