Sábado, 21 de enero de 2017

| 1988/05/23 00:00

LA CAJA MAGICA

Lo mejor de la fotografía colombiana de los últimos años, en la esperada exposición del M.A.M.

LA CAJA MAGICA

A veces en Colombia a la cultura le pasa lo mismo que a la justicia: cojea, pero llega. Por fin, luego de cinco años de espera, el Museo de Arte Moderno presenta la segunda parte de su proyecto "Historia de la Fotografía en Colombia". En 1983 se presentó la primera parte de este ambicioso trabajo, que busca dar una visión global del desarrollo de la fotografía en el país. En esa ocasión, se pudo apreciar un trabajo de tipo histórico, que abarcó el período comprendido entre los años 1840 y 1950, con muestras de lo que hicieron los pioneros de esta forma de expresión. La Guerra de los Mil Días estuvo presente con fotos de la batalla de Palonegro y el sitio de Cúcuta, como testigos de la violencia ancestral que ha padecido la nación, lo mismo que las señoritas posudas que recordaron el rancio abolengo de algunas familias de comienzos de siglo.
Ahora, a partir del 27 de abril, la segunda parte de esta exposición que se encuentra abierta al público en la instalaciones del MAM, presenta más de 600 fotografías realizadas por 4 fotógrafos, con edades entre los 28 los 70 años, en "El mes de la fotografía". La gran mayoría de los trabajos han sido realizados en los últimos ocho años y, aunque era de esperarse una gran tendencia hacia la fotografía de corte exclusivamente artístico, en este caso la estética se ha convertido en una herramienta para dejar testimonio de una de las épocas más convulsionadas de la historia colombiana. Queda claro que, en gran parte de los participantes, existe una preocupación manifiesta por captar a través del lente la problemática social colombiana.
Pero las tendencias abarcan muchos otros campos. Buena parte de las imágenes que componen esta muestra, evidencian la intención de recoger elementos constitutivos de la nacionalidad colombiana. La composición étnica, las escenas de corte popular que retienen las costumbres de un pueblo -con una buena dosis de preocupación estética-, permiten formar un retrato completo de lo que es el país. De ahí que las diferencias con la muestra del 83 salten a la vista obviamente sin mencionar el aspecto técnico. Sin que la fotografía de estudio, con escenarios previamente elaborados y ausencia de movimiento haya desaparecido -tal y como se puede apreciar en el archivo de J.N. Gómez, recientemente recuperado-, la batuta hoy en día la llevan las tomas espontáneas, con inquietudes antropológicas, sociológicas y étnicas, que dirigen su mirada hacia el hombre anónimo que recorre las calles.
El paisaje no podía estar ausente. Muchos trabajos recuperan la imponencia de la naturaleza. A diferencia de lo que ocurría antes de los años 40 cuando el paisaje en sí mismo no era el objeto a captar por el fotógrafo y siempre estaba integrado a las obras realizadas por el hombre (casas campestres, vias de comunicación, obras de ingenieria, etc.), ahora la naturaleza juega papel protagónico. La selva amazónica, el altiplano cundiboyacense, las cumbres nevadas y las zonas desérticas de la Guajira, representan la vasta geografía colombiana.
Capítulo aparte merece la obra de Leo Matiz. De este hombre de 70 años, con más de 50 dedicados a la fotografía, se podrá apreciar una muestra retrospectiva que contiene lo mejor de lo poco que se ha podido conservar de su trabajo. Sus primeras placas las tomo en 1938, cuando el entonces director de El Tiempo, Enrique Santos Montejo, lo sacó de la mesa de dibujo y de las caricaturas para que empuñara la máquina y diera inicio a lo que después seria la reporteria gráfica. Por ese entonces contó con maestros como Jorge Obando -famoso por las panorámicas de 360 grados que tomaba con una Circus Kodak- y Aristides Ariza, dedicado al campo de la publicidad.
Tiempo después, al comenzar la década de los 40, Matiz viajó a México, la meca del cine latinoamericano de la época. Ya había desarrollado una gran habilidad para la fotografía, de manera empírica, y sólo le hacía falta el contacto con los mejores del momento para perfeccionarse. Su trabajo con diferentes medios en Ciudad de México lo llevó a cultivar el reportaje gráfico, de moda en ese momento. Consistía en una serie de fotos sobre un suceso que se publicaban acompañadas de una corta leyenda, a manera de pie-de-foto, que daban una idea completa, cerrada, del suceso que narraban, y que eran el resultado de la influencia cada vez más grande del séptimo arte. De este estilo de trabajo desarrollado en ese país, es muy poco lo que se conserva. Sin embargo, fueron ellas las que lo llevaron a trabajar en las revistas más importantes del continente en ese tiempo como lo eran Life, Selecciones de Reader's Digest y Saturday Evening Post. Su trabajo en foto-fija le hizo desarrollar una gran capacidad de síntesis, que le permitió, en una sola imagen, dar una idea amplia de un suceso. Posteriormente trabajó para las Naciones Unidas y, a comienzos de los años 50, llegó a figurar en la lista de los 10 fotógrafos más cotizados en América y Europa.
Junto a la obra de Matiz, que muestra las realizaciones de un hombre que se inventó la fotografía contemporánea, los visitantes de la exposición podrán apreciar el trabajo de jóvenes como Juan Camilo Segura, de otros más conocidos como Jorge Parga, Fernando Cano Busquets Pilar Gómez y Fabio Serrano, y de los consagrados como Nereo López. Más de 40 fotógrafos con un solo fin común: dejar un testimonio perdurable de su momento.

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