Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/03/13 00:00

Jinete de ballenas

Ojalá esta fábula ejemplar cargada de imágenes sugerentes encuentre el público sensible que merece. ***

Una niña maorí llamada Pai trata de que su abuelo, el cacique de la comunidad, la tome tan en serio como toma a los hombres. Detrás del mito que narra la película se encuentra la relación entre un hombre de otros tiempos y una nieta que sabe que puede servirle a su tribu.

Título original: Whale Rider.
Año de producción: 2003.
Directora: Niki Caro.
Actores: Keisha Castle-Hughes, Rawiri Paratene, Vicky Haughton, Cliff Curtis, Grant Roa.

La gente se asusta cuando lee de qué se trata la emocionante Jinete de ballenas. Les propone a sus amigos que más bien vayan a ver esa comedia en donde Will Smith le enseña a un gordito simpático el arte de seducir a las supermodelos. Veamos por qué. Hagamos un resumen de la narración para entender qué está pasando: en una villa perdida en la costa oriental de Nueva Zelanda, en estos años que no entienden del todo los mundos tribales, una niña valiente llamada Pai rompe las tradiciones patriarcales de la comunidad maorí a la que pertenece cuando le pregunta a su abuelo Koro, el cacique, si es cierto que ella, una mujer de 11 años atrapada en un pequeño reino reservado a los hombres, es la verdadera heredera del semidiós que fundó el lugar en donde viven: las ballenas, que hace mil años trajeron en sus lomos a Paikea, el primero de todos los seres, conocen de memoria la respuesta.

Queda comprobado. La sinopsis de la película parece invitar a ver la aventura más aburridora del mundo. Y no, no lo es. Todo aquel que la va a ver, de hecho, sale de la sala de cine agradecido. La verdad es que los prejuicios suelen arruinarnos la posibilidad de conocer historias estupendas. Y que esta, a pesar de sus eventuales bajonazos de ritmo, es una fábula ejemplar bien filmada que nos recuerda nuestras luchas diarias al tiempo que nos trae noticias de vidas lejanas. Parte de una novela de Witi Ihimaera publicada en 1987. No pierde el sentido del humor ni el contacto con la realidad en medio de la solemnidad que suele acompañar los mitos. Consigue que la debutante Keisha Castle Hughes, una australiana de 13 años, se convierta en la heroína entrañable que le señala a todo un pueblo el camino de su supervivencia (por su intuitiva interpretación fue nominada al Oscar el año pasado).

No es este el primer largometraje que revisa el duro enfrentamiento de los maoríes con los tiempos que corren. Antes de ser transformado en otro profesional de Hollywood, el cineasta neocelandés Lee Tamahori relató, en una dolorosa producción de 1994 titulada Fuimos guerreros, el drama de una familia maorí que trata de escapar a las golpizas de un padre alcoholizado. Tal vez con aquella obra en mente, la directora de Jinete de ballenas, Niki Caro, ha tomado la decisión de no limitarse a registrar por segunda vez cómo se desvanecen día por día esas costumbres: en cambio le da la oportunidad a un diálogo entre tres generaciones que hacen lo que pueden para seguir siendo miembros de la población en la que nacieron. El resultado es una parábola que nos recuerda, entre otros valores, el respeto que le debemos a la naturaleza.

No hay que temerle, no. Verla es toda una experiencia. No nos será fácil convencer a nuestros amigos de que lo hagan. Pero si lo hacen, si finalmente la ven, nos darán las gracias por no haberles permitido que se la perdieran

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