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| 6/4/2001 12:00:00 AM

La buena poesía cambia poco

Una antología de poemas del escritor mexicano Francisco Hernández.

Francisco Hernandez
Las gastadas palabras de siempre,
Norma 2000
117 paginas Empezamos a leerlo y la primera impresión es que se trata de un poeta confiable. Habla de recuerdos, amores, erotismo: nada nuevo. O mejor, ningún tema nuevo. La buena poesía, en general, cambia poco. Siempre se ocupa del destino, las pasiones, el paso del tiempo, la muerte. Por eso sigue vigente. Desde Homero puede haber cambiado mucho la técnica —sin duda es mejor la armada gringa que la griega— y el entorno material, pero el ser humano sigue siendo básicamente el mismo. Lo saben —y lo explotan— hasta los guionistas de las telenovelas; lo ignoran algunos poetas jóvenes que cada cierto tiempo juegan a innovar y a destruir la poesía. Se trata, entonces, como dijera Borges, de contar siempre lo viejo con el lenguaje de nuestro tiempo, de reciclar una y otra vez. Planteamiento que él demostró muy bien: todos sus grandes descubrimientos literarios ya existían. No es gratuito que Borges sea considerado uno de los artífices de la posmodernidad, la cual, entre otras, reeditó la vigencia de lo antiguo. En su Arte poética Ulises, harto de prodigios, llora de amor al divisar su Itaca, verde y humilde. “El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios”. Lo de siempre, con las palabras de ahora. En Por el ombligo transparente, el primer poema del libro de Hernández, el poeta, al igual que Ulises, regresa a casa después de muchos años: “Regreso a ver gente de corazón verde./ A beber aguardiente bajo las alas de los árboles, a estrechar la mano del amigo muerto, a zambullirme/ en el único lodo que me reconoce, a fumar tristeza cuando/ una hilera de peces luminosos me pone al tanto/ de los días que vienen”. A pesar de Homero, nos conmueve. Y a pesar de todos los grandes e insuperables poetas que en el mundo han sido, Hernández nos sorprende con Cuaderno de Borneo y De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios. Imagino los ceños fruncidos, las risas, por la osadía de la comparación. Hernández es un poeta menor, dirán los tartufos que —para justificar su pereza— dicen sólo leer a los clásicos. Y quizá tengan razón: es un poeta menor. Sí, pero de esos a los que por su perseverancia, por su terco y absurdo heroísmo de mantener viva la tradición poética aquí y ahora, nunca les son negadas imágenes afortunadas y muchos versos felices. De todas maneras ya lo dijo Borges —o de alguien lo robó primero— al referirse a un poeta menor de antología: “La meta es el olvido, yo he llegado antes”.
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