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| 9/20/2008 12:00:00 AM

Jay Parini

Una obra de ficción que sin embargo reconstruye con gran rigor histórico el último año de la vida del gran escritor ruso.

La última estación

RBA, 2008

318 páginas

La novela de Tolstoi

SofÍa Andreyevna, la esposa de León Tolstoi, mira a su esposo dormir profundamente. Es la primera década del nuevo siglo: 1910. Él es un hombre viejo y ella es una mujer mayor. Se casaron hace casi 50 años y engendraron 13 hijos. Deberían gozar tranquilos sus últimos días en la hermosa y vasta hacienda de Yasnania Poliana y esperar la muerte en paz. León Tolstoi es el escritor vivo más importante de Rusia; su fama trasciende las fronteras. Periodistas de Francia, de Alemania, merodean por ahí a la espera de cualquier noticia sobre el conde. Pero la vida apacible y tranquila será algo imposible para ellos. Y, aunque no lo sepan, aún faltan las escenas más patéticas y desgarradas de ese legendario matrimonio.

Sofía Andreyevna sabe que los días de gloria quedaron atrás. Cuando su amado 'Lyovochka' le entregaba los borradores de Guerra y Paz para que los pasara a limpio y pudiera opinar que "Natasha nunca le diría eso al príncipe Andrey" o que "Pierre es demasiado simplón aquí". Eso era antes. Ahora ella ya no importa. "No es como en aquellos primeros años, como el día de mi santo, el 17 de septiembre, cuando tenía 22 años y era bella y esbelta como un narciso".

Sin embargo, el problema aquí no es exactamente el ocaso de la belleza, historia demasiado corriente y predecible de los matrimonios. De alguna manera, Sofía ha ganado esa batalla de las tentaciones y sabe que Marya Ivanova y otras perturbadoras muchachas han quedado en el camino: "De todas las mujeres de su vida sólo he durado yo. No pudieron vencerme, y no me vencerán".

La pelea es otra y es una pelea a muerte. El conde Tolstoi, el lujurioso hombre con un respetable pasado sexual, el que desesperado metía sus grandes manos rojas debajo de su falda y le presionaba con fuerza los pezones, se ha convertido en un hombre arrepentido que pregona la castidad absoluta. Ha sufrido una transformación espiritual. La búsqueda de Dios es el centro de su vida. No la familia. Ni la vida mundana y las propiedades, que tanto le gustan a Sofía Andreyevna. Por eso, los campesinos pobres, los anarquistas, los fanáticos, acuden a Yasnaia Poliana. Son los partidarios de la nueva religión, el 'tolstoianismo'. Y, desde luego, él es su profeta. El nuevo Tolstoi se opone a la desigualdad, al Zar, a la violencia. La religión se ha expandido por otros lugares de Rusia y cuenta con discípulos amados. Chertkov es uno de ellos. Desterrado de Yasnaia Poliana por Sofía y de la cercana población de Tula por las autoridades que lo acusan de subversivo.

"Creen que es Cristo. Lyovochka se cree que es Cristo", dice burlonamente Sofía. Para ella, todos los seguidores del tolstoianismo son una manada de vividores que se quieren aprovechar de la ingenuidad de su marido. Para ellos -incluida Sasha, una de las hijas de Tolstoi-, Sofía es una mujer egoísta y vanidosa, incapaz de comprender la vida espiritual. El gran hombre, desgarrado, vacila en el medio. Está de acuerdo con sus seguidores y ama -o cree amar- a Sofía. Se siente un farsante que predica una vida austera y practica otra de lujo y comodidades. Quisiera huir de ese tinglado, y estar solo para pensar y escribir. Porque la guerra es sucia: Chertkov conspira -tiene sus espías estratégicamente ubicados- para cambiar el testamento y legarle "al pueblo" los derechos de las obras del maestro. Sofía contraataca: quiere probar que entre él y su marido no hay más que una hipócrita pasión homosexual.

Alguna vez leí un libro que se llama La fuga de Tolstoi, de Alberto Cavallari. Trata sobre los últimos días de Tolstoi y recuerdo que me encantó. Pero allí, Sofía era una bruja y Tolstoi un héroe. Esta espléndida novela de Jay Parini -novela de ficción acerca de hechos reales- me ha cambiado la perspectiva. Porque no sólo le ha dado la voz a Sofía sino a todos los personajes de este drama: ha escuchado sus puntos de vista consignados en sus diarios. Creo que ese es su valor: la verdad siempre relativa de la novela. Y la imagen, ya no de un héroe sino de un hombre contradictorio para quien el amor es lo que importa de la vida.
 
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