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| 3/15/2014 12:00:00 AM

La casa del miedo

El estadounidense Mark Z. Danielewski tardó diez años en escribir ‘La casa de hojas’, una extraordinaria novela que combina la experimentación literaria con el género de terror.

La casa de hojas
Mark Z. Danielewski
Alpha Decay & Pálido Fuego
709 páginas

Esta no es una novela cualquiera. Ni por su forma, ni por su contenido. Tiene varios tipos de letra –en blanco y negro, en colores–; caligramas; poemas; dibujos; fotos; comentarios a la propia novela; palabras tachadas, al revés, oblicuas; párrafos invertidos, acostados; páginas con una sola palabra; pies de página que crecen como hormigas y aparecen arriba, abajo, a los lados. En fin, un diseño novedoso que hizo que durante 13 años –la novela apareció en inglés en 2000– ningún editor en español se atreviera a publicarla por los costos y la dificultad. Lo cual, por supuesto, hace de este libro un objeto bello, único, que uno quisiera tener en casa para mostrárselo a los amigos.  

La narración no es menos simple: Johnny Truant, empleado de un almacén de tatuajes en Los Ángeles, recibe un manuscrito, El expediente Navidson, de un viejo solitario y misterioso, Zampanò, –sí, el mismo nombre del personaje de La Strada, de Fellini– que acaba de morir y en el cual comenta un documental hecho por el fotoperiodista Will Navidson, sobre unos hechos terroríficos ocurridos en su casa campestre en Virginia. El problema es que Zampanò era ciego y Truant, que empieza siendo un simple presentador del oscuro manuscrito que llegó a sus manos, se va convirtiendo en un verdadero narrador –por cierto, adicto y adictivo– , en apariencia más interesado en hablarnos de su vida desordenada y de su relación con una desnudista. 

Pero hay más. Unos ‘editores’, a los cuales Truant les ha enviado El expediente Navidson con sus comentarios, a su vez opinan e intervienen el texto que estamos leyendo.  Los narradores son sospechosos –hay un momento en que se duda de la salud mental  de Truant (¿truhán?) y Zampanò–; los editores anónimos, las citas eruditas se combinan con citas falsas y hay comentarios apócrifos de autores reales sobre la novela. Hay uno que llama particularmente la atención, el de Stephen King, autor de thrillers de terror, porque esta es una novela de terror que nunca hubiera escrito Stephen King. La casa de hojas es, en rigor, una antinovela de terror. 

¿Una novela vanguardista de terror? ¿tal cosa es posible? Lo cierto es que la historia de fondo que nos están contando, a pesar de los ‘hipertextos’, las puestas en abismo, los manuscritos hallados en un bolsillo, las parodias y los juegos literarios que contiene –bocado de cardenal para los académicos–, consigue producir miedo. El complejo aparato textual que desde luego ralentiza la narración, paradójicamente, no mata el suspenso. 

No es una obra exclusiva para críticos o profesores de literatura. No hay aquí experimentación pedante o gratuita. El miedo que se siente en esa casa es verdadero y democrático. Funciona muy bien aquello de ‘la suspensión de la incredulidad’. En la casa idílica que ha comprado el fotoperiodista Will Navidson, ganador de un premio Pulitzer por la foto de una niña africana en ciernes de ser atacada por un buitre, pasan cosan raras. Y él, que solo pensaba en reconstruir la relación con su bella esposa, su bonita familia con dos hijos, deteriorada a causa de sus múltiples y largos viajes de trabajo, no esperaba que la confortable casa comprada fuera más grande por dentro que por fuera. Infinitamente más grande: de repente aparecen unos corredores oscuros y helados, con ruidos insoportables. Por eso lo filma, porque las imágenes no mienten. Por eso invita a otras personas a que se adentren en esos agujeros negros: para que haya otros testigos de la extrañeza. 

Sin embargo, La casa de hojas, es más que ‘terror inteligente’. Es una experiencia que involucra al lector y le hace sentir que ese infierno, con las proyecciones inconscientes de las culpas y los miedos de los personajes, también es el suyo. El minotauro, el monstruo, puede habitar en cada uno de nosotros. En cualquier lector, perdido en una ‘casa de hojas’ como quien se pierde en un laberinto. Bueno, no en cualquiera, según advierte la dedicatoria de la novela: “Esto no es para ti”. 
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