Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/09/05 00:00

Jazz en todos los rincones

Septiembre no tiene días festivos pero en cambio ofrece una larga fiesta con jazz para todos los gustos. Hay festivales en Bogotá, Medellín, Manizales y Barranquilla.

Pacho Dávila está emocionado. El saxofonista, que acaba de sacar su álbum Canto mestizo, es la cuota colombiana en el Festival Internacional de Jazz que arranca esta semana en el Teatro Libre de Bogotá. Eso significa que los oídos de los amantes de este género estarán atentos a su propuesta dentro de un marco que incluye también artistas de Estados Unidos, Suiza, España y, como plato fuerte, el magnífico Egberto Gismonti, de Brasil.

Significa también que se codeará con todas esas figuras, que tendrá la oportunidad de intercambiar ideas musicales y, ¿por qué no?, de tocar con alguno de ellos. Cuando piensa en eso se le nota el nerviosismo. "Gismonti es un maestro. ¿Qué le voy a decir a ese señor? Es como ver un extraterrestre". Pero luego reflexiona sobre las ventajas que tiene estar en su posición y decide, con la misma energía con que toca el saxo: "Voy a llevarle mi disco".

Escenas así son las que desconocen los espectadores de los festivales de jazz. Detrás de bambalinas, durante los ensayos o en los hoteles, los músicos de diversas nacionalidades se encuentran e intercambian sus discos (que son el equivalente a la tarjeta de presentación en tantas otras profesiones). Luego los escucharán y con seguridad tomarán prestada alguna idea de aquí y allá. Así es como este lenguaje musical se mantiene vivo.

Ya se ha vuelto costumbre que, durante el mes de septiembre, varias ciudades de Colombia se conviertan en sede para festivales internacionales de jazz. El mes que no tiene días festivos se transforma de repente en una larga fiesta musical para todos los gustos. Este año, por ejemplo, un escenario de Medellín brindará la oportunidad de escuchar jazz sinfónico, en tanto que Barranquilla presentará al grupo afrocubano Los Papines y Bogotá se verá seducida por las atmósferas amazónicas de Egberto Gismonti. Los estilos son muchos, cada artista es un universo.

Cabe preguntarse entonces si, dentro de este panorama, se puede hablar de un 'jazz colombiano'. Pacho Dávila sale en defensa de la idea: "Yo he escuchado jazz hecho en Argentina, Cuba, Brasil, y puedo decir que aquí en Colombia ya existe un sonido propio. No estoy hablando del folclor de gaita y tambora, sino de un aire de ciudad".

Dos hechos contundentes respaldan su postura. El festival de Manizales tendrá como representación nacional a La Mojarra Eléctrica, que si bien para muchos es una banda de currulao moderno, no puede negar cercanías con el latin jazz en sus momentos de improvisación. Por su parte, el Encuentro de Jazz Eafit de Medellín organizó un concurso de nuevos grupos colombianos con el fin de medir la situación del jazz nacional. Los dos grupos ganadores demostraron ser estudiosos del folclor pero expresándose con ese"aire de ciudad" del que habla Dávila. Se llaman Capicúa y Asdrúbal, y serán sin duda la gran sorpresa para los melómanos cuando aparezcan en concierto en el Parque de los Pies Descalzos el próximo sábado.

Un arte camaleónico

Uno de los sucesos musicales más llamativos en esta temporada será la presentación de un concierto de jazz sinfónico. A la manera de la célebre Rhapsody in Blue de Gershwin o de los conciertos de Schulhoff, la Universidad Eafit quiso contribuir al panorama comisionando una obra en la que se mezclaran el lenguaje del jazz con la instrumentación de la música clásica. El resultado, que se escuchará en Medellín este miércoles, es una suite con temas de Antonio Arnedo vertidos al lenguaje sinfónico por el compositor argentino Fernando Tarrés.

El experimento implicará también un cambio de roles, ya que los músicos sinfónicos deberán entrar en una dinámica más espontánea. "Seremos un quinteto de jazz y una orquesta sinfónica, explica Tarrés. Pero no es como en la música clásica, en donde todos se subordinan al director. Más bien aquí el director será un sexto integrante y la orquesta, un sexto instrumento".

Se trata apenas de una de las incontables mutaciones que puede tener el jazz. Los oyentes desprevenidos deberán escoger muy bien los conciertos ya que es imposible comparar, por ejemplo, el jazz estilo Nueva Orleans que hace Nicholas Payton con la locura andaluza que traerá el grupo Radio Tarifa. O la agreste fiesta de tambores de los Papines con el más sofisticado latin jazz de Ronnie Cuber.

El jazz es eso: incontables estilos, permanentes cambios. Desde hace pocos meses circula en Colombia la Historia del jazz de Ted Gioia, uno de los libros más completos que existen sobre este género. A la hora de intentar una definición, Gioia escribe estas líneas memorables: "El jazz puede ser alabado como el sonido de la sorpresa. Es un arte camaleónico que nos hace disfrutar por la facilidad con que cambia de colores y la rapidez de sus movimientos. Junto con el cine, ha sido la forma de arte más vibrante de la era moderna".

Trazar, esta semana, un mapa de Colombia es trazar un mapa del jazz, de sus mutaciones y de sus diferentes rostros. Si alguien tuviera el don de la ubicuidad y pudiera asistir a todos los conciertos en Bogotá, Medellín, Manizales y Barranquilla, la experiencia produciría un cuadro casi completo de esta música. O al menos de su presente.

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