Jueves, 19 de enero de 2017

| 2000/12/25 00:00

Juego de imposturas

Una historia sobre el intercambio de identidades en medio de las guerras mundiales.

Juego de imposturas

Ignacio Padilla
Amphitrion
Espasa, 2000
219 paginas
$29.000




Durante la Primera Guerra Mundial, a bordo de un tren, Viktor Kretzmar, quien va a incorporarse a un cuerpo de guardagujas en la región de Salzburgo, gana una partida de ajedrez a Tadeus Dreyer, soldado del imperio austrohúngaro. Ambos, como consecuencia de la partida, intercambian sus identidades: Viktor se convierte en Tadeus y marchará al frente, mientras el nuevo Viktor inicia su vida como guardagujas ferroviario.

Viktor (Tadeus), se sentirá fracasado en su destino mediocre de guardagujas que apostó y perdió en una partida de ajedrez. Tadeus (Viktor) se salvará de una muerte casi segura y llegará a convertirse en héroe de guerra y oficial nazi. Años después, el falso Viktor intentará asesinar al falso Tadeus y terminará en la cárcel. Su hijo Franz conocerá la verdad sobre la identidad de su padre y se propondrá vengarlo.

Le quedará bastante difícil: Tadeus Dreyer en realidad no es él sino el judío Jacobo Efrussi, la persona que había iniciado aquel juego interminable de imposturas como una manera de escapar al peso abrumador de su raza y a una época de guerra en la que era indiferente poseer una identidad precisa. Aquí nadie es quien dice ser. Eichmann, el general encargado del exterminio judío, capturado en 1960 en Buenos Aires y ejecutado en Tel Aviv, es otra persona, un inocente: ni siquiera es posible hablar de justicia.

Se trata de una larga cadena de imposturas que nos mantendrá en vilo hasta el final del libro. La identidad es para Ignacio Padilla el gran problema del siglo XX —empezó a germinar en la Europa de la Primera Guerra Mundial— y quizás un tema recurrente de la humanidad: no por azar antes de la suya hay al menos 28 obras llamadas Amphitryon. Plauto, Molière y Hugo Von Kleist, son algunos de sus distinguidos autores. “Inútil decir que, poco antes de llamar a Cossini, me había tomado el tiempo de investigar quién era el tal Amphitryon, y estaba preparado para explicarle con lujo de detalles la historia de aquel pobre guerrero suplantado en el lecho conyugal ni más ni menos que por Zeus”.

Mi nombre es legión porque somos muchos, dirá Jacobo Efrussi al igual que el endemoniado de Jerasá frente a Jesús. Una visión bíblica que comparte Padilla: el mal se encuentra en la disolución y en la pluralidad. El bien es la unidad, la idea del nombre único de Dios. El mal es la fragmentación y la pluralidad. Por eso sus personajes tienen muchos nombres y la novela es un desfile permanente de imposturas. Pero la vida es también un desfile de imposturas, de sombras sin nombre buscando siempre algo. Los crímenes, la guerra, son esa angustia de no poder asir una identidad.

El ajedrez es la manera en que se lleva a cabo el cambio de las identidades: todos los personajes se ganan o se pierden en una partida de ajedrez. Y un símbolo: como las piezas de aquel juego, los seres humanos tampoco somos dueños de nuestro destino. La diferencia es que no hay nadie jugando con nosotros, y que no tenemos reglas: “El problema de jugar al ajedrez con piezas humanas es que éstas no suelen respetar las reglas más elementales”.

Desde luego, en los temas de esta novela hay ecos de Borges, de Fernando Pessoa, de muchos autores centroeuropeos a los cuales rinde un homenaje explícito. Pero sin duda, por el manejo impecable de la trama y su lenguaje elaborado, puede hablarse de una original propuesta narrativa.

Ignacio Padilla es, junto con Jorge Volpi, uno de los integrantes más destacados de Crack, un grupo de jóvenes escritores mexicanos que se propusieron reivindicar una literatura de largo aliento y de corte universal, con obras complejas y ambiciosas que exigieran mucho del lector. Como las que se escribían en la época del boom y que luego desaparecieron entre la frivolidad y las insípidas réplicas del realismo mágico. Encontrar ahora a unos autores que pretenden ser juzgados por los más exigentes raseros y no sólo por el hecho de ser jóvenes, no es usual. Por eso hay que celebrarlo.

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