Sábado, 21 de enero de 2017

| 2003/12/11 00:00

La autobiografía de un maestro

En uno de sus libros más entrañables, George Steiner examina su vida y su obra.

George Steiner Errata
Siruela, 2001
218 paginas "Nada humano me es ajeno", decía Terencio, un dramaturgo romano. Esta frase, que tanto le gustaba repetir a Carlos Marx, es perfecta para definir a otro pensador de origen judío: George Steiner, uno de los grandes -y quizá últimos- humanistas de nuestro tiempo. Errata es su autobiografía. Lo cual quiere decir, tratándose de alguien entregado por completo al estudio, que se trata principalmente de una síntesis de su pensamiento y de sus búsquedas intelectuales. También, teniendo en cuenta su profunda honestidad, una enumeración de sus limitaciones y sus errores. Desde luego, aparecen hechos anecdóticos que hacen de este libro uno de sus más íntimos, aunque su vida siempre es "un paisaje borroso de fondo sobre el que se recorta el pensamiento con la nitidez del primer plano". Unos cuantos episodios personales, básicos e ilustradores, pero nada de "vida privada", del típico desbordamiento exhibicionista y la indiscreción característicos de ahora. En todo el rigor de la palabra, una autobiografía intelectual. Steiner nació en París en 1929 porque su padre, que había hecho una meteórica carrera en el mundo financiero austríaco, decide abandonar Viena unos años antes. A pesar de su brillante porvenir, el joven Herr Doctor, con inexorable clarividencia presentía la inminencia de la catástrofe. Esto quiere decir que George Steiner pertenece a esa rica tradición del judaísmo centroeuropeo "teñido de agnosticismo mesiánico" y del cual provienen Einstein y Freud. Un judaísmo de esperanza laica que buscaba en la filosofía, la literatura y la música alemana "sus garantías talismánicas". Deudores de Voltaire y de Spinoza, destilaban racionalidad, promesa de ilustración y tolerancia. Eran fácilmente políglotas y con un ansia insuperable de conocimientos. Sin embargo, fueron barridos de la historia. Poco antes de cumplir los 6 años, su padre le lee el canto XXI de la Ilíada en el que Aquiles, enloquecido por la muerte de su adorado Patroclo, aniquila a los troyanos que se baten en retirada. Hay no obstante un verso confuso, una laguna en la traducción (leen en la versión de Voss). Y si intentaran -le propone su padre- descifrar el confuso pasaje en el original griego. Para que la serena crueldad del mensaje de Aquiles -al final llena de compasión por el destino humano- no lo abandone jamás, su padre lo invita a memorizar aquellos versos. Puede que el resto de su vida -cree Steiner- no haya sido más que una apostilla a aquel momento. "Es posible que gran parte de la 'biblioteca' de mi padre, de su 'plan de estudios', basado en la suprema y cáustica certeza de que, ante Homero o Goethe, Beethoven o Rembrandt, lo demás es de segunda fila, aún me condicionen o me limiten. Como su escepticismo hacia la acción política directa". Una lectura en extremo cuidadosa y devota de los clásicos -para algunos exagerada- en la cual reside el valor de sus trabajos. Para él, un clásico nos interroga cada vez que lo leemos, es un espacio perennemente fructífero. Su interpretación, a diferencia de la obra efímera y trivial que se clasifica y se comprende de una vez por todas, es inagotable. Al igual que Kafka, considera que no debemos perder el tiempo con libros que no se nos claven como un hacha, resquebrajando lo que está congelado en nuestro cerebro y en nuestro espíritu. No por ello deja de reconocer que lo efímero, lo fragmentario y lo burlesco -la ironía de uno mismo- son las claves de la modernidad. Que la relación entre alta cultura y cultura popular, principalmente en el cine y la televisión -los instrumentos que hoy dominan la sensibilidad general y acaso la creatividad- ha sustituido para siempre el panteón de sus queridos inmortales. A pesar de todo, ¿cómo renunciar al pensamiento y a la trascendencia, al lenguaje que con sus futuros verbales nos permite la esperanza? "Podemos, cuando nos place, negar, reconstruir, alterar el pasado, el presente y el futuro, 'cartografiar' de otro modo los factores determinantes de la realidad pragmática, lograr que la existencia siga mereciendo la pena. La esperanza es gramática".

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