Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2002/04/29 00:00

John Q.

Un hombre está dispuesto a todo para que su hijo reciba un trasplante de corazón. **

John Q.

Director: Nick Cassavetes
Protagonistas: Denzel Washington, Robert Duvall, James Woods, Anne Heche, Ray Liotta

No es una historia de la vida real: ese es el problema. Porque cuando se sabe eso, que nunca existió un honrado trabajador llamado John Quincy Archibald, que jamás hizo todo lo que hizo y que sólo trató de pagarle un trasplante de corazón a su pequeño hijo en un guión escrito en Hollywood, se descubre, casi de inmediato, que todas las escenas de John Q. son manipuladoras y artificiosas y que están diseñadas para complacernos a todos, porque ¿quién no está del lado de un padre que sería capaz de regalarle su propia vida a su niño?, ¿quién no odia un poco a esas clínicas que convierten sus salas de urgencias en bancos insensibles y no reciben a un hombre a punto de morirse porque no creen que pueda pagarles sus honorarios exorbitantes?

Sí, estar del lado de John Q. es muy fácil. Todos lo entendemos, lo acompañamos en su pena y le rogamos al cielo que su hijo algún día se mejore. Estamos de acuerdo con el rencor que siente hacia el despreciable sistema hospitalario, pero no por eso aplaudimos la película: porque sí, John es bueno y débil y por eso se encuentra en el borde de la quiebra, y sí, su esposa lo quiere a pesar de que se da cuenta de que vive paralizado por los hechos, y claro, su niño no puede morir así, condenado por no poder pagar una operación que muy pocos en la tierra podrían pagar, pero ¿es necesario que la tragedia se desborde y roce lo ridículo?, ¿no se resuelve la historia, según el mismo protagonista, gracias a un forzadísimo “acto de Dios”?, ¿hace falta que la jefe del hospital sea tan desalmada y que el jefe de policía sólo se preocupe por su imagen?

Que John Q. nos emocione, nos lleve al borde de la silla y nos haga asentirle a la pantalla durante toda la proyección, no comprueba el talento de Nick Cassavetes, el realizador, sino que nos recuerda lo dispuestos que estamos a sentir compasión, lo mucho que nos duele la desgracia de un niño, cualquier niño, y lo maltratados que nos sentimos por esos profesionales de la salud que se van quedando sin nervios con el paso de los años y los cheques. Por otro lado, ¿qué habría pasado si Robert Duvall y James Woods no se hubieran inventado sus propios papeles?, ¿no es cierto que descubriríamos que el detective Frank Grimes y el doctor Raymond Turner sólo son caricaturas?

Denzel Washington vuelve al tipo de personajes que se sabe a la perfección: el de un hombre decente que se enfrenta a un sistema que ha echado a la basura los más altos valores de Estados Unidos y descubre, en el proceso, que su talón de Aquiles es aquella bondad ilimitada. Es un alivio verlo así, como siempre, sin collares ni aretes ni gorros de lana. Si se tratara de un personaje real, si John Q. hubiera sido un ángel digno de las primeras planas, sería una buena actuación. Pero no, nada de esto ocurrió, esto es chantaje: hay que recordarlo mientras se sale del teatro.

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