Miércoles, 17 de septiembre de 2014

| 2012/12/27 00:00

Javier Castaño o el sello de la firmeza

por Víctor Diusabá Rojas, especial para Semana.com

Grata impresión dejó el diestro español. Dos toros de buena nota de Puerta de Hierro y cuatro que anduvieron en el extremo opuesto. Noche sin orejas en Cañaveralejo.

Y así, de a pocos, fue saliendo una faena en la que de los ayes se pasó a los olés, breves pero sentidos, de quienes entendieron, entendimos, que hubo más que un simple trámite, hubo una lidia que al final permitió esos muletazos lentos en los que brotaron rasgos de quien tiene con qué exigir un lugar en los puestos de arriba. Foto: Rodrigo Urrego

De todas las forma de trascender, Javier Castaño eligió una: la de la firmeza. Y de la mano de ella, marcó territorio para decirle a Cali estoy aquí, en esta Feria que despuntó entre las sombras y las luces del encierro de Puerta de Hierro (más las primeras que las segundas) que supo tocar alto en dos toros, pero desafinó en los demás. Esa fue, a grandes rasgos, la Navidad en Cañaveralejo, con poca gente, lástima, y también, menos mal, con poco aire que molestara.

De Castaño, vale decir muchas cosas, a partir de sus antecedentes y con base en la experiencia de su desembarco de este martes. La primera es que, por delante del hombre ‘tragatoro’ aquel que en octubre pasado, en la Feria de Otoño de Madrid, se impuso a la prueba de una dura tarde de Palha, hay un torero que descifra para, enseguida, cautivar.

Lo hizo en ese tercero de la noche que no valía mucho, porque su carácter errabundo impedía encontrar en dónde había una veta en él, si es que la había. Y si a eso se le sumaba la encrucijada que significaba en cada viaje, doble problema. Apareció entonces esa disposición para plantar las zapatillas y obligar, con el aguante que exigía la situación.

Y así, de a pocos, fue saliendo una faena en la que de los ayes se pasó a los olés, breves pero sentidos, de quienes entendieron, entendimos, que hubo más que un simple trámite, hubo una lidia que al final permitió esos muletazos lentos en los que brotaron rasgos de quien tiene con qué exigir un lugar en los puestos de arriba.

Quería la oreja, al menos, pero la espada tardó en hacer efecto y el ánimo se evaporó. Por eso la mueca de frustración y el saludo detrás de tablas al que debió renunciar cuando la gente le pidió que se dejara ver para darle las gracias.

En el sexto no tuvo cómo. El bonito toro del cierre (uno de los varios que gustaron por su presencia) naufragó en la falta de fuerza y con él, los sueños de Castaño de irse con más que las palmas que lo arroparon.

Y más aún, si por su cabeza pasaron después, en el hotel, el galope y las bondades (más allá de la expresión taurina) del cuarto y el quinto, que no le correspondieron. Fueron los toros que marcaron, a favor de Puerta de Hierro, esas diferencias que los hicieron dignos de reconocimientos en el arrastre.

El cuarto, colorado, rompió con la tendencia de irse a las tablas que malograron la calificación de sus hermanos que lo antecedieron. Peleó en los medios, siempre, desde que Antonio Ferrera lo saludó con un capote bajo de llamativos detalles. Luego, se arrancó de largo al caballo y puso al picador Luis Tamayo en trance de asomarse por la enfermería.

Y en la muleta, este ‘Islero’ (Dios, ¿quién bautizó los toros, hubo otro al que le pusieron ‘Avispado’; más allá del malfario no es bueno, señores, mentar la soga en casa del ahorcado), este ‘Islero’, decíamos, hizo lo mismo que dejó ver en las banderillas, mucha fijeza y ganas de no irse en blanco. Antonio lo comprendió en principio pero luego pareció no tener tan claras las nociones de tiempo y distancia. Y la esperanza de fue como el agua entre las manos. Saludo y palmas al toro.

Y el requemado quinto, serio, en realidad la edad y el trapío a los 476 kilos, dejó un olor a pólvora digno de otro tipo de batalla. Fue para enmarcar su pelea en la buena vara de Rafael Torres. Transmitió todo el tiempo y humilló sin que se lo pidieran. Toda esa huella de encaste no obtuvo la respuesta que merecía, o al menos faltó en Paco Perlaza ese hilo de continuidad, ese ritmo con el que los públicos entran en calor hasta pisar la efervescencia. Palmas en el adiós.

Y seguro, el mismo Castaño debió olvidar esos otros dos toros que no sirvieron, como los olvidamos todos. Aquel primero, huidizo y cobardón, al que Ferrera intentó ayudar en vano. Y el segundo, primero de Perlaza, se quedó de a pocos hasta desaparecer en el horizonte.

Igual, tampoco debió importarle mucho. Porque ahora su mirada debe estar en este mismo miércoles, en el festival o el 28. Ahí puede ser…


Ficha de la corrida

Segunda corrida de abono temporada 2012

Seis toros de Puerta de Hierro

Bien presentados en general, aunque desiguales. Notables cuarto y quinto, aplaudidos en el arrastre. Manso de libro el primero, y sin fondo segundo y tercero. Falto de fuerza el sexto.

534, 446, 472, 464, 476 y 464 kgrs

Antonio Ferrera

Salmón y oro

Saludo y silencio

Paco Perlaza

Malva y oro

Palmas y silencio

Javier Castaño

Rosa y oro

Ovación y silencio

Detalles:

Gran vara de Rafael Torres en el quinto. Y saludó Hernando Franco por pares en tercero y sexto.

Menos de media plaza. Tiempo fresco.                                      

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