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| 1/31/2015 10:00:00 PM

La barba de Tutankamón y otros horrores de la restauración

La máscara de Tutankamón, rota y reparada con pegante común, generó dudas sobre las reglas de los restauradores.

Durante meses las directivas del Museo de El Cairo y los funcionarios del Ministerio de Antigüedades de Egipto negaron que la máscara de Tutankamón se hubiera roto durante su limpieza. Pero la evidencia los obligó a reconocerlo. En las redes sociales y en periódicos alrededor del mundo aparecieron fotos en las que dos restauradores pegan la barba del rey con pegamento rápido, y otras tantas en las que se ve el exceso de adhesivo utilizado. El escándalo mundial no se hizo esperar, pues esta máscara –sin duda la pieza arqueológica más preciada del Museo de El Cairo– es absolutamente invaluable.

Lo es desde 1922, cuando el inglés Howard Carter descubrió la tumba de ese joven soberano de la dinastía XVIII de Egipto. Varios estudios revelaron que Tutankamón había muerto a los 17 años y que su reinado había durado apenas nueve. Pero esos años le bastaron para cambiar el imperio. Era hijo de Akenatón, el polémico faraón que impuso el monoteísmo a los egipcios. Una vez coronado, Tutankamón no tardó en restaurar el politeísmo.

Era la primera vez que los arqueólogos encontraban una tumba real intacta. A lo largo de miles de años, los ladrones las habían saqueado, dejando vacíos los gigantescos sarcófagos de piedra y la momia real. Pero la del rey Tut –como suele llamársele- estaba llena de elegantes muebles, herramientas de cacería, vasijas, estatuas de oro y joyería. La más hermosa de todas las piezas era la máscara de oro macizo que cubría su rostro.

Consciente del error cometido con semejante pieza, el ministro de Antigüedades –junto con las directivas del Museo de El Cairo y el restaurador alemán Christian Eckmann- ofreció una rueda de prensa en la que aceptó el error y explicó lo ocurrido. La máscara se rompió en agosto del año pasado mientras la limpiaban dos restauradores del museo. Como el objeto debía volver a las salas de exhibición con la mayor prontitud, los restauradores decidieron utilizar un pegamento rápido tipo epoxi, usado en metales y piedras. “Para limpiarla –explica Eugenia Serpa coordinadora del grupo de bienes muebles del Ministerio de Cultura– habrá que echar mano de otro químico y lo más probable es que no quede igual”. Con ella coinciden varios restauradores alrededor del mundo quienes afirmaron que el adhesivo utilizado es casi imposible de quitar. Además, los del museo intentaron remover el exceso de pegante con una espátula y rayaron la máscara.

Esta no es la primera vez que los egipcios están en el ojo del huracán por una mala restauración. En 2006 el Ministerio de Antigüedades contrató a la empresa Shurbagy para restaurar la pirámide escalonada de Zoser, a pesar de que la empresa no tenía experiencia en esa área. Cuando varios periodistas y restauradores fueron a ver cómo iban las obras descubrieron que la pirámide de poco más de 4.600 años se desmoronaba a causa del trabajo realizado. En algunos lados las paredes se deshacían y en otros los antiguos ladrillos habían sido reemplazados por unos nuevos. Después de varias peleas el ministerio aceptó que había contratado a Shurbagy porque su propuesta era la más barata. En 2012 la difícil situación política y económica del país obligó a detener las obras.

Estos errores no solo provienen de la inexperiencia. En 2012 a los restauradores del Louvre se les fue la mano al limpiar La Virgen, el niño Jesús y santa Ana, de Leonardo da Vinci. El cuadro reapareció en las salas de exhibición con unos colores muchos más vivos de lo que eran originalmente, y parte del sombreado utilizado por el artista para agregar volumen a las figuras había desaparecido. Ségolène Bergeon Langle –una de las expertas en restauración más afamadas de Francia– renunció al comité restaurador del museo porque nunca estuvo de acuerdo con la limpieza del cuadro.

Pero estos escándalos no se comparan con el generado en 2012 cuando una señora de 80 años decidió restaurar el retrato del eccehomo de su iglesia en Borja, Zaragoza. Doña Cecilia Giménez pintó durante días una imagen de Cristo de comienzos del siglo XX y el resultado es bastante desconcertante. Ella ha explicado en varias entrevistas que el problema es que no la dejaron terminar su tarea. Paradójicamente, el éxito mundial del eccehomo de doña Cecilia es innegable. En dos años –al cobrar 1 euro por la entrada de mayores de 12 años- la iglesia ha recaudado más de 80.000 euros. Doña Cecilia puso a Borja en el mapa del mundo.

La restauración de los milenarios frescos de la dinastía Qing (1644 – 1912) en el templo Yunjie de China es igual de desconcertante al eccehomo de doña Cecilia, pero no ha tenido el mismo éxito. En 2013 un asiduo visitante del templo se sorprendió cuando vio los coloridos dibujos en acrílico que reemplazan los delicados frescos de antes. Las nuevas imágenes parecían una baratija y las escenas eran completamente distintas. Inmediatamente colgó fotos del antes y el después en las redes sociales. Los dos funcionarios del Ayuntamiento, que habían contratado artistas en vez de restauradores porque salían más baratos, tuvieron que renunciar.

Estos son algunos ejemplos de lo que ocurre cuando se rompen las reglas básicas de la restauración: 1) tener en cuenta el material del objeto y procurar utilizar el mismo o uno muy similar; 2) el restaurador jamás debe agregar algo de su propia cosecha a la obra y 3) restaurar no consiste en dejar el objeto como nuevo sino en conservarlo y respetarlo.
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