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| 4/19/2016 11:50:00 AM

50 años sin la ‘voz de América’

Javier Solís ha sido de las grandes voces de América Latina, aunque esta leyenda vivió poco, tuvo tiempo para también ser carnicero, mecánico, cotero y actor.

Es inevitable. Las personas se mueren el día que les toca. Puede salir a la misma hora de siempre o antes o después, puede tomar el camino habitual o experimentar un recorrido distinto, nada importa. Si es su día, la muerte se vuelve un destino inaplazable.

El 19 de abril de 1966 Blanca Estela Sainz  llegó a la clínica desprevenida de la muerte. El día anterior, a eso de las siete de la noche, el médico le había dicho “Señora Sainz, Javier está mucho mejor. Le quitaremos la sonda y pronto estará en casa”.

Pero ese día, cuando Blanca cruzó las puertas del hospital, el doctor ya había firmado el deceso de Javier Solís. Lo único que le dijo fue “lo siento, pero con el corazón no contábamos”.

“Quisiera abrir lentamente mis venas,

mi sangre toda verterla a tus pies

Para poderte demostrar que más no puedo amar

Y entonces morir después” (Fragmento de la canción Sombras)

Javier era una estrella. Incluso cuando se hizo pública su hospitalización -por unos cálculos en la vesícula mal cuidados- los periodistas, cantantes y actores hacían filas para entrar a su habitación.

Y como a todos los galanes, la fama siempre les tiene guardada un as bajo la manga. Apenas los periódicos titularon con su muerte, los rumores comenzaron a expandirse como huracanes. “Murió al tomar un vaso de agua, aún cuando el médico se lo había prohibido”, “murió por culpa de Julito Reyes (de Los Panchos) que lo puso a cantar una canción que fue presagio de su fallecimiento”, “murió por hacer el amor en un estado crítico de salud”.

La verdad fue que murió de un infarto. A los 34 años. Luego de una corta, pero inmortal, carrera artística que lo consagró como El Rey del bolero-ranchero, la leyenda mexicana.

“Si tu mueres primero, yo te prometo,

escribiré la historia de nuestro amor,

con toda el alma llena de sentimiento,

la escribiré con sangre,

con tinta sangre del corazón” (Nuestro juramento)

Javier no era un niño común. Su nombre de nacimiento fue Gabriel Siria Levario. Las dificultades económicas de sus padres los hicieron dejar a Gabriel donde sus tíos Valentín Levario Plata y Ángela López Martínez, cuando él aún era muy pequeño. Javier siempre considero a sus tíos como sus padres.

Creció en Tacubaya, un pueblo que de a poco se lo fue tragando el crecimiento acelerado de Ciudad de México. Fue a la escuela como todos los niños de su edad, pero al llegar a quinto de primaria abandonó la escuela para hacerse cargo de algunos de los gastos de su hogar, a la par que siguió jugando y creciendo en las calles destapadas de su pueblo.

Tardaría muchos años en volverse cantante. Primero fue aprendiz de mecánico, luego cocinero, pastelero, cargador de canastas en el mercado, cotero y, finalmente, encontró estabilidad en el oficio de carnicero.

“Aunque la virgen sea blanca, píntame angelitos negros. Que también se van al cielo todos los negritos buenos…Pintor de santos de alcoba, si tienes alma en tu cuerpo, ¿Por qué al pintar tus cuadros te olvidaste de los negros?” (Angelitos negros)

"Mi ilusión más grande era ser boxeador profesional –contaba Javier en una entrevista realizada cerca a 1960-. Alternaba el boxeo con la carnicería. Pero una vez me abrieron una ceja y una oreja y no quedé con ganas de volver a pelear. Luego volví a practicar, pero ya sin ganas de ser un profesional del ring…”

 “Cuando me tocó la suerte me volví cancionero”. A Javier, la suerte se le apareció seguida, con una oportunidad que llevó a otra y a otra. El que le abrió las puertas fue David Lara, el dueño de la carnicería donde trabajaba Javier. Lara era un jefe atípico, casi todo el tiempo estaba jubiloso y alegre. Él sabía los sueños de sus empleados, casi más que sus propias esposas. Una vez descubrió a Javier cantando mientras tajaba la carne. Lo observó con detenimiento algún tiempo, para creer el prodigio de voz que oía y, convencido de su talento, le pagó un curso de vocalización con el maestro Noé Quintero, quien había sido instructor de Pedro Infante. 

“Mi vocación artística se inició por hambre –contaba Javier en la entrevista mencionada-, en la carnicería solo ganaba 17 pesos y eso no me alcanzaba para nada”. Comenzó a ir a la Plaza Garibaldi, sus amigos mariachis lo invitaban a cantar con ellos y Javier comenzó a imitar a los grandes de la época: Pedro Infante y Jorge Negrete. Su suerte estaba adportas de dar un brinco.

