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| 8/3/2013 12:00:00 AM

Klim, el caballero de la sátira

Este mes se cumplen 100 años del nacimiento de Lucas Caballero Calderón, Klim, el columnista más popular y leído del país en el siglo XX y uno de los referentes del periodismo de opinión en Colombia.

Lucas Caballero Calderón, mejor conocido como Klim, se hizo famoso porque, atrincherado en la elegancia del humor bogotano, decía lo que nadie se atrevía a decir. Durante décadas fue la conciencia moral del gobierno. Criticaba a los presidentes por su autoritarismo, sus viajes llenos de derroches o sus lujos innecesarios. También desenmascaraba a los funcionarios corruptos y, sobre todo, las situaciones absurdas que afectaban al ciudadano del común por la ineficiencia del Estado.

Hijo de una familia de intelectuales y políticos liberales, su padre, Lucas Caballero Barrera, fundó el periódico El Diario y, además de periodista, fue abogado, general y testigo de excepción de la guerra de los Mil Días. Klim era hermano del escritor Eduardo Caballero Calderón, autor de El Cristo de espaldas, y tío del famoso pintor Luis, del periodista Antonio y de la escritora Beatriz. “Una familia de ironistas” decía Marta Traba, la crítica de arte. 

Klim se dio a conocer, todavía adolescente, por las cartas que mandaba desde Europa a su familia. “Una de las ventajas de haber nacido colombiano consiste en que el placer de viajar se multiplica por mil”, escribió. Gracias a esos escritos El Espectador le abrió sus puertas. En 1936, tras abandonar su carrera de Derecho y con tan solo 23 años, empezó su carrera de periodista bajo el seudónimo Lukas.

Era obituarista y tenía una sección de comentarios cortos llamada ‘Lukerías’ y otra de humor, ‘Confesionario’. Fue un crítico sagaz de las costumbres bogotanas y del arribismo provinciano de los capitalinos. En esa misma época empezó a escribir, clandestinamente, para El Tiempo. Cuando llegó la leche en polvo Klim a Colombia, Caballero decidió adoptar ese seudónimo como segunda identidad.

Un día Luis Cano, director de El Espectador, descubrió que Caballero escribía para la competencia. Le pidió explicaciones y Klim decidió renunciar y quedarse en El Tiempo, donde le pagaban mejor. Allá estuvo desde 1941 hasta que renunció, 33 años después, porque las directivas del periódico le pidieron moderar sus críticas al gobierno.

“Klim hacía tambalear al establecimiento con su prosa y su pluma porque la sociedad que le tocó era más solemne, cerrada y respetuosa. Hoy en día todo es más abierto, el humor y el sarcasmo son moneda corriente y es muy difícil que el periodismo tenga la contundencia que tuvo entonces”, dijo a SEMANA el escritor Juan Esteban Constaín, quien ayuda a preparar para fines de este año una antología con lo mejor de Klim que publicará Random House Mondadori.

“Yo siempre lo veía escribiendo” le contó a SEMANA su hijo único, Lucas Caballero, “se expresaba a través de lo que escribía porque era muy tímido”. Lo cierto es que era ermitaño y misántropo, como muchos humoristas. Su mirada era un lente de aumento que ponía en evidencia personajes y situaciones vergonzosas. Él mismo decía que veía el mundo como un daltónico, en su sentido ridículo. Y, aunque sus lectores adoraban sus sátiras, también tuvo muchos enemigos. 

“Con dolor del espíritu y melancolía del alma, aprendí que la sinceridad, muy a menudo, cruza su órbita con lo funesto”, escribió. Fue retado a duelo dos veces. A uno de sus desafiadores le respondió con un telegrama: “Recibí su vulgarigrama de ayer y quiero ser generoso. Si tal es su deseo, iré al campo del honor con un sujeto como usted, que jamás ha tenido ninguno. Fije condiciones”. Con otro se enfrentó a las afueras de Bogotá, en la calle 72, y cuando su adversario perdió y le pidió avergonzado que disparara, Klim le respondió: “No gasto pólvora en gallinazos”.

En 1947 se casó con Isabel Reyes, la nieta del multimillonario Pepe Sierra, pero el matrimonio no era lo suyo y se divorció una década más tarde. Después de padecer los años de la violencia sectaria entre liberales y conservadores, así como la censura de la prensa durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, se recluyó en su apartamento. Recibía a sus amigos, a su hermano Eduardo y a su primo Enrique en bata, piyama y pantuflas.

Tras el episodio de su renuncia a El Tiempo, en 1977, volvió a El Espectador y ahí escribió hasta su muerte, a los 67 años, en 1981. “Klim fue determinante para nosotros, era el gran sello de la independencia del periódico”, le dijo a SEMANA Fidel Cano, director de El Espectador. “Creo que Klim era único por la sagacidad de su estilo, el suyo era un humor político inteligente, informado, que no se ha vuelto a ver”, dice Cano. 

En efecto, era arriesgado, incorrecto, se burlaba de los defectos físicos de las personas, les ponía motes que las estigmatizaban para siempre, se burlaba de las mujeres y hacía comentarios clasistas que difícilmente se aceptarían hoy.

Fue un retratista prodigioso, un artista de la exageración –legendario por sus frases lapidarias– y un profundo conocedor del idioma. Sus escritos eran de gran calidad literaria, llenos de hipérboles y metáforas que jugaban con el lenguaje coloquial de los bogotanos de entonces, algo que en principio podría ahuyentar a los lectores de hoy. 

Pero como dice Constaín: “El talento de Klim como prosista es tan grande y los personajes que crea son tan vivos, que sus escritos son un magnífico acercamiento a la historia. Leyéndolo uno termina entendiendo sus chistes y familiarizándose con esa fauna colombiana que le tocó; Klim además de humorista fue un brillante historiador de su presente”.

La antología que se publicará este año, a cargo de su hijo y que incluye textos inéditos, es una invitación a rescatar el valor de Klim como escritor y columnista.
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