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| 5/10/2008 12:00:00 AM

Jazz con guacharaca

Ricardo Gallo, pianista colombiano radicado en Nueva York, presenta una interesante visión musical: un disco que sugiere un encuentro entre Chick Corea y Alejo Durán.

Através de algunos corresponsales nos habíamos enterado de la existencia de un movimiento, fuerte y bien establecido, de músicos colombianos radicados en Nueva York. Se reúnen semanalmente en toques informales en Queens y organizan un festival anual por todo lo alto en Manhattan. La cofradía ha permitido que "los músicos puedan encontrarse en un 'jam session', tomarse una cerveza juntos, prestarse plata", como escribió en la revista Arcadia el periodista Lorenzo Morales. Pero, además de la hermandad en el exilio, lo ventajoso es el flujo de ideas que resulta en discos cada vez mejores.

El más reciente de esos documentos es Urdimbres y marañas, del pianista de origen bogotano Ricardo Gallo. La base de su música parece en principio más cercana al jazz tradicional, con el clásico formato de piano, bajo y batería. Pero Gallo le ha agregado un cuarto elemento, original y omnipresente: un percusionista que toca toda clase de instrumentos que remiten a la colombianidad. Así es como estas composiciones se ven sazonadas con tambor alegre, platillos de chirimía, caja vallenata y, al tope, la popular guacharaca.

De modo que éste se convierte, para la historia nacional, en el primer disco de jazz con guacharaca y ahí podría terminar su aporte. Pero el experimento tiene motivos más profundos que el simple exotismo. En entrevista telefónica desde Nueva York, Ricardo Gallo comentó: "Todo en el disco toma ideas del folclor colombiano, no simplemente una melodía o un ritmo. Cuando uno decide agregar un instrumento distinto, como la guacharaca, está expandiendo la sonoridad para hacer alusión a una música que uno ama".

Gallo vive en Estados Unidos desde hace cuatro años y medio, y tal vez esa presencia de elementos colombianos tenga que ver con la nostalgia de la tierra, de un país entendido más allá de las regiones. En Urdimbres y marañas hay imitación de coros que recuerdan el bunde del Pacífico, sutiles influencias del paseo vallenato y una cuota del interior con la inclusión de un pasillo. "El folclor es la raíz de lo que hago y de lo que quiero seguir explorando. Me emociona porque expresa algo que mi gente ha transmitido por generaciones; me trae una sensación de comunidad. Pero también a veces siento lástima desde la distancia. Cuando escucho que en el Cauca están sucediendo esos ataques, por ejemplo, pienso en la música que se puede estar perdiendo".

Entre tanto, en Nueva York el público amante del jazz ha recibido con mucho interés esos nuevos sonidos. No solamente las composiciones de Gallo, que sugieren un encuentro ficticio entre Chick Corea y Alejo Durán, sino las de toda una comunidad de músicos colombianos que rehuyen la catalogación fácil. "Artistas como la cantante Lucía Pulido; como Pablo Mayor, que es más rumbero, o como yo, le hemos llegado al público de Nueva York porque sonamos latinos pero diferentes al estereotipo afrocubano".

Cuando apareció la anterior producción de Ricardo Gallo, Los cerros testigos, la revista neoyorquina All About Jazz publicó una reseña muy elogiosa. El año 2006 estaba a la mitad -era junio apenas- y sin embargo lo calificaban como "desde ya, uno de los mejores discos del año". A riesgo de parecer copistas de una bonita frase, digamos que con este nuevo álbum tenemos un pálpito igual o más grande: hay tantas buenas ideas, tanto amor hacia una esencia y tanta originalidad a la hora de plasmarla que, si el año se acabara hoy, éste sería el disco de jazz del año.
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