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| 10/15/2001 12:00:00 AM

Invitación al viaje

La obra ganadora del premio Rómulo Gallegos de novela.

Enrique Vila-Matas
El viaje vertical
Anagrama, 2001
242 páginas Federico Mayol es un hombre con atributos. Tiene 77 años, es un patriota catalán, un católico y un político respetado. Es el propietario de una boyante empresa, Seguros Mayol. Además, el día anterior cumplió sus bodas de oro matrimoniales. Pero el azar le tiene reservada una desagradable sorpresa a este “señor de Barcelona”: su esposa acaba de comunicarle que —sin apelación posible— debe desaparecer de su vida para siempre. “¿Cómo tengo que decírtelo? Ve pensando en dejarme en paz. Los pocos años de vida que me quedan quiero disfrutarlos en libertad”. Su esposa no quiere verlo más y, como si fuera poco, pronto va a descubrir que su hijo mayor —el preferido y el que lo ha sucedido en la dirección del negocio familiar— detesta profundamente ese trabajo; que su hija es una infeliz adúltera y que sólo siente odio hacia su tercer hijo, un pintor mediocre y pretencioso que le recrimina su falta de cultura. En un instante, el mundo en el que ha vivido sólidamente instalado, se ha derrumbado por completo. Su vida dedicada y esforzada no merece tener aquel pésimo final. ¿Pero qué hacer a los 77 años? ¿Acaso, partir de cero, comenzar, ya viejo, una vida nueva? Aunque le parezca ridículo es así, no tiene más opciones: o se muere lo más pronto posible o intenta vivir una vida que nunca ha llevado. “Desaparece del todo, viaja a un sitio exótico y misterioso”, le aconseja un amigo. “Mientras no visites ciudades que no conoces, te mantendrás con vida”, le advierte otro, más sabio. Federico Mayol va a emprender, entonces, un viaje de Barcelona a Oporto y desde allí bajará a Lisboa y, aun más, hasta Madeira. Será un viaje geográfica y espiritualmente descendente: un viaje vertical. Sin retorno porque no hay regreso a casa y porque en el camino dejará de ser él mismo. Al comienzo un viaje fantasmal y doloroso pero después un viaje pleno: “Qué magnífico resultaba sentirse hundido y ser viejo y tener capacidad para hundirse más todavía”. Caer y en el descenso encontrar que se abren parajes insospechados. En las novelas clásicas de iniciación siempre es un personaje joven el que realiza el aprendizaje y va al encuentro de una vida nueva. La extrañeza y la novedad de la propuesta de Vila-Matas es que su protagonista tiene una edad en la que generalmente ya nadie se forma. Y lo que aprende, su “iniciación” en la experiencia y en la cultura, está más cerca del despojamiento que de la adquisición. “Soy un experto en la sabiduría de la lejanía”, dirá al final Federico Mayol. No podemos desahuciar a nadie, nos recuerda esta novela. Mientras estemos vivos siempre tendremos la opción de cambiar de identidad e ir al encuentro de las múltiples posibilidades que acompañan a cualquier existencia, por miserable que sea. Siempre estarán ahí, reclamándonos, esas otras vidas vicarias, esas que languidecen y se extinguen por ser todo el tiempo lo que somos. Y nunca es tarde, así seamos septuagenarios. Es sólo la muerte la que puede detener ese juego de las posibilidades. Es sólo la muerte la que convierte nuestra vida en un destino. Si esta es la historia de un exilio sin retorno ¿quién puede contarlo? ¿Federico Mayol? Por supuesto que no. La novela parece contada en tercera pero no es como justamente desprecia Fernando Vallejo— “otra novela más en tercera persona”. Cuando menos lo esperamos aparecerá, magistral, una primera persona, el verdadero narrador que permanecía oculto y que va a surgir como una serpiente surge de su piel. Si viajamos solos, los extraños siempre vamos a ser nosotros. En cambio, si viajamos con alguien, la extrañeza estará en todo lo que nos rodea. Aunque se trate de un viaje solitario y es solitario nuestro viaje por la vida— el hecho de tener un testigo implicado que lo narre, le da otro sentido. Lo vuelve menos arduo y menos doloroso. Hace que no sea inútil.
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