Su amigo Manuel Garay, un payaso de profesión que administraba el Teatro Salón Obrero, lo invitó a cantar en el Teatro. Allí comenzó a conseguir audiencias que lo seguían a donde fuera a cantar. De allí pasó al Cabaret El Otro Mundo, donde además de cancionero se desempeñaba como limpiador, mesero y hasta pacifista de las riñas entre borrachos.

“Payaso, soy un triste payaso

que en medio de la noche

me pierdo en la penumbra

con mi risa y mi llanto” (Payaso)

Su voz comenzó a ser elogiada en la Plaza Garibaldi, pues decían que tenía el tono medio entre el agudo de Pedro Infante y los altos de Negrete. Su voz, melódica y romántica, crecía en reconocimientos. Pronto pasó al Bar Azteca, un sitio de público más refinado. Para entonces, ya se había puesto como nombre artístico Javier Luquín.

Una noche se fueron de fiesta al Azteca los integrantes de Los Panchos. Estando en pleno jolgorio Javier comenzó a cantar, el trío se quedó atónito y lo invitó a cantar en exclusiva para ellos. El más sorprendido por la calidad de su voz fue Julito Reyes, quien lo llevó a las puertas de las disqueras. En 1956 Javier grabó su primer disco con Sony.

“De noche cuando me acuesto a Dios le pido olvidarte

y al amanecer despierto tan solo para adorarte…

Que influencia tienen tus labios, que cuando me besan tiemblo y hacen que me sienta esclavo y amo del universo”(Esclavo y amo)

Su carrera iba en ascenso, era aclamado incluso en los bares de Estados Unidos. Pedro Infante le había dicho a don Noé que ese jovencito que lo imitaba tenía mucho talento.

Por esa época Manuel Garay le había recomendado que se cambiara el Luquín por Solís, pues en los círculos de mariachis lo bromeaban diciéndole El solista, ya que prefería cantar solo que acompañado. Su productor estuvo de acuerdo y Javier comenzó a firmar como Javier Solís.

“En tu boca hay un panal de mieles

y en tu aliento escucho ya tu voz

por tus ojos y tu boca

por tus brazos y tu pelo

por tus lágrimas y voz me muero” (En tu pelo)

La fama por la música no le llegó sola. Pronto empezó a firmar contratos con productoras de cine y se volvió un galán de pantalla. Su bigote en forma de triángulo, sus labios pronunciados y su cabello igual de negro a sus ojos le dieron la fama de rompe corazones.

En la vida de Javier hubo dos mujeres oficiales: Socorro Gonzales y Blanca Estela Sainz, con cada uno tuvo dos hijos. En los días más graves de su enfermedad ambas mujeres parecían junto a él, posando como la esposa oficial. Pero quien tenía el título por entonces fue Estela, con quien vivía Javier, y quien lo acompaño hasta su último momento.

“Bésame, bésame mucho,

como si fuera esta noche la última vez.

Bésame, bésame mucho,

que tengo miedo a tenerte

y perderte después” (Bésame mucho)

Su popularidad iba en ascenso cuando su médico le descubrió unos cálculos en la vesícula, pero Javier se opuso a la operación. Acudió a donde un médico poblano que le recetó un medicamento preparado por él. Javier se mejoró pronto y todo volvió a la normalidad. Sin embargo, por esos días había firmado un contrato para grabar la que fue su última película: Juan Pistolas, y en la que su personaje debía cabalgar todo el tiempo. En una de las escenas Javier alzó una pesada caja y sintió que algo se desprendía dentro de él.

El martes 12 de abril de 1966 una ecografía mostro que los cálculos se habían salido de la vesícula, ese mismo día  fue hospitalizado. Ya no importaba la cura, pese a los buenos pronósticos de los médicos para sanar los cálculos, un infarto llegaría por sorpresa el 19 de abril en la mañana. Ese día, Estela recibió las temidas palabras: “lo siento, con el corazón no contábamos”.

“Cuando la tarde languidece renacen las sobras.

Y en la quietud los cafetales vuelven a sentir” (Moliendo café)

Hoy, 50 años después de su muerte, Javier Solis sigue siendo El Rey del bolero-ranchero. Aún, sus fans de pasadas y contemporáneas generaciones se reúnen a recordarlo y la Plaza Garibaldi estalla con sus melodías.

Su voz continua sonando en los bares latinoamericanos, bajo la luz tenue de la media noche, cuando los tragos llevan  a recordar viejas historias de amor.

“En el otoño, cuando las hojas caigan

tendrá tu vida una nueva ilusión.

En el invierno tendrá el fuego de mi corazón”

(Te amaré toda la vida)

Esta tristeza mía

Sombras

Bésame mucho

Se te olvida (la mentira)

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