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| 1/24/2015 9:45:00 AM

Llega una legendaria historia de amor a las salas de cine

El autor de ‘Historia oficial del amor’ nos recuerda la maravillosa tarde en que vio ‘E.T’. (1982), en el Royal Plaza de Chapinero. Hoy el viejo teatro es escenario de diversos conciertos.

Mi papá decía de vez en cuando que la nostalgia es inútil. Yo, que visto desde lejos soy la misma persona que él, he evitado hasta donde he podido regodearme en lo que ya pasó –y he evitado hasta donde he podido que me duelan los buenos recuerdos–, pero la verdad es que no lo he logrado. Soy capaz de notar que nunca había estado tan feliz. Soy capaz de preferir los tiempos de YouTube a los de 88.9. Pero la nostalgia me vence, por ejemplo, cuando pienso en los días en los que mi papá, el profesor, no podía salir a la calle sin encontrarse a un puñado de alumnos que le agradecían la vida. Y la nostalgia me calla cuando pienso en las salas de cine bogotanas en las que pasé buena parte de mi infancia.

No me molestan los centros comerciales: los prefiero, de lejos, a los clubes sociales. No me molestan los múltiplex de los centros comerciales. No me amarga que estas proyecciones digitales no sean tan buenas como las de antes ni me trasnocha que mis hijos vean Star Wars en la pantallita del portátil. Pero tengo clarísimo que no habrá nada como haber padecido El imperio contraataca en el Metropol, nada como haber aplaudido Silverado en el Cinelandia, nada como haber adorado Los imperdonables en el Scala. Y tengo clarísimo que solo el martes 28 de diciembre de 1982, por ejemplo, habría podido suceder lo que nos sucedió en el Royal Plaza.

Hablo como un viejo, que visto desde lejos lo soy, cuando me pongo a hablar de aquellos cines: repito cosas como “antes había que agarrar puesto porque las sillas no estaban numeradas” o “antes se hacían filas que doblaban las esquinas para entrar a matiné, a vespertina, a noche, porque no existía la posibilidad de hacer reservas”. Pero soy un niño cuando pienso en ese 28 de diciembre: ese Día de los Inocentes del 82. Había que ver E.T., el extraterrestre a como diera lugar: E.T. estaba en los cuadernos, en las loncheras, en las camisetas. Y mis papás, que eran incapaces de decirnos que no, estuvieron de acuerdo en salir temprano esa tarde –cuatro de la tarde en el reloj de la cocina– para empezar pronto a hacer fila para la función de las seis.

Fuimos en el taxi de un taxista amigo porque no habíamos comprado todavía el Renault 6 blanco que nos robaron un par de años después. Y llegamos al enorme Royal Plaza, en la esquina de la carrera 13 con la calle 66, más temprano de lo que imaginábamos: las 4:15 de la tarde. Pero ya a esa hora, dos horas antes de la segunda función del día, había una fila –la de la taquilla– que se alargaba como una pesadilla por la 13, y una fila –la de entrar– que daba la vuelta a la esquina y se iba cuesta arriba por la 67. Y sí: había 2.000, 3.000, 4.000 sillas rojas allá adentro porque así eran los teatros de Chapinero en esa época. Y sin embargo no iba a ser fácil conseguir nuestras cuatro boletas ni mucho menos encontrar un buen puesto en la sala.

Mi papá dijo que él haría la fila para entrar, “a ver qué…”, mientras nosotros hacíamos la fila para comprar las boletas. Y así fue. Conseguimos las cuatro boletas cuando ya habían salido los espectadores de la función anterior y ya se acababa el tiempo para conseguirlas: un poco antes de las seis.

Mi mamá dijo “va a estar difícil”.

Mi hermano dijo “ya qué”. Y nos fuimos los tres en busca de mi papá, cabizbajos, cinematográficos, sin imaginarnos que mi papá era el primero en la fila para entrar en el teatro: se había encontrado a algunos alumnos en el principio de la hilera, “doctor Silva: qué bueno verlo…”, “doctor Silva: gracias por todo…”, apenas se había despedido de nosotros, y ahora los cuatro éramos los primeros en entrar.

Me acuerdo de su cara orgullosa porque íbamos a tener los mejores puestos. Me acuerdo de sus alumnos felices por habérselo encontrado. Veo la máquina de las crispetas, las vitrinas con las fotografías de las próximas películas, las paredes del hall cubiertas de los afiches de los estrenos de enero. Sé cómo eran las luces, las cortinas, las puertas del teatro. Estoy seguro de que nos hicimos en la parte de atrás del primer piso de la sala, que compramos unas gomas con forma de naranjas y que me tocó en la silla del extremo pero al lado de mi papá. Tengo la sospecha de que nunca me gustó tanto otra película como me gustó esa: porque es una gran película, claro, pero también porque tenía 7 años, porque desde entonces no he llorado tanto en un final y me sigue doliendo un poco el recuerdo feliz de haberla visto.

Mi papá solía decir de la nostalgia que “eso no sirve para nada”, pero es que mi papá no tuvo el papá que tuve yo.

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