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| 2/5/2011 12:00:00 AM

Joyas de anticuario

Con una sola composición propia en su nuevo disco, Eric Clapton ha preferido explorar los clásicos del blues y el jazz. El resultado es relajado y honesto.

Al final de cada concierto de su gira de verano de 2001, cuando ya había tocado toda su retahíla de éxitos, Eric Clapton volvía a salir al escenario, esta vez solo con una guitarra acústica. Era el momento del bis, que la mayoría de los artistas utiliza para regalar una interpretación esmerada de una pieza notable, no necesariamente muy famosa y sí muy personal. Entonces, para sorpresa de muchos, Clapton cantaba Over the Rainbow, la balada dulzona de la película El mago de Oz.

Algunos dicen que fue la primera muestra de que Clapton se estaba ablandando. En realidad no: carga su gusto por las baladas desde los años setenta, cuando compuso para su esposa Wonderful Tonight. Más bien, en la mirada a un repertorio anterior a su nacimiento, Clapton está reconociendo las raíces de eso que ha sabido hacer tan bien: contar historias, casi siempre con fondo triste, acompañadas de una guitarra que gime.

Y así fue armando, imagina uno, ese repertorio de favoritas del pasado que ahora sale a relucir en su nuevo álbum. Son como joyas de anticuario: canciones hondas, bien construidas, de figuras que nunca fueron demasiado populares. ¿Alguien recuerda a Lane Hardin, a Melvin Jackson? Tal vez este disco sirva incluso de trampolín a redescubrimientos póstumos, de esos que tanto le gustan a la industria musical.

El disco se llama Clapton, o sea que lo bautizó con su apellido. Si creemos en la metáfora de los discos como hijos, entonces este es más hijo que los otros. La decisión corresponde a una costumbre en el rock clásico, que recuerda trabajos como Cocker, de Joe Cocker, o Stills, de Stephen Stills: el apellido queda como sello de honestidad. Son tal vez las grabaciones que más se parecen al retrato.

Y el retrato de Clapton, en ese sentido, es el de un hombre que mira al pasado. No digamos que desprecia su propio tiempo, porque hablamos de un artista que ayudó a la evolución de la guitarra y que inventó algunas de las frases rítmicas más memorables del rock (nunca cansa volver a oír la entrada de Sunshine of your Love, por ejemplo). Pero también es cierto que desde los 20 años era un clasicista, como le dijo al cineasta Mike Figgis: “De adolescente estaba convencido de tener una misión. Me sentía el elegido, el embajador del blues”.

“¿Así de apasionado?”, pregunta Figgis. “Así de arrogante”, responde Clapton.
A juzgar por el espacio que le deja a su guitarra en este nuevo disco, tal arrogancia se ha desvanecido para dar paso, simplemente, a una voluntad de pasarla bien con la música. Ahora los solos de guitarra se ajustan a la descripción del periodista David Fricke: “Brotes telegráficos”. En cambio, Clapton ha preferido cantar rodeado de estupendos instrumentistas. Es muy grato estar escuchando How Deep is the Ocean y encontrarse con un solo de trompeta de Wynton Marsalis. Por no hablar de la presencia de Allen Toussaint, acaso el último de los grandes pianistas de Nueva Orleans.

Al igual que en aquellos conciertos de 2001, el disco se cierra con un tema que es viejo y conocido y que nadie imaginaba en su voz. Autumn Leaves ha sido abordada por una lista notable de artistas, desde Edith Piaf hasta Miles Davis. La versión de Clapton no es solo decorosa, sino que está llamada desde ya a formar parte de la antología: tantos años de estudiar la belleza de lo triste, la música de la desolación, tenían que llevarlo, naturalmente, a esta obrita maestra.

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